PARTE 2: CUANDO DEJÓ DE ESPERARLO

Daniel regresó al hospital al amanecer.

Traía una bolsa con el desayuno favorito de Emma y un ramo de flores blancas.

—¿Dónde está mi esposa?

La enfermera levantó la mirada.

—¿Señor Whitmore?

—Sí.

El rostro de la mujer cambió.

—La señora Carter fue llevada a cirugía de emergencia anoche.

La bolsa cayó de su mano.

—¿Cirugía?

—Sufrió una hemorragia grave.

Daniel palideció.

—¿Por qué nadie me llamó?

La enfermera lo miró fijamente.

—Lo llamamos siete veces.

Él sacó el teléfono.

Siete llamadas perdidas.

Todas mientras estaba en casa de Chloe.

—¿Está bien?

—Sobrevivió.

Daniel cerró los ojos.

Pero la enfermera todavía no había terminado.

—También perdió el embarazo.

Daniel quedó inmóvil.

—¿Qué embarazo?

El silencio fue terrible.

—Su esposa estaba embarazada cuando ocurrió el accidente en la montaña.

Daniel retrocedió.

De pronto recordó aquella noche.

Emma había insistido en celebrar el aniversario allí.

Había llevado una pequeña caja dentro del abrigo.

—Tengo una sorpresa para ti —le había dicho.

Nunca llegó a abrirla.

Porque Chloe llamó.

Porque él se marchó.

Porque dejó a Emma sola.

Y mientras Daniel corría hacia otra mujer, su esposa perdió al hijo que él ni siquiera sabía que existía.

Entró en la habitación casi tambaleándose.

Emma estaba despierta.

Muy pálida.

—Emma…

Ella giró lentamente la cabeza.

Daniel se acercó.

—¿Por qué no me dijiste lo del bebé?

Emma lo observó sin emoción.

—Pensaba decírtelo en nuestro aniversario.

Él cerró los ojos.

—Dios…

Se sentó junto a la cama.

—Lo siento.

—Está bien.

Otra vez esas palabras.

Daniel las odiaba.

—¡No está bien!

Emma lo miró.

—Entonces ¿qué quieres que haga?

—Enfádate conmigo.

—Estoy cansada.

—Cúlpame.

—No cambiaría nada.

Daniel le tomó la mano.

Ella la retiró.

Aquel pequeño movimiento le dolió más que cualquier grito.

—Emma, podemos superarlo.

Ella permaneció callada.

—Cuando estés mejor, podemos intentarlo otra vez.

Los dedos de Emma se tensaron bajo la sábana.

El médico le había dicho que quizá nunca pudiera volver a tener hijos.

Pero no se lo contó.

Ya no quería compartir sus heridas con un hombre que siempre llegaba después de que ocurrieran.

—Daniel.

—¿Sí?

—Quiero descansar.

—Me quedaré contigo.

—Quiero descansar sola.

Él la miró durante mucho tiempo.

Finalmente se levantó.

—Volveré esta tarde.

Emma no respondió.


No volvió esa tarde.

A las cuatro, Chloe apareció en el hospital.

Tenía la mano cubierta por una venda pequeña.

—Emma.

Se quedó junto a la puerta con los ojos húmedos.

—Me enteré de lo que pasó.

Emma siguió leyendo.

—Lo siento muchísimo.

—Gracias.

Chloe se mordió el labio.

—No sabía que estabas embarazada. Si lo hubiera sabido, jamás habría llamado a Daniel.

Emma levantó los ojos.

—¿Por qué viniste?

La pregunta descolocó a Chloe.

—Quería disculparme.

—Acepto tus disculpas.

—¿Eso es todo?

Emma casi sonrió.

Incluso Chloe parecía incómoda con su indiferencia.

—¿Qué más necesitas?

—Yo… pensé que estarías enfadada.

—Ya no.

Chloe la estudió.

Después preguntó:

—¿Vas a dejar a Daniel?

Emma cerró el libro.

Ahí estaba.

La verdadera pregunta.

—¿Eso es lo que quieres saber?

—No. Claro que no.

—Entonces puedes irte.

La máscara de Chloe se quebró apenas un instante.

—Daniel jamás quiso hacerte daño.

Emma la miró directamente.

—Eso es lo más triste.

Chloe frunció el ceño.

—No necesitó querer hacerme daño para destruir lo que teníamos.


Emma recibió el alta una semana después.

Daniel llegó temprano para recogerla.

Pero encontró la habitación vacía.

Sobre la cama había una bolsa con el collar de diamantes del aniversario.

Y su anillo de bodas.

Nada más.

Llamó inmediatamente.

Emma contestó.

—¿Dónde estás?

—En casa de mi tía.

—Voy a buscarte.

—No.

Daniel apretó el teléfono.

—Emma, somos marido y mujer.

—Por ahora.

El silencio cayó.

—¿Qué significa eso?

—Los documentos llegarán esta semana.

