PARTE 2: LA CLÁUSULA QUE LO DESTRUYÓ

El cumpleaños del abuelo Blake reunió a toda la familia.

Cuando llegué a la mansión, Adrian estaba junto a la entrada.

Al verme, sonrió con arrogancia.

—Sabía que vendrías.

—Claro.

—Después de todo, sigues siendo mi prometida.

Lo miré.

—Por esta noche.

Su sonrisa vaciló.

Caleb caminaba detrás de mí cargando una pequeña caja negra.

Adrian lo observó.

—Los guardaespaldas esperan afuera.

—Caleb entra conmigo.

—Evelyn…

—¿Quieres discutirlo delante de tu abuelo?

Calló.

Perfecto.

Entramos.

Margaret Blake me recibió con una sonrisa falsa.

—Querida, espero que hayas reflexionado sobre lo ocurrido.

—Muchísimo.

—Entonces supongo que no causarás problemas.

—Al contrario.

Tomé una copa de la bandeja de un camarero.

—Esta noche pienso resolverlos todos.

Antes de que pudiera preguntar, apareció el abuelo Blake.

A sus ochenta años seguía siendo el único hombre de aquella familia al que todos temían.

Cuando me vio, extendió la mano.

—Evelyn.

—Feliz cumpleaños, abuelo.

Me estudió durante unos segundos.

—Estás diferente.

—Finalmente dormí bien.

Adrian soltó una pequeña risa.

—Evie está enfadada conmigo por una tontería.

Margaret intervino rápidamente.

—Problemas normales entre prometidos.

—Entiendo —respondió el anciano.

Yo sonreí.

—En realidad, abuelo, traje un regalo relacionado con eso.

El salón quedó ligeramente más silencioso.

Caleb colocó la caja negra sobre la mesa.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué estás haciendo?

Abrí la caja.

Dentro estaba la carpeta.

—Encontré algo interesante.

Margaret perdió el color.

Solo durante un segundo.

Pero lo vi.

Saqué la copia del testamento.

—Especialmente esta cláusula.

El abuelo Blake dejó la copa.

—¿Dónde conseguiste eso?

—¿Es auténtico?

Adrian se adelantó.

—Evelyn, no conviertas el cumpleaños de mi abuelo en uno de tus berrinches.

Lo ignoré.

—La cláusula dice que Adrian pierde sus derechos sucesorios si rompe nuestro compromiso por voluntad propia.

El anciano asintió lentamente.

—Correcto.

—Pero también establece que la familia Blake puede reclamar garantías patrimoniales de los Whitmore si el compromiso termina por una conducta escandalosa atribuible a mí.

—También es correcto.

Miré a Adrian.

—Qué conveniente.

Margaret intervino.

—Era una protección entre familias.

—Entonces hay algo que no entiendo.

Saqué otro documento.

—¿Por qué existen transferencias a personas contratadas para fabricar precisamente esos escándalos?

Adrian dejó de sonreír.

Proyectamos los documentos en la pantalla del salón.

Pagos.

Mensajes.

Contratos.

Una transferencia a Vanessa.

Otra relacionada con Mia.

Y varias cantidades enviadas a una agencia privada.

Los invitados empezaron a murmurar.

—Esto es absurdo —dijo Adrian—. Cualquiera puede fabricar documentos.

—Estoy de acuerdo.

Asentí hacia Caleb.

—Por eso no traje solamente copias.

Caleb colocó una memoria digital sobre la mesa.

—Tenemos los registros originales.

Adrian me miró con odio.

—¿Registraste mis cuentas?

—No hizo falta.

Entonces intervino el abuelo.

—Adrian.

Solo pronunció su nombre.

Pero Adrian palideció.

—Explícate.

—Abuelo, Evelyn está intentando vengarse porque…

—Pregunté por las transferencias.

Silencio.

Margaret dio un paso adelante.

—Padre, seguramente existe una explicación.

—Entonces deja que él la dé.

Adrian apretó los dientes.

Yo todavía no había terminado.

—También tengo una pregunta para Margaret.

Mi futura suegra me fulminó con la mirada.

—Cuidado con tu tono.

—¿Por qué?

Saqué mi teléfono.

—¿Porque podrías acusarme otra vez de drogar a una empleada para tenderle una trampa a tu hijo?

