PARTE 2: CUANDO REGRESÓ, YA LO HABÍA PERDIDO TODO.

Las manos de Adrian comenzaron a temblar.

Volvió a leer el segundo documento, convencido de que había entendido mal.

No era así.

“Revocación inmediata de derechos de uso, licencias y representación sobre las patentes Parker.”

Debajo aparecía mi firma.

Adrian levantó la vista hacia su secretaria.

—¿Qué significa esto?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Significa que Cole Technologies ya no tiene autorización para utilizar tres de las patentes principales de la señora Parker.

—Esas patentes pertenecen a la empresa.

—No, señor.

La secretaria abrió otra carpeta.

—Nunca pertenecieron a Cole Technologies.

El rostro de Adrian se endureció.

Durante cinco años había permitido que todos creyeran que el crecimiento de su compañía era producto exclusivo de su talento.

Pero cuando su empresa estuvo al borde de la bancarrota, yo había registrado a mi nombre tres sistemas industriales que después cedí gratuitamente a Cole Technologies mientras durara nuestro matrimonio.

Esas patentes habían atraído inversionistas.

Habían conseguido contratos millonarios.

Y representaban casi la mitad de los ingresos de la compañía.

—¿Dónde está Elena?

—No lo sabemos.

Adrian sacó inmediatamente su teléfono.

Me llamó.

Una vez.

Dos.

Diez veces.

No respondí.

Entonces escribió:

“Elena, tenemos que hablar.”

Después:

“Lo de anoche fue un error.”

Y finalmente:

“Por favor, dime dónde estás.”

Los mensajes quedaron sin respuesta.

Por primera vez desde que nos conocíamos, yo había dejado de esperar algo de él.


Mientras Adrian recorría la ciudad buscándome, yo estaba sentada frente a una enorme ventana en el piso treinta y seis de un edificio que él jamás había visitado.

Delante de mí estaba Daniel Morris, mi abogado.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Completamente.

—Adrian podría intentar impugnar la revocación.

—Que lo intente.

Daniel me observó durante unos segundos.

—Has cambiado.

Negué lentamente.

—No. Solo dejé de justificarlo.

Durante años había confundido paciencia con amor.

Cada aniversario olvidado tenía una explicación.

Cada noche en la que Adrian llegaba tarde tenía una explicación.

Cada vez que mencionaba accidentalmente el nombre de Sophia también tenía una explicación.

Yo siempre encontraba una razón para perdonarlo.

Hasta aquella bofetada.

No porque el dolor físico hubiera sido insoportable.

Sino porque, después de golpearme, Adrian había abrazado a Sophia.

Ni siquiera había comprobado si yo estaba bien.

Aquella imagen había destruido lo último que quedaba de nuestro matrimonio.

Daniel deslizó otro documento hacia mí.

—Hay algo más.

Lo miré.

—¿Qué?

—Sophia Bennett.

Mi mano se detuvo.

—¿Qué pasa con ella?

—Pediste una revisión de las cuentas relacionadas con las patentes antes de presentar el divorcio.

Asentí.

—Encontramos varias transferencias extrañas.

Daniel colocó una fotografía sobre la mesa.

Era Sophia saliendo de las oficinas de Meridian Capital.

—Durante los últimos seis meses, Sophia se reunió cuatro veces con representantes de un competidor de Cole Technologies.

Fruncí el ceño.

—¿Para qué?

—Todavía estamos investigándolo.

Mi teléfono vibró.

Adrian.

Lo puse boca abajo.

—Continúa.

Daniel abrió otro archivo.

—Creemos que Sophia regresó a la vida de Adrian por una razón muy específica.

Sentí un escalofrío.

—Las patentes.

Daniel asintió.

—Alguien le informó de que las licencias estaban vinculadas a tu matrimonio.

Entonces todo empezó a encajar.

Sophia había reaparecido apenas tres meses antes.

Primero fueron encuentros “casuales”.

Después llamadas.

Luego cenas.

Finalmente, aquella fiesta.

Y durante todo ese tiempo había provocado pequeñas discusiones entre Adrian y yo.

Hasta conseguir exactamente lo que quería.

Separarnos.

—¿Adrian sabe esto?

—No.

Miré la ciudad.

—Entonces todavía tiene mucho que descubrir.


Esa tarde, Adrian apareció en las oficinas de mi abogado.

No sé cómo consiguió averiguar dónde estaba.

Entró con el cabello desordenado y el rostro agotado.

Ya no llevaba las rosas.

Tampoco el collar.

—Elena.

Me puse de pie.

—No deberías estar aquí.

—Necesito cinco minutos.

—Tienes abogados para eso.

—¡No quiero hablar con abogados!

Daniel se levantó, pero hice un gesto para detenerlo.

Adrian respiró profundamente.

—Sé que anoche cometí un error.

Lo miré en silencio.

—Perdí el control.

—Me golpeaste.

Bajó la mirada.

—Sí.

—Delante de Sophia.

No respondió.

—Y después la abrazaste a ella.

Adrian cerró los ojos.

