Parte 2 – LO QUE NEFTALÍ DEJÓ BAJO EL SUELO

Clavé los dedos en aquella costura y tiré.

La tabla no cedió.

Busqué el candelabro, introduje uno de sus extremos en la abertura y presioné con todas mis fuerzas.

La madera crujió.

Después se levantó.

Debajo había oscuridad.

Y algo envuelto en plástico.

Mi corazón comenzó a golpearme con tanta fuerza que tuve que sentarme.

Metí la mano.

Saqué una caja metálica.

Pesaba demasiado para contener simples recuerdos.

En la tapa había una palabra escrita con marcador negro:

MAMÁ.

Reconocí inmediatamente la letra de Neftalí.

—Hijo…

Se me quebró la voz.

Abrí los cierres.

Dentro había documentos.

Un teléfono viejo.

Varias memorias USB.

Un manojo de llaves.

Y un sobre.

“Para mamá. Solo si ya no estoy.”

Lo abrí con las manos temblorosas.

“Mamá:

Si estás leyendo esto, significa que ocurrió aquello que temía.

Perdóname.

No por haberte olvidado.

Por haberte hecho creer que no veía lo que estaba pasando.”

Tuve que detenerme.

Las lágrimas me impedían seguir leyendo.

“Sé cómo te trata Lorena.

Sé lo que dice cuando yo no estoy.

Y sé que has soportado todo porque pensabas que así protegías mi matrimonio.

Pero también necesito protegerte a ti.

La casa no es de Lorena.

Nunca lo fue.”

Me quedé inmóvil.

Volví a leer aquella línea.

La casa de cuatro millones donde había vivido durante años.

La casa de la que mi nuera acababa de expulsarme.

No era suya.

Continué.

“Hace tres años descubrí cosas que cambiaron mi manera de verla.

Desde entonces preparé una salida.

Si muero antes de poder terminarla, llama al número escrito detrás de esta carta.

No confíes en Lorena.

Y, sobre todo, mamá:

no creas que mi muerte fue necesariamente un accidente.”

La carta cayó de mis manos.

Sentí que el frío de la cabaña desaparecía.

Neftalí había muerto cuando su automóvil salió de la carretera una noche lluviosa.

La policía habló de velocidad.

Lorena dijo que estaba agotado.

Todos aceptamos aquella explicación.

Todos menos él.

Porque mi hijo había escrito aquella carta antes de morir.


El número pertenecía al abogado Samuel Ortega.

Llegó a la cabaña aquella misma tarde.

Un hombre de cabello gris, expresión seria y zapatos completamente inadecuados para aquel camino embarrado.

Cuando vio la caja, cerró los ojos.

—Gracias a Dios.

—¿Usted sabía que estaba aquí?

—Sabía que Neftalí había preparado algo. Nunca me dijo dónde.

Le entregué la carta.

Samuel la leyó.

Después abrió su maletín.

—Señora Eulalia, necesito contarle algo antes de que haga cualquier cosa.

—Dígame.

—Lorena no heredó la casa.

—Eso escribió mi hijo.

—Legalmente, el inmueble pertenece a un fideicomiso.

—¿De quién?

Samuel me miró.

—Suyo.

Me quedé sin palabras.

—Eso es imposible.

—Neftalí compró la propiedad hace once años utilizando una sociedad patrimonial. Hace tres años transfirió el control del fideicomiso a usted, con efecto automático en caso de su fallecimiento.

Sentí que me faltaba el aire.

—Entonces ¿cómo pudo echarme?

—Porque usted no sabía que era propietaria.

Samuel hizo una pausa.

—Y Lorena esperaba que nunca lo descubriera.

Saqué las memorias USB.

—¿Qué contienen?

Su expresión se volvió grave.

—Probablemente la razón.


Al día siguiente conectamos el teléfono antiguo.

Había fotografías.

Facturas.

Grabaciones.

Extractos bancarios.

Neftalí había estado investigando a su propia esposa.

Encontramos transferencias realizadas desde una de sus empresas hacia cuentas desconocidas.

Joyas.

Hoteles.

Pagos a una sociedad que ninguno reconocíamos.

Después apareció un nombre.

Tomás Vega.

Samuel dejó de respirar.

—¿Lo conoce?

—Era socio de Neftalí.

—¿Era?

—Desapareció de la empresa después del accidente.

Seguimos buscando.

Encontramos fotografías de Lorena entrando en hoteles con Tomás.

Pero aquello no fue lo peor.

Había un audio.

La voz de Lorena salió del pequeño teléfono.

—Mientras Eulalia siga en la casa, él nunca hará lo que necesitamos.

Después habló un hombre.

Tomás.

—Primero tenemos que conseguir que firme.

