Parte 2: EL PRECIO DE LLEGAR TARDE

Daniel bajó la mirada hacia las fotografías.

Durante unos segundos, no dijo nada.

Su rostro pasó de la sorpresa a la confusión y, finalmente, a una expresión que conocía demasiado bien: la de un hombre buscando desesperadamente una explicación que lo hiciera parecer menos culpable.

—Elena… esto no es lo que parece.

Casi me reí.

Cuatro días sin verlo. Cuatro días después de dar a luz sola. Y esas fueron sus primeras palabras.

Mi madre dejó de mecer al bebé.

—Entonces explícanos qué parece —dijo con frialdad.

Daniel ignoró su comentario y levantó las fotografías.

—¿Quién te dio esto?

—¿Eso es lo importante?

—Te estoy preguntando quién me siguió.

—Y yo quiero saber por qué mi esposo estaba en Miami mientras yo daba a luz.

Su mandíbula se tensó.

—Era un viaje de trabajo.

Señalé la fotografía donde Sophie llevaba su chaqueta.

—¿Eso también?

Otra.

Sus manos entrelazadas.

—¿Trabajo?

Y finalmente la última.

El beso en la frente.

Daniel apartó la mirada.

Ese pequeño gesto me dolió más que cualquier confesión. Porque un inocente se indigna. Daniel estaba calculando.

—Sophie tuvo un problema personal —dijo finalmente—. Estaba alterada.

—Qué curioso. Yo también estaba bastante alterada cuando estaba pariendo a tu hijo.

—No compares.

Lo miré fijamente.

—¿Acabas de decirme que no compare?

Mi madre se levantó.

—Elena acaba de salir del hospital. Si vas a levantarle la voz, puedes marcharte.

Daniel pareció recordar por primera vez que había un recién nacido en aquella habitación.

Miró al bebé.

Algo cambió en su expresión.

Se acercó un paso.

—¿Es… niño?

Sentí que el corazón se me partía de una manera nueva.

Ni siquiera sabía el sexo de su propio hijo.

—Sí.

—¿Cómo se llama?

Bajé la mirada hacia aquella pequeña cara dormida.

—Samuel.

Daniel parpadeó.

—Habíamos hablado de llamarlo Alexander.

—También habíamos hablado de que estarías conmigo cuando naciera.

Silencio.

Daniel dejó las fotografías sobre la mesa.

—Quiero cargarlo.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Abracé a Samuel contra mi pecho.

—No.

—Elena, soy su padre.

—Biológicamente.

Su expresión se endureció.

—No hagas esto.

—¿Hacer qué?

—Usar al niño para castigarme.

Aquello encendió algo dentro de mí.

Me puse de pie lentamente.

—¿Crees que esto es un castigo?

Lo miré directamente.

—Estuve catorce horas de parto. Pregunté por ti cada vez que se abría la puerta. Llamé seis veces. Te envié once mensajes. Y mientras yo tenía miedo de que algo saliera mal, tú estabas en una playa con otra mujer.

Daniel palideció.

—No sabía que sería ese día.

—Te lo dije.

—Pensé que exagerabas.

—Exactamente.

No tuvo respuesta.

Entonces su teléfono vibró.

Una vez.

Dos.

Tres.

Daniel miró la pantalla y rápidamente la puso boca abajo.

No necesitaba preguntar.

—Es Sophie, ¿verdad?

—No importa.

—Contesta.

—Elena…

—Contesta.

Mi madre me observó, preocupada.

Daniel apretó los labios.

—Ahora no.

Entonces su teléfono volvió a sonar.

Esta vez vi el nombre.

Sophie Lane.

Daniel rechazó la llamada.

Casi inmediatamente llegó un mensaje.

La pantalla se iluminó.

Solo pude leer una línea antes de que él tomara el teléfono.

“Daniel, dijiste que se lo contarías cuando volvieras.”

El aire de la habitación cambió.

—¿Contarme qué?

—Nada.

—Dame el teléfono.

—No.

Aquella respuesta fue suficiente.

Extendí la mano.

—Daniel.

—Es un asunto privado.

Solté una risa seca.

—¿Privado? Soy tu esposa.

—Precisamente por eso tenemos que hablar sin tu madre presente.

Mi madre dio un paso hacia él, pero levanté la mano.

—Mamá, déjanos.

—Elena…

—Estaré bien.

Ella dudó antes de llevarse a Samuel al dormitorio.

Cuando la puerta se cerró, Daniel se sentó frente a mí.

Parecía agotado.

—Cometí un error.

