«Estoy a punto de casarme».
Durante varios segundos, aquellas palabras fueron lo único que escuché.
Fernando siguió mirándome con serenidad, esperando quizá una reacción que no llegó.
Finalmente forcé una sonrisa.
«Felicidades».
«Gracias».
Dos palabras.
Cuatro años de ausencia reducidos a dos palabras.
Me puse la mascarilla para ocultar el temblor de mis labios.
«Entonces… no te molesto más».
Me giré.
«Elena».
Me detuve.
«¿Eso era todo?»
Apreté con fuerza la correa del bolso.
No.
Había cruzado media España para decirle que tenía un hijo de tres años. Que aquel niño tenía sus ojos. Que yo quizá no viviría lo suficiente para verlo crecer.
Pero si Fernando iba a casarse…
¿Con qué derecho podía aparecer ahora y destrozarlo todo?
«Sí».
Mentí.
«Solo quería verte una vez».
Salí del aula antes de que pudiera detenerme.
No llegué muy lejos.
Apenas crucé el patio, un mareo me obligó a apoyarme contra un cerezo.
Respiré lentamente.
Uno.
Dos.
Tres.
El sabor metálico apareció en mi boca.
Saqué un pañuelo.
Cuando lo aparté, vi una pequeña mancha roja.
Lo escondí rápidamente.
«Mamá».
Levanté la cabeza.
Mateo corría hacia mí desde el banco donde mi amiga Clara lo estaba cuidando.
«¡No corras!»
Se lanzó contra mis piernas.
Me agaché y lo abracé.
«¿Has visto a papá?»
Aquella pregunta me atravesó.
Clara se acercó.
«¿Se lo dijiste?»
Negué.
«Va a casarse».
Ella abrió mucho los ojos.
«¿Y Mateo?»
Miré a mi hijo.
«No puedo irrumpir en su vida cuatro años después y exigirle que se haga cargo».
Clara me agarró del brazo.
«Elena, esto ya no se trata de ti ni de Fernando. Se trata de Mateo».
No contesté.
Entonces escuché una voz detrás de nosotros.
«¿Quién es Mateo?»
Todo mi cuerpo se congeló.
Fernando estaba a pocos metros.
Había salido sin que lo oyéramos.
Su mirada pasó de Clara a mí.
Después bajó hacia el niño.
Mateo lo observaba con curiosidad.
Fernando palideció.
Porque Mateo tenía mis facciones.
Pero sus ojos…
Sus ojos eran exactamente los de Fernando.
«Elena».
Su voz cambió.
«¿Quién es este niño?»
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Mateo respondió antes que yo.
«Soy Mateo».
Fernando se agachó lentamente frente a él.
«Hola, Mateo».
«Hola».
«¿Cuántos años tienes?»
Tragué saliva.
«Fernando…»
Mateo levantó tres dedos.
«Tres. Pero pronto cuatro».
El rostro de Fernando perdió todo el color.
Hizo el cálculo.
Vi exactamente el momento en que lo entendió.
Se levantó.
«Clara, ¿puedes llevarte al niño un momento?»
«No».
Agarré la mano de Mateo.
Fernando me miró con una intensidad que me hizo retroceder.
Ya no quedaba frialdad.
Había furia.
«Dime que no».
No pude.
«Elena, dime que ese niño no es mío».
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
«Es tuyo».
Fernando dio un paso atrás.
Parecía haber recibido un golpe.
«¿Cuatro años?»
«Fernando…»
«¿CUATRO AÑOS?»
Mateo se asustó.
Fernando lo vio y bajó inmediatamente la voz.
Pero sus manos temblaban.
«Me pasé años buscándote».
Cada palabra dolía.
«Puse anuncios. Contraté personas. Fui a tu pueblo. Pregunté a tus familiares. Pensé que estabas muerta».
Una lágrima cayó por mi mejilla.
«Lo sé».
«¿Lo sabes?»
Se rio sin humor.
«¿Y mientras yo te buscaba estabas criando a mi hijo?»
«Tenía mis razones».
«¿Qué razón justifica esto?»
No pude responder.
Porque entonces el mundo empezó a girar.
Escuché a Clara gritar mi nombre.
Después, nada.
Desperté bajo una luz blanca.
Hospital.
Intenté incorporarme.
Una mano me detuvo.
Fernando.
Estaba sentado junto a la cama.
Ya no parecía enfadado.
Parecía aterrorizado.
Sobre la mesa tenía mi carpeta médica.
Se me heló la sangre.
«¿La has leído?»
«Sí».
Cerré los ojos.