—No va a hacerlo.

—Entonces habrá que esperar.

—Estoy cansada de esperar.

El audio terminaba ahí.

Miré a Samuel.

—¿Firmar qué?

No lo sabía.

Pero encontramos la respuesta en la última carpeta.

Una póliza.

Neftalí tenía un seguro de vida enorme.

Lorena era beneficiaria.

Y debajo había otro documento.

Una solicitud para modificar el fideicomiso de la casa.

Mi firma aparecía al final.

Me quedé helada.

—Yo nunca firmé esto.

Samuel acercó el documento.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque está fechado el día que usted estuvo hospitalizada.

Sentí náuseas.

Habían falsificado mi firma.


Dos días después regresé a la mansión.

Lorena abrió la puerta.

Su expresión pasó de la sorpresa al desprecio.

—¿Qué haces aquí?

—He venido a casa.

Se rio.

—Esta ya no es tu casa.

Samuel apareció detrás de mí.

—Legalmente, señora, sí lo es.

Lorena dejó de sonreír.

Le entregó los documentos.

—El fideicomiso concede a la señora Eulalia control completo del inmueble.

Ella leyó la primera página.

Después la segunda.

—Esto es falso.

—Puede discutirlo ante un juez.

Lorena me miró.

—Neftalí me dejó todo.

—No.

Entré.

—Te dejó exactamente lo que decidió dejarte.

—¡Fuera!

La miré.

Durante años aquella voz me había hecho bajar la cabeza.

Ya no.

—Tienes setenta y dos horas para retirar tus pertenencias.

Su rostro se deformó.

—Vieja miserable.

—Ten cuidado.

Le mostré el teléfono.

—Neftalí también me dejó tus conversaciones con Tomás.

El color desapareció de su cara.

Aquello fue suficiente.

No necesitaba confesión.

Había miedo.

—¿Dónde está Tomás? —pregunté.

—No lo sé.

—¿Qué querían que firmara?

—Estás loca.

—¿Qué le hicieron a mi hijo?

Lorena retrocedió.

—Nada.

Demasiado rápido.

Samuel dio un paso hacia mí.

—Eulalia, vámonos.

Pero entonces escuchamos un automóvil afuera.

Lorena miró hacia la ventana.

Su expresión cambió por completo.

No alivio.

Terror.

Un hombre salió del vehículo.

Tomás Vega.

Entró sin llamar.

Cuando me vio, se detuvo.

Después vio la caja metálica que Samuel llevaba.

—¿Dónde encontró eso?

—Debajo del suelo.

Tomás cerró los ojos.

Lorena gritó:

—¡Tú dijiste que la habías encontrado!

Lo miré.

—¿Encontrado qué?

Nadie respondió.

—¿Qué buscaban en la cabaña?

Tomás miró a Lorena con furia.

—Cállate.

Ella empezó a llorar.

—¡Todo esto es culpa tuya! ¡Dijiste que después del accidente encontraríamos la caja antes que ella!

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Después de qué accidente?

Lorena comprendió lo que acababa de decir.

Tomás dio media vuelta hacia la puerta.

Samuel sacó el teléfono.

—Ya llamé a la policía.

Tomás se quedó inmóvil.

Entonces me miró.

—Señora Eulalia, hay cosas que su hijo nunca le contó.

—Empiece.

Sonrió sin alegría.

—¿De verdad quiere saber por qué Neftalí escondió esa caja precisamente en aquella cabaña?

—Sí.

—Porque no estaba preparando pruebas solamente contra Lorena.

Miró a Samuel.

Después a mí.

—Estaba preparando pruebas contra la persona que ordenó matarlo.

Mi corazón dejó de latir durante un segundo.

—¿Quién?

Tomás señaló la caja.

—Busque la memoria roja.

Samuel la encontró.

La conectó al portátil.

Solo contenía un video.

Neftalí apareció en pantalla.

Estaba vivo.

Asustado.

Mirando directamente a la cámara.

—Mamá, si estás viendo esto, significa que no conseguí detenerlo.

Sentí que las rodillas me fallaban.

Mi hijo respiró profundamente en la grabación.

—Lorena me traicionó. Tomás la ayudó.

Hizo una pausa.

—Pero ninguno de los dos empezó esto.

Entonces pronunció un nombre.

Y Samuel cerró inmediatamente el portátil.

Lo miré.

—¿Por qué hizo eso?

El abogado estaba completamente pálido.

—Eulalia…

—Ábralo.

—No.

—¡Ábralo!

Samuel retrocedió.

Y entonces comprendí.

No había cerrado el ordenador para protegerme del nombre.

Lo había cerrado porque él ya sabía cuál iba a ser.

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