El lunes por la mañana llamé al propietario del departamento.
—Quiero terminar el contrato antes de tiempo.
Hubo un breve silencio.
—Señorita Sofía, el contrato está únicamente a su nombre. Puede hacerlo, pero deberá pagar una penalización.
—La pagaré.
—¿Está segura?
Miré la fotografía de Daniel sonriendo junto a Camila y Mateo.
—Completamente.
Después llamé a una empresa de mudanzas.
Durante los siguientes cuatro días, mientras todos creían que yo estaba trabajando en otra ciudad, organicé mi salida.
No toqué las cosas de Daniel.
Solo retiré las mías.
Mis libros.
Mi escritorio.
La cafetera que había comprado con mi primer sueldo.
Los cuadros que había pintado mi madre.
Incluso el sofá era mío, pero decidí dejarlo.
No quería llevarme nada que me obligara a recordar aquellas tardes en las que Daniel se sentaba junto a mí mientras enviaba mensajes al grupo secreto.
El jueves recibí otro mensaje de Camila.
—Sofi, ¿cómo va el viaje? Te extraño.
Observé aquellas palabras durante varios segundos.
Te extraño.
Después de dos años ayudando a otros a evitarme.
Respondí:
—Todo perfecto.
A los pocos segundos apareció el doble check.
Camila escribió:
—Cuando vuelvas hacemos algo juntas.

Sonreí.
—Claro.
Aquella noche Daniel me llamó.
—¿Regresas el domingo?
—Probablemente.
—Bien. Te recogeré del aeropuerto.
Casi me reí.
—No será necesario.
—No seas tonta.
Su voz seguía siendo cálida.
Cariñosa.
La voz del hombre al que había amado cuatro años.
Y precisamente por eso dolía tanto.
Antes de colgar pregunté:
—Daniel, ¿eres feliz conmigo?
Se quedó en silencio un segundo.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Solo contesta.
—Claro que sí.
Cerré los ojos.
—Bien.
—¿Pasa algo?
—No.
Colgué.
La facilidad con la que mentía terminó de destruir algo dentro de mí.
El viernes por la tarde, la empresa terminó la mudanza.
Mi nuevo departamento era pequeño, luminoso y estaba al otro lado de la ciudad.
Solo había una cama, una mesa y varias cajas.
Pero cuando cerré la puerta sentí algo que no había sentido en años.
Paz.
Aquella noche abrí una aplicación bancaria.
Daniel y yo no teníamos cuentas compartidas.
Pero yo pagaba el alquiler.
Internet.
La electricidad.
El seguro.
La mayoría de los muebles.
Durante años no me había importado porque pensaba que estábamos construyendo una vida juntos.
Ahora entendía que, mientras yo financiaba nuestro hogar, él utilizaba ese hogar como base para organizar una vida en la que yo sobraba.
Cancelé todos los pagos automáticos.
Después envié al propietario la confirmación final.
La entrega del departamento sería el lunes a las diez.
Daniel todavía no sabía nada.
Y el sábado era la famosa parrillada.
La reunión donde todos esperaban celebrar, una vez más, una vida feliz sin Sofía.
Esta vez decidí ayudarlos.
Les prepararía una última sorpresa.