Reproduje nuestra conversación.

Su propia voz llenó el salón.

“El asunto es pequeño.”

“La familia Whitmore está desesperada.”

“Drogar a una empleada.”

Cuando terminó, nadie habló.

—Curioso —dije—. Mia se hizo análisis esa misma noche.

Margaret quedó rígida.

—No había ninguna sustancia en su organismo.

Miré a Adrian.

—Así que alguien necesitaba inventar esa versión muy rápido.

Adrian avanzó hacia mí.

Caleb se interpuso inmediatamente.

—Apártate —ordenó Adrian.

Caleb no se movió.

Adrian soltó una risa.

—No olvides lo que eres. Un perro recogido de la calle.

El salón quedó helado.

Caleb mantuvo la expresión impasible.

Pero yo dejé mi copa.

—No vuelvas a hablarle así.

Adrian me miró.

—¿Ahora lo defiendes a él?

—Él ha hecho por mí más que tú durante años.

Eso le dolió.

Lo vi.

—¿Estás enamorada de tu guardaespaldas?

Sonreí.

—¿Ves? Ahí está.

—¿Qué?

—La historia que necesitabas.

Se quedó inmóvil.

—Una prometida infiel. Un guardaespaldas demasiado cercano. Un escándalo perfecto.

Saqué la fotografía que había tomado aquella noche.

—Pero tenemos un problema, Adrian.

La proyecté.

Él y Mia.

Mi habitación.

Mi cama.

No necesitaba mostrar nada más para que todos comprendieran.

—El primero que rompió públicamente los términos del compromiso fuiste tú.

El abuelo Blake se levantó.

—Adrian, desde este momento queda suspendida cualquier decisión sobre tu posición como heredero.

—¡Abuelo!

—He dicho que queda suspendida.

Margaret palideció.

Yo cerré la carpeta.

Pensé que había ganado.

Entonces Caleb me tocó discretamente el brazo.

—Señorita Evelyn.

Conocía ese tono.

Algo estaba mal.

—¿Qué ocurre?

Me entregó su teléfono.

Había recibido un mensaje de nuestro investigador.

Una sola fotografía.

La amplié.

Era una imagen tomada años atrás.

Mi abuelo saliendo de un edificio.

Junto a él estaba el abuelo Blake.

Y entre ambos había un tercer hombre.

Mi padre.

Debajo aparecía una fecha.

Tres días antes de la muerte de mi abuelo.

Sentí un escalofrío.

—Caleb…

—Hay más.

Deslizó la pantalla.

Apareció un documento antiguo.

No hablaba del matrimonio.

Ni de Adrian.

Hablaba de una transferencia secreta de acciones entre ambas familias.

Y llevaba una firma que reconocí inmediatamente.

La de mi abuelo.

El anciano Blake vio el documento desde donde estaba.

Su expresión cambió por completo.

—¿Dónde encontraste eso?

Por primera vez aquella noche, había miedo en su voz.

Me giré hacia él.

—¿Qué significa?

—Dámelo.

—Primero respóndame.

El anciano golpeó la mesa.

—¡Evelyn, dame ese teléfono!

Adrian dejó de discutir.

Margaret también.

Los dos miraban al abuelo Blake.

Y entonces comprendí algo.

La traición de Adrian quizá solo era la capa más superficial de todo aquello.

Caleb se acercó a mi oído.

—Señorita, nuestro investigador encontró también el informe original sobre la muerte de su abuelo.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué dice?

Caleb me miró.

—Que la noche en que murió, alguien de esta familia estuvo con él.

—¿Quién?

Antes de que pudiera responder, todas las luces de la mansión se apagaron.

Se escucharon gritos.

Un cristal se rompió.

Y en medio de la oscuridad, alguien me arrancó el teléfono de la mano.

Caleb me sujetó inmediatamente.

—¡Evelyn, detrás de mí!

Las luces de emergencia se encendieron segundos después.

Miré alrededor.

El abuelo Blake seguía junto a la mesa.

Margaret estaba inmóvil.

Adrian había desaparecido.

Y también la carpeta.

Entonces mi teléfono sonó desde algún punto del pasillo oscuro.

Una vez.

Dos.

Tres.

Caleb levantó la mirada.

—Señorita Evelyn… quien tomó las pruebas todavía está dentro de la casa.

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