PARTE 2: EL REGALO QUE YA NO SERÍA SUYO.

—¡Mamá, espera!

Tenía una mano sobre la puerta del coche cuando Mateo llegó hasta mí.

Estaba jadeando. Detrás de él, Valeria avanzaba casi tropezando con su vestido, seguida por su madre y varios invitados que habían salido para descubrir qué estaba ocurriendo.

—¿Adónde vas? —preguntó Mateo.

Lo miré.

—A casa.

—Pero todavía no hemos cenado. Falta nuestro baile.

Aquellas palabras me dolieron más de lo que esperaba.

Nuestro baile.

Durante semanas había practicado en mi pequeña sala porque Mateo me había prometido que bailaríamos juntos después del brindis.

—Creo que será mejor que bailes con alguien que sí tenga lugar dentro.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Valeria llegó entonces.

—Mateo, amor, vuelve al salón. Tu mamá está exagerando por una tontería.

Me quedé mirándola.

—¿Una tontería?

Mateo giró hacia ella.

—¿Qué pasó?

Valeria abrió la boca, pero el mesero que me había recibido apareció detrás de nosotros.

Llevaba mi tarjeta dorada en la mano.

—Señor Rivas…

Vaciló.

—Creo que debería ver esto.

Mateo tomó la tarjeta.

Luego siguió al mesero hasta la entrada lateral.

Yo no fui detrás.

No necesitaba volver a ver aquella silla.

Pero escuché perfectamente cuando mi hijo preguntó:

—¿Este era el lugar de mi madre?

Nadie respondió.

—¡Pregunté si pusieron a mi madre aquí!

La música seguía sonando dentro del salón, pero cada vez más invitados se acercaban a las ventanas.

Valeria cruzó los brazos.

—No había espacio suficiente.

Mateo regresó.

Su rostro había cambiado.

—Hay dos sillas vacías en nuestra mesa.

—Son para unos invitados de mi papá.

—Mi madre es la madre del novio.

—Mateo, no hagas una escena.

Él la miró como si acabara de descubrir algo que llevaba demasiado tiempo negándose a ver.

Entonces Valeria señaló mi bolso.

—Además, ella tampoco es inocente. Se estaba llevando nuestro regalo.

Mateo volvió la cabeza hacia mí.

—¿Qué regalo?

Apreté el bolso contra mi cuerpo.

—Ya no importa.

Valeria soltó una risa nerviosa.

—Claro que importa. Llevas tres años hablando de esa sorpresa.

Yo jamás había hablado de ella.

Solo le había contado a Mateo que estaba resolviendo unos documentos familiares.

Pero aparentemente él se lo había mencionado a Valeria.

—Mamá —dijo Mateo—, ¿qué hay en el sobre?

—Algo que pensaba darte hoy.

—¿Dinero?

Negué.

—La casa de Valle de Bravo.

El rostro de Mateo se quedó completamente inmóvil.

Valeria también dejó de respirar.

—¿La casa del lago? —preguntó él.

Asentí.

—Terminé de resolver la sucesión hace dos semanas. La escritura estaba preparada para transferirla a tu nombre como regalo de bodas.

Mateo cerró los ojos.

Conocía perfectamente aquella propiedad.

Allí había pasado todos los veranos de su infancia.

También sabía cuánto valía.

Pero eso nunca había sido lo importante para mí.

—Mamá…

—No.

Levanté una mano.

—No estoy haciendo esto para castigarte.

Valeria dio un paso hacia mí.

—Entonces danos el sobre y terminemos con este drama.

La miré.

Por primera vez aquella noche, varias personas a nuestro alrededor parecieron comprender exactamente quién era ella.

—¿Darnos?

—Era nuestro regalo de bodas.

—Era mío —respondí—. Hasta el momento en que firmara la transferencia.

Su rostro se endureció.

—No puedes quitárselo ahora.

—No estoy quitándole nada. Simplemente decidí no regalar algo que todavía me pertenece.

Valeria miró desesperadamente a Mateo.

—Dile algo.

Él permaneció callado.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

La madre de Valeria salió del salón.

—Elena, seamos razonables.