—Elena…

—¿Sabes qué fue lo peor?

Su rostro se tensó.

—Durante unos segundos esperé que vinieras detrás de mí.

Mi voz no tembló.

—Incluso después de todo, una parte de mí creyó que abrirías aquella puerta.

Adrian pareció recibir aquellas palabras como un golpe.

—Quise hacerlo.

—Pero no lo hiciste.

Silencio.

—Sophia estaba llorando.

Sonreí con tristeza.

—Exactamente.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Dame otra oportunidad.

Retrocedí.

—Tuviste cinco años.

—Puedo cambiar.

—Quizá.

Lo miré directamente.

—Pero ya no será conmigo.

Su rostro perdió toda esperanza.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Contestó irritado.

—¿Qué?

La voz del otro lado habló tan rápido que incluso desde donde estaba pude escuchar la desesperación.

Adrian palideció.

—¿Cómo que suspendieron la producción?

Escuchó.

—¡No pueden cancelar los contratos!

Otra pausa.

—Voy para allá.

Colgó.

Me miró.

Por primera vez comprendía realmente lo que significaba perder las patentes.

—Elena, cientos de empleados dependen de esta empresa.

—Lo sé.

—Entonces no puedes hacer esto.

—No estoy destruyendo Cole Technologies.

Tomé mi bolso.

—Estoy recuperando lo que siempre fue mío.

Pasé junto a él.

Antes de llegar a la puerta, Adrian habló.

—¿Hay alguien más?

Me detuve.

Giré lentamente.

—¿Eso es lo que necesitas creer?

—Solo quiero saber si me abandonas por otro hombre.

Sentí una tristeza profunda.

Después de cinco años todavía no entendía nada.

—Te abandono por mí.

Y salí.


Dos días después, la junta directiva convocó una reunión extraordinaria.

Cole Technologies había perdido dos contratos importantes y tres inversionistas exigían explicaciones.

Adrian llegó esperando encontrar únicamente al consejo.

Pero Sophia estaba allí.

Sentada frente a los directivos.

Cuando me vio entrar acompañada por Daniel, se puso pálida.

Adrian frunció el ceño.

—Elena, ¿qué haces aquí?

Uno de los miembros del consejo respondió antes que yo.

—La señora Parker ha recibido una oferta formal para licenciar sus patentes a Meridian Capital.

Adrian se quedó inmóvil.

Sophia también.

Yo observé su reacción.

Demasiado miedo.

Daniel colocó varios documentos sobre la mesa.

—Sin embargo, hemos descubierto algo antes de firmar.

Sophia se levantó.

—Tengo que irme.

—Siéntate —dijo Adrian.

Ella lo miró.

—Adrian…

—He dicho que te sientes.

Era la primera vez que lo escuchaba hablarle con aquella frialdad.

Sophia obedeció.

Daniel proyectó una serie de transferencias en la pantalla.

—Durante seis meses, una consultora vinculada a la señorita Bennett recibió pagos de Meridian Capital.

Adrian miró lentamente hacia Sophia.

—¿Qué significa eso?

Ella negó con la cabeza.

—No sé de qué están hablando.

Daniel cambió la imagen.

Aparecieron correos electrónicos.

Fechas.

Reuniones.

Transferencias.

Finalmente, una conversación.

Sophia había prometido conseguir información sobre mis patentes.

A cambio recibiría una enorme comisión si lograba romper el acuerdo de licencia con Cole Technologies.

Adrian parecía incapaz de respirar.

—¿Volviste por dinero?

—No.

—¿Me utilizaste?

—Adrian, escúchame.

Él retrocedió.

Por primera vez, la mujer que había idealizado durante años dejó de parecerle perfecta.

Pero Daniel todavía no había terminado.

—Existe un último documento.

Colocó una carpeta frente a Adrian.

Sophia se levantó bruscamente.

—¡No!

Todos la miraron.

Su reacción confirmó que sabía exactamente qué contenía.

Adrian abrió lentamente la carpeta.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Su rostro se volvió completamente blanco.

Levantó la mirada hacia Sophia.

—¿Desde cuándo?

Ella comenzó a llorar.

—Puedo explicarlo.

Adrian apretó el documento entre los dedos.

—¡¿DESDE CUÁNDO?!

Sophia cerró los ojos.

Y finalmente confesó.

—Desde antes de que Elena y tú se casaran.

El silencio fue absoluto.

Adrian volvió a mirar el documento.

Entonces comprendió algo todavía peor.

Sophia nunca había desaparecido de su vida cinco años atrás por obligación.

Había recibido dinero para marcharse.

Pero no de mi parte.

Adrian levantó lentamente la última página.

Allí aparecía el nombre de la persona que había realizado aquel pago.

Sus manos comenzaron a temblar.

—No puede ser…

Me acerqué para leerlo.

Y cuando vi aquel nombre, incluso yo sentí que se me helaba la sangre.

Porque la persona que había pagado a Sophia para abandonar a Adrian cinco años atrás…

era alguien que había estado sentado en nuestra mesa familiar desde el día de nuestra boda.

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