—¿Cariño?
La palabra salió de sus labios lentamente.
El hombre frente a mí me observó como si intentara decidir si acababa de burlarme de él o si simplemente estaba loca.
Y, para ser justa, yo también quería saberlo.
Los comentarios luminosos explotaron frente a mis ojos.
【¿QUÉ ESTÁ HACIENDO LA CHICA DE RELLENO?】
【¡Esto no ocurrió en la historia original!】
【¡Se suponía que debía rechazarlo!】
Apreté un poco más sus dedos fríos.
Ya estaba metida hasta el cuello.
Retroceder ahora probablemente significaba terminar alimentando peces.
—Sí —respondí—. Cariño.
Sus ojos negros se clavaron en mí.
—Llevamos meses hablando y no sabes mi nombre.
Ah.
Pequeño problema.
Yo no había hablado con él ni una sola vez.
Había sido Samantha.
Mi sonrisa se congeló.
—Quería escucharlo de tu boca.
El hombre guardó silencio.
Finalmente respondió:
—Adrian Calloway.
Mi corazón dio un salto.
Calloway.
Hasta yo conocía ese apellido.
Calloway Capital aparecía constantemente en las noticias financieras. Hoteles, tecnología, bienes raíces, hospitales privados…
Samantha no había pescado un millonario.
Había pescado una ballena y luego había cortado el hilo porque la ballena usaba silla de ruedas.
—Bonito nombre —murmuré.
Adrian entrecerró los ojos.
—Nunca dijiste eso antes.
Maldita sea.
Los comentarios aparecieron inmediatamente.
【¡La va a descubrir!】
【La verdadera protagonista siempre lo llamaba A.】
Sonreí desesperadamente.
—Porque estaba reservándolo para cuando nos viéramos.
Adrian siguió observándome.
Luego bajó la mirada hacia nuestras manos.
—Pensé que ibas a terminar conmigo.
Mi sonrisa desapareció.
Había algo demasiado tranquilo en su voz.
No parecía enfadado.
Parecía preparado.
Como alguien que llevaba toda la mañana ensayando cómo aceptar un golpe sin mostrar dolor.
—¿Por la silla?
Sus dedos se tensaron.
—No tienes que fingir.
—No estoy fingiendo.
—Escuché tu discusión afuera.
Mi sangre se heló.
¿Cuánto había oído?
Antes de que pudiera responder, Adrian añadió:
—Escuché cuando dijiste que no querías hacerlo.
Perfecto.
Fantástico.
Gracias, universo.
—No quería hacer lo que Samantha me pidió.
Sus ojos cambiaron.
—¿Samantha?
Los comentarios desaparecieron.
Todos.
Por primera vez desde que aquel extraño fenómeno comenzó, no había una sola palabra flotando frente a mí.
Sentí verdadero miedo.
Adrian retiró lentamente su mano.
—¿Quién es Samantha?
Abrí la boca.
En ese momento mi teléfono vibró.
Mensaje nuevo.
Samantha.
“¿YA TERMINASTE?”
Otro mensaje llegó inmediatamente.
“Dile cualquier cosa. Bloquéalo después.”
Y otro.
“NO LE DIGAS NADA DE LAS FOTOS.”
Levanté la mirada.
Adrian estaba observando mi teléfono.
—¿Hay algo que quieras contarme, Lina?
Tenía dos opciones.
Mentir y continuar interpretando una relación que jamás había vivido.
O decir la verdad y arriesgarme a que el famoso hermano psicópata de los comentarios decidiera convertirme en comida para peces.
Elegí una tercera.
—¿Podemos comer primero?

Adrian parpadeó.
—¿Qué?
—Estoy nerviosa, tú estás desconfiando de mí y esta conversación va a ser un desastre si además tengo hambre.
Por primera vez vi algo parecido a diversión en sus ojos.
Muy leve.
Casi invisible.
—¿Siempre eres así?
—Probablemente.
