PARTE 2: LA VERDAD QUE DAMIEN NUNCA LE CONTÓ.

El automóvil avanzó bajo la lluvia mientras Elena permanecía pegada a la ventanilla, todavía intentando comprender lo que acababa de hacer.

Había abandonado a su familia biológica y aceptado casarse con un hombre al que apenas conocía.

—Puede arrepentirse —dijo Damien.

Elena giró hacia él.

—¿Ahora me dice eso?

—Prefiero que se arrepienta esta noche y no dentro de seis meses.

—¿Y usted?

—¿Yo qué?

—¿Puede arrepentirse?

Damien sostuvo su mirada.

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Elena entrecerró los ojos.

—Habla como si llevara mucho tiempo planeándolo.

Por primera vez, Damien pareció incómodo.

—Digamos que sé reconocer una oportunidad cuando aparece.

No añadió nada más.

Elena tampoco insistió.

Pero algo no encajaba.

A la mañana siguiente, Nueva York despertó con una noticia que nadie esperaba.

DAMIEN LANCASTER SE CASARÁ CON ELENA RIVERA.

No Whitmore.

Rivera.

Damien había ordenado personalmente que todos los comunicados utilizaran el apellido de la familia que la había criado.

En cuestión de horas, el teléfono de Elena se llenó de mensajes.

Su madre biológica llamó doce veces.

Su padre, ocho.

Sophia solo una.

Elena no respondió a ninguno.

Hasta que llegó un mensaje de su padre.

“Regresa inmediatamente. No sabes con quién te estás metiendo.”

Damien vio la pantalla desde el otro lado de la mesa.

—¿Quiere regresar?

—No.

—Entonces bloquéelo.

Elena levantó una ceja.

—¿Siempre resuelve todo así?

—Solo los problemas que insisten demasiado.

Ella casi sonrió.

Aquello pareció desconcertarlo más que cualquier reunión empresarial.

Durante los días siguientes, Elena descubrió algo extraño.

El hombre al que toda Manhattan llamaba “dios de hielo” era diferente cuando estaban solos.

No era cariñoso.

No hacía grandes declaraciones.

Pero observaba.

Recordaba.

Cuando Elena dejó el café después del primer sorbo porque estaba demasiado amargo, al día siguiente apareció preparado exactamente como le gustaba.

Cuando mencionó casualmente que odiaba los tacones, desaparecieron del vestidor que habían preparado para ella.

Cuando una asesora sugirió corregir su acento antes de la boda, Damien la despidió de la reunión.

—Señor Lancaster, solo intentaba ayudarla a encajar.

—Si para entrar en mi familia Elena necesita dejar de ser Elena, entonces es mi familia la que debe cambiar.

Elena se quedó mirándolo.

Nadie la había defendido así.

Ni siquiera las personas cuya sangre compartía.

Pero cuanto mejor la trataba Damien, más crecía una pregunta.

¿Por qué?

La respuesta comenzó a aparecer una semana después.

Los Lancaster organizaron una cena privada para anunciar formalmente el compromiso.

Los Whitmore también fueron invitados.

Sophia llegó tomada del brazo de Daniel Prescott.

Cuando vio a Elena bajar las escaleras de la residencia Lancaster, su sonrisa vaciló.

Elena no llevaba un vestido extravagante.

Había elegido uno sencillo.

Elegante.

Sin esconder quién era.

Damien apareció detrás de ella y extendió la mano.

Elena la aceptó.

Toda la sala quedó en silencio cuando el hombre que nunca mostraba afecto entrelazó los dedos con los suyos.

La madre de Elena fue la primera en acercarse.

—Necesitamos hablar.

—No tenemos nada que hablar.

—Somos tu familia.

Elena sostuvo su mirada.

—Una familia no necesita cámaras para recordar que tiene una hija.

Su madre palideció.

Sophia intervino con su habitual dulzura.

—Elena, mamá solo está preocupada. Todo esto ha ocurrido demasiado rápido.

Miró a Damien.

—Quizá mi hermana todavía no comprende las responsabilidades de convertirse en una Lancaster.

Damien levantó lentamente la copa.

—Las comprende perfectamente.

—No pretendía ofenderla.

—Entonces ha tenido muy mala suerte eligiendo sus palabras.

Daniel ocultó una sonrisa.

Sophia apretó la mandíbula.

El padre de Elena dio un paso adelante.

—Lancaster, necesitamos hablar en privado.

—No.

—Esto concierne a Elena.

—Entonces puede decirlo delante de ella.

El hombre miró alrededor, humillado.

—Esta boda perjudicará ciertos acuerdos entre nuestras familias.