Mi garganta se cerró.

—¿Qué clase de error?

—Sophie y yo nos acercamos demasiado.

No respondí.

—El proyecto nos obligó a pasar mucho tiempo juntos. Ella estaba atravesando una situación difícil y…

—¿Te acostaste con ella?

Daniel levantó la mirada.

—No.

Demasiado rápido.

—Mírame y vuelve a decirlo.

Lo hizo.

—No me acosté con Sophie.

Quise creerle.

Dios, cuánto quise.

Pero entonces recordé el perfume.

Miami.

Las manos entrelazadas.

El mensaje.

—Entonces ¿qué tienes que contarme?

Daniel respiró hondo.

—Hay algo relacionado con el viaje.

Antes de que pudiera continuar, alguien llamó a la puerta.

Tres golpes rápidos.

Daniel se quedó completamente inmóvil.

Volvieron a llamar.

Fui hacia la entrada.

—Elena, espera.

Su tono me hizo detenerme.

No era preocupación. Era miedo.

Abrí.

Sophie estaba allí.

Llevaba gafas oscuras, aunque afuera estaba nublado.

Tenía una pequeña maleta junto a los pies.

Al verme, perdió el color.

—Señora Carter…

Daniel apareció detrás de mí.

—Sophie, ¿qué haces aquí?

Ella lo miró.

—No respondías.

—Te dije que esperaras.

—Ya esperé demasiado.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué está pasando?

Sophie se quitó lentamente las gafas.

Tenía los ojos hinchados.

—Lo siento.

—¿Por qué?

Daniel avanzó.

—Sophie, vete.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo seguir haciendo esto.

—¡He dicho que te vayas!

Nunca había escuchado a Daniel hablarle así.

Sophie retrocedió.

Entonces abrió su bolso.

Sacó un sobre.

—La señora Carter merece saberlo.

Daniel intentó quitárselo.

Fui más rápida.

Agarré el sobre.

—Elena, no lo abras.

Lo miré.

Por primera vez desde que lo conocía, mi esposo parecía verdaderamente aterrorizado.

Abrí el sobre.

Dentro había una reserva de hotel.

Dos nombres.

Daniel Carter.

Sophie Lane.

Una sola habitación.

Tres noches.

Debajo había otro documento.

Una factura médica.

Y debajo…

una hoja doblada.

Cuando intenté abrirla, Daniel me sujetó la muñeca.

—No.

—Suéltame.

—Primero déjame explicarte.

—¡Suéltame!

Sophie empezó a llorar.

—Daniel, basta.

Él la miró con furia.

—¡Cállate!

Mi madre salió del dormitorio al escuchar los gritos.

—¿Qué ocurre?

Aparté la mano de Daniel y desplegué la hoja.

Era un informe de una clínica de Miami.

Leí el nombre de Sophie.

Después la fecha.

Después una palabra que hizo que todo lo demás desapareciera.

Embarazo.

Sentí que el suelo se inclinaba.

Miré a Sophie.

Instintivamente, ella colocó una mano sobre su abdomen.

Daniel cerró los ojos.

—Elena…

—¿Está embarazada?

Nadie respondió.

—Te hice una pregunta.

Sophie lloró con más fuerza.

—Sí.

Mi madre soltó una exclamación ahogada.

Yo no podía moverme.

—¿De cuánto?

Sophie abrió la boca.

Pero Daniel la interrumpió.

—Eso no importa.

Giré lentamente hacia él.

—Claro que importa.

Entonces vi algo extraño.

Sophie estaba mirando a Daniel.

No con amor.

Con miedo.

—Hay algo más —susurró.

Daniel se quedó rígido.

—No.

—Ella tiene derecho.

—Sophie.

—No puedo cargar con esto.

Sophie buscó otro papel dentro de su bolso.

Daniel dio un paso hacia ella.

—¡No se lo des!

Pero Sophie ya había extendido la mano.

Tomé el documento.

No entendí inmediatamente lo que estaba viendo.

Había nombres.

Fechas.

Firmas.

Y una fecha anterior incluso a mi embarazo.

Levanté la mirada.

—¿Qué es esto?

Sophie respiró temblorosamente.

—Pregúntele a Daniel por qué sabía desde hace más de un año que probablemente nunca podría ser el padre de su bebé.

Todo quedó en silencio.

Desde el dormitorio llegó el llanto de Samuel.

Miré a mi esposo.

Daniel estaba blanco.

Y entonces comprendí que las fotografías de Miami quizá ni siquiera eran el peor secreto de aquella casa.

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