Mercedes llevaba meses presumiendo ante sus amigas que su hija se había casado con un arquitecto de una “familia propietaria de una casa frente al lago”.

Ahora entendía de dónde había salido aquella historia.

—Los jóvenes cometen errores —continuó—. No vamos a arruinar una boda por una silla.

—No fue una silla.

—Entonces, ¿qué fue?

Miré hacia los contenedores.

—Fue un mensaje.

Mercedes guardó silencio.

—Y lo entendí perfectamente.

Abrí la puerta del coche.

Mateo me tomó suavemente del brazo.

Me detuve.

—Mamá, yo no sabía nada.

Lo miré a los ojos.

Quería creerle.

Con cada fibra de mi cuerpo quería hacerlo.

—¿Nunca preguntaste dónde iba a sentarme?

Mateo palideció.

—Pensé que estarías con la tía Teresa.

—Teresa ni siquiera fue invitada.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

—Valeria dijo que mi hermana era gente que “no contaba”.

Mateo giró lentamente hacia su esposa.

—Me dijiste que Teresa estaba enferma.

Valeria bajó la mirada.

Ese pequeño gesto respondió por ella.

Algo empezó a quebrarse en el rostro de mi hijo.

—¿Qué más me ocultaste?

—No voy a discutir esto delante de todos.

—Entonces dime una sola cosa.

Mateo levantó mi tarjeta dorada.

—¿Tú ordenaste que pusieran a mi madre junto a la basura?

Valeria permaneció en silencio.

—Contéstame.

Finalmente explotó.

—¡Sí!

El estacionamiento entero quedó inmóvil.

—¡Sí, lo hice! Porque estoy cansada de que ella siempre esté presente. Estoy cansada de escuchar cuánto sacrificó por ti, cuánto trabajó por ti, cuánto hizo por ti. Hoy era mi día. No el suyo.

Mateo la miró durante varios segundos.

—Era nuestro día.

Valeria comprendió demasiado tarde la diferencia.

Me solté suavemente de la mano de mi hijo.

—Hablen ustedes. Yo me voy.

Esta vez Mateo no intentó detenerme.

El valet cerró la puerta.

Cuando el coche comenzó a avanzar, miré por el espejo.

Mateo seguía inmóvil.

Valeria lloraba.

Mercedes discutía con alguien.

Y los invitados regresaban lentamente al salón con la certeza de que aquella boda perfecta acababa de romperse.

Pensé que todo había terminado.

Me equivocaba.

Apenas llevaba diez minutos conduciendo cuando sonó mi teléfono.

Era Teresa.

—Elena, ¿dónde estás?

—Regresando a casa.

—¿Tienes contigo los documentos de Valle de Bravo?

Miré el bolso sobre el asiento.

—Sí.

Hubo un silencio extraño.

—Gracias a Dios.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque esta tarde llamó el notario.

Reduje la velocidad.

—¿Qué pasó?

—Alguien intentó obtener una copia certificada de la escritura.

Mis dedos se cerraron alrededor del volante.

—¿Quién?

—Una mujer aseguró que tenía autorización tuya para iniciar la transferencia antes de la boda.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—Yo nunca autoricé a nadie.

—Lo sé.

Teresa respiró profundamente.

—Por eso el notario revisó los documentos que presentó.

—¿Qué documentos?

Su respuesta hizo desaparecer de golpe cualquier duda que todavía tuviera sobre lo ocurrido aquella noche.

—Una autorización con tu firma falsificada, Elena.

Detuve el coche a un lado de la carretera.

—¿A nombre de quién querían transferir la casa?

Teresa tardó varios segundos en responder.

Cuando finalmente lo hizo, sentí que aquella silla junto a los botes de basura había sido apenas el principio.

—No estaba a nombre de Mateo.

Apreté el teléfono.

—Entonces, ¿de quién?

Teresa pronunció el nombre.

Y comprendí por qué Valeria había salido corriendo detrás de mi bolso con tanta desesperación.

La casa de mis padres nunca había sido solo un regalo para ella.

Formaba parte de un plan que había comenzado mucho antes de la boda.

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