—No parecías así por mensajes.
Otra puñalada.
Me senté frente a él.
—Quizá soy más valiente detrás de una pantalla.
Eso, al menos, era técnicamente posible.
Adrian pidió café.
Yo pedí un pastel.
Durante veinte minutos hablamos de cosas insignificantes.
La universidad.
Libros.
Nueva York.
Él hablaba poco, pero escuchaba cada palabra.
Y cuanto más tiempo pasaba con él, peor me sentía.
Porque aquel hombre no era el monstruo oscuro que los comentarios describían.
Era reservado.
Desconfiado.
Dolorosamente educado.
Y cada vez que alguien miraba su silla durante demasiado tiempo, sus hombros se endurecían apenas.
Entonces comprendí algo.
Adrian había venido preparado para ser rechazado por algo que probablemente llevaba años intentando aceptar.
Samantha había jugado con la única inseguridad que podía herirlo de verdad.
Ya no estaba allí solo para salvar mi vida.
Estaba furiosa.
Saqué mi teléfono.
Abrí la cuenta que Samantha me había entregado.
Había cientos de mensajes.
Fotos mías.
Selfies robadas de mis redes.
Fotos de cumpleaños.
Una imagen mía leyendo en la biblioteca.
Incluso una fotografía que mi madre había tomado durante unas vacaciones.
Sentí náuseas.
Adrian observó mi expresión.
—¿Qué ocurre?
Giré el teléfono hacia él.
—Necesito decirte algo.
Su rostro se volvió inexpresivo.
—Dilo.
Respiré profundamente.
—Las fotos son mías.
—Lo sé.
—Pero los mensajes no.
Silencio.
Esta vez absoluto.
Adrian no parpadeó.
—Explícate.
—Mi compañera de cuarto se llama Samantha Blake. Ella creó esta cuenta. Usó mis fotos para hablar contigo.
El rostro de Adrian perdió todo rastro de emoción.
—¿Durante ocho meses?
Asentí.
—Me enteré hoy.
—¿Y por qué viniste?
—Porque cuando descubrió que usabas silla de ruedas, decidió que ya no quería conocerte.
Sus dedos se cerraron lentamente.
—Así que te mandó a rechazarme.
—Sí.
La mirada de Adrian se volvió tan fría que me recorrió un escalofrío.
—Entonces ¿por qué no lo hiciste?
Ahí estaba la pregunta imposible.
No podía responder:
Porque unas letras mágicas me dijeron que tu hermano me arrojaría al mar.
Así que dije:
—Porque me pareció cruel.
Adrian soltó una risa breve, sin alegría.
—¿Lástima?
—No.
—Entonces ¿qué?
Lo miré directamente.
—Curiosidad.
—¿Curiosidad?
—Quería conocer al hombre que consiguió soportar ocho meses hablando con Samantha.
Sus labios se movieron.
Una sonrisa.
Pequeña, pero real.
Y entonces alguien detrás de mí habló.
—Adrian.
Me giré.
Un hombre alto, vestido completamente de negro, estaba junto a nuestra mesa.
Tenía rasgos similares a Adrian.
Pero sus ojos eran distintos.
Más duros.
Los comentarios reaparecieron violentamente.
【¡EL HERMANO!】
【¡LINA, CORRE!】
Tragué saliva.
El recién llegado miró nuestras manos sobre la mesa.
Luego me miró a mí.
—¿Ella es?
Adrian respondió:
—Sí.
El hombre sonrió.
No me gustó aquella sonrisa.
—Soy Damian Calloway.
Extendió una mano.
—He escuchado mucho sobre ti.
La estreché con cautela.
—Espero que cosas buenas.
—Adrian lleva ocho meses hablando de ti.
Mi culpa regresó de golpe.
Damian tomó una silla.
—Entonces, ¿cómo salió la cita?
Antes de que Adrian respondiera, dije:
—Hay un problema.
Damian levantó una ceja.