Elena finalmente comprendió.

No habían venido porque estuvieran preocupados.

Habían venido porque su matrimonio alteraba negocios.

Damien también lo sabía.

—Sus acuerdos no son problema de mi prometida.

—Ella sigue siendo una Whitmore.

Entonces Damien dejó la copa sobre la mesa.

—Ella es Elena Rivera porque así decidió llamarse. Si alguna vez quiere utilizar Whitmore, también respetaré esa decisión. Pero nadie volverá a decirle quién debe ser.

El rostro del padre se endureció.

—La conoces desde hace unas semanas.

Damien no respondió.

Elena sintió que su mano se tensaba alrededor de la suya.

Sophia lo notó.

—Es verdad —dijo—. Resulta extraño.

Elena giró hacia ella.

—¿Qué cosa?

—Que un hombre como Damien Lancaster aparezca precisamente la noche que abandonas nuestra casa y te proponga matrimonio.

El silencio cambió.

Sophia sonrió.

—Casi parece que estaba esperando.

Elena miró a Damien.

Él permaneció inmóvil.

—Damien.

Nada.

—¿La conocías antes? —preguntó Sophia.

—Basta —respondió él.

Pero aquella palabra confirmó demasiado.

Elena retiró lentamente su mano.

—¿Qué está diciendo?

—Elena…

—¿Me conocías?

Damien miró alrededor.

—No aquí.

—Quiero la verdad.

Por primera vez, el hombre más poderoso de Manhattan pareció no saber qué decir.

Elena sintió un nudo en el pecho.

—El matrimonio arreglado.

Damien cerró los ojos un instante.

—Nunca existió.

La sala entera quedó en silencio.

Sophia abrió ligeramente la boca.

Elena retrocedió.

—Entonces mentiste.

—Sobre eso, sí.

—¿Por qué?

Damien respiró profundamente.

—Porque sabía que jamás habría aceptado subir a mi automóvil si le hubiera contado la verdadera razón.

—¿Qué verdadera razón?

Él la miró.

Y durante un instante ya no parecía el presidente del Grupo Lancaster.

Parecía simplemente un hombre que había guardado un secreto demasiado tiempo.

—Hace cuatro años sufrí un accidente durante una tormenta en Georgia.

Elena dejó de respirar.

Una imagen olvidada apareció en su memoria.

Una carretera inundada.

Un automóvil destrozado.

Un hombre ensangrentado al que apenas podía verle el rostro.

Ella había llamado a emergencias y permanecido a su lado hasta escuchar las sirenas.

Después se marchó.

—No…

Damien asintió.

—Eras tú.

Elena sintió que el suelo desaparecía.

—¿Me buscaste?

—Durante meses.

—¿Y cuando descubriste quién era?

—No hice nada.

—¿Durante cuatro años?

—Sabía dónde vivías. Sabía que estabas estudiando. Sabía que cuidabas a tu madre adoptiva. Pero nunca interferí.

—Hasta ahora.

Damien bajó la voz.

—Hasta que los Whitmore te encontraron.

Elena sintió rabia, confusión y algo mucho más difícil de nombrar.

—Entonces todo esto…

Señaló la habitación.

—¿La propuesta, la boda, traerme aquí…?

—La propuesta fue impulsiva.

—¿Y querer casarte conmigo?

Damien sostuvo su mirada.

Esta vez no se escondió detrás de ninguna excusa.

—Eso lleva cuatro años sin ser impulsivo.

Elena quedó completamente inmóvil.

Sophia observaba desde unos metros de distancia, con el rostro descompuesto.

Pero antes de que Elena pudiera responder, un hombre mayor apareció en la entrada.

El ambiente cambió inmediatamente.

Damien se tensó.

Era Alexander Lancaster, su abuelo y fundador del imperio familiar.

El anciano caminó directamente hacia ellos.

—Así que finalmente se lo dijiste.

Elena frunció el ceño.

—¿Usted también sabía?

Alexander no respondió inmediatamente.

Miró a Damien.

Después a Elena.

—Sé mucho más de lo que él acaba de contarle.

Damien dio un paso adelante.

—Abuelo, no.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Qué quiere decir?

Alexander sacó un sobre amarillento del interior de su chaqueta.

En la esquina aparecía una fecha.

Veintidós años atrás.

Mucho antes de aquella tormenta.

Mucho antes de que Damien pudiera haberla conocido.

—Señorita Rivera —dijo Alexander—, Damien cree que su historia comenzó hace cuatro años.

Colocó el sobre en sus manos.

—Pero las familias Lancaster y Whitmore llevan ocultándole la verdad desde el día en que usted nació.

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