Daniel dejó de respirar.

—¿Documentos de qué?

—Divorcio.

—No.

La respuesta fue instantánea.

—No voy a divorciarme.

Emma cerró los ojos.

—No necesito que quieras.

—Estás herida. Estás tomando una decisión emocional.

Por primera vez, Emma rio.

—Daniel, llevo cinco años tomando decisiones emocionales.

—¿Qué?

—Cada vez que te perdoné porque te amaba. Cada vez que acepté una explicación absurda porque te amaba. Cada vez que esperé despierta mientras estabas con Chloe porque te amaba.

Su voz siguió tranquila.

—Esta es probablemente la primera decisión racional que tomo sobre nosotros.

Daniel no supo responder.


Los documentos llegaron dos días después.

Entonces empezó el pánico.

Daniel apareció en casa de la tía de Emma.

Ella no salió.

Mandó flores.

Emma las devolvió.

Envió cartas.

No recibió respuesta.

Por primera vez, Chloe dejó de ser una emergencia.

Daniel empezó a rechazar sus llamadas.

Hasta que una noche ella apareció frente a él.

—¿Por qué me evitas?

—Emma quiere divorciarse.

Chloe bajó la mirada.

—Quizá sea lo mejor.

Daniel la miró.

—¿Qué dijiste?

—Los dos llevan años sufriendo.

Aquella frase hizo que algo encajara.

—¿Por qué me llamaste aquella noche?

—Me quemé.

Daniel observó su mano.

—El médico dijo que fue una quemadura superficial.

Chloe palideció.

—Tenía miedo.

—Emma estaba sola en una montaña.

—Tú decidiste venir.

Daniel guardó silencio.

Era verdad.

Chloe podía haber llamado cien veces.

Pero había sido él quien eligió marcharse.


Un mes después, Emma volvió al hospital para una revisión.

Su recuperación física avanzaba.

La otra tardaría mucho más.

Al salir, encontró a Daniel esperando.

—Solo quiero cinco minutos.

—Tres.

Daniel aceptó.

—Terminé mi colaboración profesional con Chloe.

Emma no reaccionó.

—También pedí el traslado de su proyecto.

Nada.

—Emma, estoy intentando arreglarlo.

Ella lo miró.

—Ese sigue siendo tu problema.

—¿Cuál?

—Crees que Chloe era nuestro matrimonio.

Daniel frunció el ceño.

—No entiendo.

—Si eliminas a Chloe, piensas que volvemos a ser nosotros.

Emma negó lentamente.

—Pero Chloe nunca fue la enfermedad. Solo fue el síntoma.

Daniel palideció.

—Entonces dime qué tengo que hacer.

—Nada.

—Tiene que haber algo.

—Lo había.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Durante cinco años hubo algo.

Emma pasó junto a él.

Daniel la sujetó suavemente del brazo.

Ella se detuvo.

—¿Todavía me amas?

La pregunta llegó rota.

Emma permaneció en silencio.

Luego retiró su brazo.

—Eso ya no es suficiente.

Y se marchó.

Daniel no la siguió.

Por primera vez, entendió que perseguirla no significaba recuperarla.


Esa noche Emma abrió una vieja caja.

Dentro encontró fotografías de la boda.

Cartas.

Entradas de cine.

Y una imagen de aquella montaña tomada horas antes de que todo cambiara.

Daniel la abrazaba.

Ella sonreía.

Durante mucho tiempo observó a aquella mujer.

No la odiaba.

Le daba pena.

Había esperado demasiado.

Emma guardó la fotografía.

Entonces su teléfono vibró.

Era su abogado.

—Señora Carter, apareció un problema con el divorcio.

Emma se incorporó.

—¿Qué problema?

—Su esposo presentó documentación relacionada con la propiedad que compartían antes del matrimonio.

—¿Y?

Hubo una pausa.

—Hay algo que usted debería ver personalmente.

Una hora después, Emma estaba frente a una carpeta abierta.

El abogado señaló una serie de transferencias.

Emma reconoció inmediatamente la cuenta.

Era el fondo que su padre le había dejado antes de morir.

Dinero que ella creía intacto.

Pero había movimientos.

Muchos.

Todos realizados durante los últimos tres años.

—Yo nunca autoricé esto.

—Lo imaginaba.

Emma siguió las transferencias hasta la última página.

El dinero terminaba en una sociedad privada.

El nombre del beneficiario hizo que sintiera un escalofrío.

Chloe Miller.

Emma levantó lentamente la mirada.

—¿Daniel le estuvo dando mi dinero?

El abogado negó.

—Eso es lo extraño.

Giró el documento.

—Las autorizaciones no llevan la firma de Daniel.

Emma miró la firma.

La reconoció.

Y esta vez su calma desapareció.

Era su propia firma.

Solo había un problema.

Las primeras transferencias habían comenzado meses antes de que Emma conociera a Chloe.

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