Adrian habló con calma.
—La mujer con la que hablaba no era Lina.
El rostro de Damian cambió.
—¿Qué?
Adrian señaló mi teléfono.
—Alguien utilizó sus fotografías.
La temperatura de la mesa pareció descender diez grados.
Damian me observó.
—¿Quién?
—Samantha Blake.
Su sonrisa desapareció.
Sacó su teléfono.
—Nombre completo.
—No vas a hacerle daño.
Damian levantó lentamente la vista.
Los comentarios explotaron.
【¡¿ESTÁ PROTEGIENDO A SAMANTHA?!】
【¡NO, ESTÁ EVITANDO UN HOMICIDIO!】
—No estoy protegiéndola —aclaré—. Solo quiero que esto se resuelva legalmente.
Damian miró a Adrian.
—¿Te engañó durante ocho meses?
Adrian permaneció en silencio.
Finalmente dijo:
—Déjalo.
Damian apretó la mandíbula.
—No.
—Damian.
Una sola palabra bastó.
Su hermano guardó el teléfono.
Pero su expresión decía claramente que aquella conversación no había terminado.
Dos horas después, Adrian insistió en llevarme de regreso al campus.
Cuando llegamos, me preparé para despedirme.
—Supongo que esto termina aquí.
Adrian me observó.
—¿Por qué?
Parpadeé.
—Porque yo no soy la persona de la que te enamoraste.
—Las fotografías eran tuyas.
—Pero las conversaciones no.
—Entonces tendremos que empezar desde cero.
Mi corazón dio un salto.
—¿Qué significa eso?
Adrian extendió la mano.
—Hola. Soy Adrian Calloway.
Lo miré.
Luego sonreí y estreché sus dedos.
—Lina Harper.
—¿Café mañana?
—¿Eso es una cita?
—Eso espero.
Sonreí.
—Entonces sí.
Tres meses después, Samantha abandonó la universidad cuando salió a la luz que había utilizado identidades ajenas en varias cuentas.
Adrian nunca permitió que Damian se acercara a ella.
Y yo descubrí que los comentarios habían acertado en una cosa.
Adrian era absurdamente devoto.
Flores antes de los exámenes.
Comida cuando estudiaba hasta tarde.
Un conductor esperándome cuando llovía.
Y mensajes todas las noches:
“¿Llegaste?”
“¿Comiste?”
“¿Necesitas algo?”
Seis meses después, Adrian comenzó una nueva terapia física.
Un año después, durante nuestra ceremonia de graduación, me esperaba frente al auditorio.
Seguía usando su silla de ruedas.
Pero ya no bajaba la mirada cuando alguien lo observaba.
Me acerqué.
—¿Por qué estás tan elegante?
Sacó una pequeña caja del bolsillo.
Me quedé inmóvil.
—Adrian…
—La primera vez que nos vimos pensé que ibas a rechazarme.
Abrió la caja.
—Resultó ser el mejor error de mi vida.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Técnicamente, el error fue de Samantha.
—Entonces algún día le enviaré una tarjeta de agradecimiento.
Solté una carcajada.
Adrian tomó mi mano.
—Lina Harper, ¿quieres seguir empezando desde cero conmigo todos los días?
Los comentarios aparecieron una última vez.
【¡FINAL FELIZ!】
【¡LA CHICA DE RELLENO ROBÓ EL FINAL!】
【¿Y EL HERMANO TIRÁNDOLA AL MAR?】
Miré hacia atrás.
Damian estaba unos metros más lejos.
Me señaló con dos dedos.
Luego señaló sus propios ojos.
Después me señaló nuevamente.
“Te vigilo.”
Puse los ojos en blanco.
Volví hacia Adrian.
Y respondí:
—Sí.
Me incliné y apoyé la frente contra la suya.
No me había convertido en la protagonista de aquella historia.
Simplemente había decidido dejar de obedecer el final que alguien más había escrito para mí.