PARTE 2: EL RECUERDO QUE NADIE PODÍA BORRAR.

Clara no se detuvo hasta llegar al final del corredor.

Solo entonces apoyó una mano contra la pared y cerró los ojos.

Había dicho que no volvería.

En su vida anterior, abandonar aquella habitación habría sido imposible. Daniel había sido su hogar desde que perdió a sus padres. Alejarse de él se sentía como quedarse huérfana por segunda vez.

Pero ahora conocía el precio de perseguir a alguien que no podía recordarla.

También conocía algo mucho más importante.

Daniel no había perdido la memoria por casualidad.

—Señorita Bennett.

La voz de Natalie llegó desde atrás.

Clara abrió los ojos.

La médica se acercó lentamente, conservando aquella expresión serena que engañaba a todo el mundo.

—No entiendo qué quiso decir con lo del vehículo.

—No necesitas entenderlo.

—Una acusación así puede causar problemas.

Clara sonrió.

—Entonces todavía no he acusado a nadie.

Natalie guardó silencio.

Clara observó sus dedos.

Estaban tensos alrededor de la carpeta médica.

En su primera vida nunca había prestado atención a esos pequeños gestos. Había estado demasiado ocupada llorando por Daniel.

Ahora veía cosas que antes había ignorado.

Natalie estaba asustada.

—¿Por qué te preocupa tanto que investigue? —preguntó Clara.

—Porque Daniel necesita tranquilidad.

—Curioso.

Clara dio un paso hacia ella.

—Yo hablé del vehículo. Tú hablaste de Daniel.

La expresión de Natalie se endureció.

Antes de que pudiera responder, una enfermera apareció apresuradamente.

—Doctora Cole, el comandante Foster pregunta por la señorita Bennett.

Las dos mujeres quedaron inmóviles.

—¿Por mí? —preguntó Clara.

La enfermera asintió.

—Dice que quiere saber por qué conoce su nombre.

Natalie palideció.

—El paciente está confundido. No permita que salga de la habitación.

Se marchó inmediatamente hacia la enfermería.

Clara no la siguió.

Esta vez no sería ella quien corriera detrás de Daniel.

Tenía otra cosa que hacer.

Dos horas después estaba frente al depósito de vehículos del complejo militar.

El automóvil accidentado todavía permanecía allí, cubierto por una lona.

En su vida anterior, Clara descubrió demasiado tarde que el informe inicial había desaparecido pocos días después del accidente.

Esta vez todavía tenía tiempo.

Encontró al sargento encargado del depósito.

—Necesito ver el vehículo del comandante Foster.

—Está bajo investigación.

—Precisamente por eso.

El hombre negó con la cabeza.

—Sin autorización no puedo dejarla entrar.

Clara esperaba aquella respuesta.

Sacó del bolsillo una pequeña llave.

—Entonces no necesito entrar.

El sargento frunció el ceño.

Clara señaló la oficina del depósito.

—Solo quiero recuperar una caja que Daniel dejó allí antes de las maniobras. Tiene mi nombre.

El hombre dudó.

Finalmente la acompañó hasta un pequeño casillero.

Dentro había varias pertenencias de Daniel.

Un reloj.

Un cuaderno.

Un paquete de cigarrillos sin abrir que guardaba para intercambiar con otros soldados.

Y una caja metálica.

Clara la reconoció inmediatamente.

Daniel guardaba allí documentos importantes.

La abrió.

Encontró varias fotografías, cartas y recibos.

Después apareció un sobre.

En el frente había dos palabras escritas con la letra de Daniel.

PARA CLARA.

Sus manos comenzaron a temblar.

Nunca había visto aquella carta.

Rompió cuidadosamente el sello.

Dentro había una hoja doblada y un pequeño anillo.

Clara dejó de respirar.

Leyó las primeras líneas.

Daniel había escrito la carta tres días antes del accidente.

Le explicaba que después de las maniobras hablaría con la familia Foster.

Que estaba cansado de esperar.

Que quería casarse con ella.

Una lágrima cayó sobre el papel.

Pero entonces vio algo escrito al final.

Una nota añadida posteriormente.

“Descubrí algo extraño en el vehículo. Si mañana ocurre algo, busca al mecánico Zhao. No confíes en nadie del equipo médico hasta saber quién autorizó el cambio.”

Clara sintió que la sangre se le helaba.

Equipo médico.

Natalie.

Guardó inmediatamente la carta.

—¿Dónde está el mecánico Zhao?

El sargento pareció confundido.

