Nadie volvió a tocar los cubiertos.
La mirada de Eleanor permaneció clavada en el collar que rodeaba el cuello de Sophie.
Yo conocía cada diamante.
Me lo había entregado personalmente durante nuestro primer aniversario, diciéndome:
—Las joyas de los Hayes solo pasan de una mujer de la familia a otra.
Ahora estaba sobre la piel de la secretaria de mi esposo.
Sophie llevó una mano al collar.
—Señora Hayes, puedo explicarlo.
—Eso espero —respondió Eleanor.
Adrian dejó la copa sobre la mesa.
—Abuela, no exageres. Sophie necesitaba un collar para una recepción corporativa. Evelyn nunca lo usa.
Lo miré.
Aquella respuesta era mucho más reveladora que cualquier confesión.
—¿Entraste en mi joyero?
Adrian frunció el ceño.
—No dramatices.
—Solo pregunté.
—Sí. Lo saqué yo.
Eleanor golpeó la mesa con la palma.
—¡Era un regalo mío para tu esposa!
Sophie se apresuró a levantarse.
—Puedo devolvérselo ahora mismo.
—No hace falta.
Todos me miraron.
Abrí el bolso.
Saqué el acuerdo.
Lo coloqué frente a Adrian.
—Puedes quedarte con el collar. Yo quiero algo más valioso. Mi libertad.
Su rostro cambió.
—¿Qué es esto?
—Nuestro divorcio.
Su madre soltó una exclamación ahogada.
Sophie se quedó completamente inmóvil.
Adrian tomó los documentos y hojeó las primeras páginas.
—¿Estás loca?
—Mi abogado asegura que estoy perfectamente lúcida.
—¿Quieres divorciarte por una ducha y un collar?
Sonreí.
—No.
Me incliné hacia él.

—Quiero divorciarme porque mi esposo cree que puede llevar a otra mujer a nuestra casa, permitir que utilice mis cosas, regalarle mis joyas y después preguntarme por qué estoy molesta.
Adrian dejó caer los papeles.
—No ha pasado nada entre Sophie y yo.
—Perfecto.
Él parpadeó.
—¿Perfecto?
—Eso hará el proceso mucho más sencillo. No necesito demostrar adulterio.
Entonces señalé la última página.
—Solo necesito tu firma.
Adrian soltó una risa incrédula.
—No voy a firmar.
—No necesitas hacerlo hoy.
—Ni hoy ni nunca.
Eleanor habló desde el extremo de la mesa.
—Adrian.
Él se volvió.
—¿Qué?
—Firma.
El silencio fue brutal.
—Abuela…
—Si has conseguido que Evelyn llegue a esta mesa con documentos preparados, significa que esto comenzó mucho antes de esta noche.
Sophie bajó la cabeza.
Y entonces Eleanor dijo algo que nadie esperaba.
—Además, mañana mismo devolverás a Evelyn todas las acciones que recibió al casarse contigo.
Adrian palideció.
—Eso no depende de ti.
Eleanor sonrió con una calma peligrosa.
—Oh, muchacho. Todavía no sabes de quién depende realmente tu empresa.