«Leucemia mieloide aguda de alto riesgo».
Pronunció cada palabra lentamente.
«¿Desde cuándo?»
«Dos meses».
«¿Pronóstico?»
No contesté.
«Elena».
Giré la cara hacia la ventana.
«Los médicos están intentando ganar tiempo».
Su respiración se volvió irregular.
«Por eso regresaste».
Asentí.
«No vine a recuperarte».
Aquello pareció herirlo más de lo esperado.
«Vine por Mateo».
Le expliqué dónde estaban sus documentos.
Su cartilla médica.
La escuela que quería para él.
Sus alergias.
Cómo necesitaba una pequeña luz encendida para dormir.
Fernando me escuchaba inmóvil.
«Quiero que, si me pasa algo, viva contigo».
De pronto golpeó la carpeta contra la mesa.
«¡Deja de hablar como si ya estuvieras muerta!»
Me sobresalté.
«Fernando…»
«No».

Sus ojos estaban rojos.
«Primero me quitas cuatro años con mi hijo y ahora apareces para entregármelo como si fuera una maleta antes de desaparecer otra vez».
«No elegí enfermar».
«Pero sí elegiste marcharte».
Aquello me dejó sin palabras.
Fernando se levantó.
Caminó hasta la puerta.
Pensé que se marcharía.
Pero se detuvo.
«Quiero una prueba de paternidad».
Asentí.
«La tendrás».
«Y si Mateo es mío…»
Se volvió.
«No volverás a decidir tú sola cuándo puedo verlo».
Dos días después llegó el resultado.
99,99 %.
Fernando era el padre.
Apareció esa misma tarde.
Mateo estaba sentado sobre mi cama dibujando.
Fernando llevaba una bolsa enorme.
«¿Qué es eso?», pregunté.
«No sabía qué le gustaba».
Sacó coches, libros, dinosaurios y una caja de lápices.
Mateo abrió los ojos.
«¿Todo es mío?»
Fernando sonrió por primera vez.
«Si tu madre lo permite».
Mateo me miró.
Asentí.
En menos de veinte minutos estaban sentados en el suelo construyendo un dinosaurio de piezas.
Los observé en silencio.
Fernando tenía paciencia.
Mateo hablaba sin parar.
Y entonces ocurrió.
Mateo levantó una pieza.
«Papá, esta no entra».
Fernando se quedó inmóvil.
Yo también.
Mateo ni siquiera pareció darse cuenta de lo que había dicho.
Fernando bajó la cabeza.
Cuando volvió a levantarla, tenía los ojos húmedos.
Aquella noche comprendí que había hecho bien en regresar.
Pero también comprendí algo más doloroso.
Fernando ya tenía una vida sin mí.
Y una prometida.
A la mañana siguiente, mientras Mateo desayunaba, alguien llamó a la puerta de mi habitación.
Entró una mujer elegante.
Tendría unos treinta años.
Fernando apareció detrás de ella.
Su expresión era extraña.
«Elena, tenemos que hablar».
La mujer me observó.
Después miró a Mateo.
Y sonrió suavemente.
«Así que tú eres Elena».
Sentí un nudo en el estómago.
Fernando respiró hondo.
«Ella es Isabel».
No necesitaba explicación.
Su prometida.
Intenté incorporarme.
«Encantada».
Pero Isabel no respondió inmediatamente.
Se acercó a mi cama.
Dejó un sobre sobre la sábana.
«Fernando me contó lo de Mateo».
Miré el sobre.
«Lo siento».
«Yo no».
Aquella respuesta me desconcertó.
Isabel miró a Fernando.
«Porque anoche descubrimos algo».
Fernando tenía la mandíbula tensa.
«¿Qué cosa?», pregunté.
Isabel abrió el sobre y sacó varios documentos.
«Hace cuatro años, Fernando recibió un mensaje supuestamente enviado por ti».
Mi corazón se detuvo.
«¿Qué mensaje?»
Fernando respondió:
«Uno donde decías que habías abortado, que estabas con otro hombre y que no quería volver a buscarte».
Me quedé helada.
«Yo nunca envié eso».
«Lo sé».
Fernando dejó otro papel frente a mí.
Era el registro de un número telefónico.
Conocía aquellos últimos dígitos.
Los había visto cientos de veces durante mi adolescencia.
Levanté la cabeza lentamente.
«No puede ser…»
Fernando me miró.
«Elena, ese número estaba registrado a nombre de tu madre».
Y entonces comprendí que mi desaparición nunca había sido el único motivo por el que Fernando dejó de encontrarme.