—¿Zhao Ming?

—Sí.

—Desapareció después del accidente.

Clara levantó la cabeza.

—¿Desapareció?

—No se presentó nuevamente al servicio.

—¿Lo buscaron?

El hombre evitó su mirada.

Eso fue suficiente.

Clara salió del depósito con el corazón acelerado.

Tenía una prueba.

No definitiva.

Pero Daniel había sospechado antes del accidente.

Y alguien había hecho desaparecer al único hombre que podía confirmar qué ocurrió con aquel vehículo.

Cuando regresó a la enfermería ya había oscurecido.

Pretendía recoger sus pertenencias y marcharse.

Pero encontró a Daniel sentado en una banca frente a la entrada.

Todavía llevaba la venda alrededor de la cabeza.

—¿Qué haces aquí?

Él la observó.

—Esperándote.

El corazón de Clara dio un vuelco.

—Deberías estar descansando.

—Eso dijo la doctora Cole.

—Entonces escúchala.

Clara intentó pasar.

Daniel le sujetó suavemente la muñeca.

Ambos quedaron inmóviles.

Aquel contacto despertó algo demasiado familiar.

Daniel soltó inmediatamente su mano.

—Perdón.

Clara bajó la mirada.

—No importa.

—Para mí sí.

Daniel respiró profundamente.

—Desde que te marchaste tengo imágenes en la cabeza.

Clara levantó lentamente los ojos.

—¿Qué imágenes?

—Un árbol. Una niña llorando. Dulces de leche.

El pecho de Clara se contrajo.

Daniel continuó.

—Y tú.

—Siempre tú.

Clara tuvo que contener las lágrimas.

—No fuerces los recuerdos.

—¿Por qué?

—Porque alguien podría tener miedo de que regresen.

Daniel frunció el ceño.

Antes de que pudiera preguntar, Natalie apareció en la puerta.

—Comandante Foster.

Su voz sonó más fría que antes.

—Debe volver a su habitación.

Daniel no apartó los ojos de Clara.

—Mañana quiero hablar contigo.

Clara asintió.

—Mañana.

Natalie acompañó a Daniel al interior.

Clara comenzó a alejarse.

Entonces escuchó pasos detrás de ella.

Era la enfermera que había llevado el mensaje aquella tarde.

Miró alrededor antes de entregarle discretamente un papel.

—Encontré esto entre los registros del accidente.

Clara lo abrió.

Era una orden médica fechada la noche anterior a las maniobras.

Autorizaba la administración de un medicamento a Daniel antes de conducir.

La firma parecía pertenecer al médico de guardia.

Pero Clara reconoció inmediatamente el apellido escrito debajo.

COLE.

—¿Natalie autorizó esto?

La enfermera negó rápidamente.

—No.

Se inclinó hacia Clara.

—Su padre.

Clara sintió un escalofrío.

El general Richard Cole.

Uno de los hombres más poderosos del complejo militar.

Antes de que pudiera preguntar algo más, todas las luces del corredor se apagaron.

La enfermera soltó un grito.

En la oscuridad se escuchó el sonido de una puerta abriéndose.

Después, pasos.

Clara guardó el documento dentro de su abrigo.

Las luces de emergencia se encendieron unos segundos más tarde.

La enfermera ya no estaba.

—¿Señorita Bennett?

Clara giró.

Natalie estaba al otro extremo del corredor.

Pero esta vez no sonreía.

Detrás de ella había dos oficiales.

—Mi padre desea hablar con usted.

Clara sintió que algo iba terriblemente mal.

Entonces uno de los oficiales levantó una bolsa transparente.

Dentro estaba la carta que Daniel había escrito antes del accidente.

La misma carta que Clara acababa de esconder en su bolsillo.

Instintivamente llevó una mano hacia su abrigo.

Estaba vacío.

Natalie dio un paso hacia ella.

—Parece que ha encontrado cosas que no debía encontrar.

Y desde la habitación de Daniel llegó de pronto un estruendo.

Un monitor comenzó a emitir una alarma.

Clara corrió hacia la puerta.

—¡Daniel!

Natalie intentó detenerla.

Pero Clara logró mirar a través del cristal.

Daniel estaba incorporado en la cama, sujetándose la cabeza mientras varias imágenes parecían atravesar su memoria.

Entonces levantó los ojos.

Encontró los de Clara al otro lado del vidrio.

Y gritó una frase que hizo desaparecer todo el color del rostro de Natalie.

—¡CLARA, NO CONFÍES EN LOS COLE!

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