PARTE 2: CUANDO YA ERA DEMASIADO TARDE

La mañana de mi partida llegó sin despedidas.

A las cinco y media ya estaba en el aeropuerto con una maleta, una mochila médica y la resolución oficial de traslado dentro del bolso.

Mi madre me abrazó durante mucho tiempo.

—Cuando llegues, llama.

—Lo haré.

Mi padre tomó mi equipaje.

—Si ese Zhou vuelve a molestarte, me llamas.

Sonreí.

—Papá, ya no puede molestarme.

Y era verdad.

Cuando una persona todavía puede herirte, es porque aún esperas algo de ella.

Yo ya no esperaba absolutamente nada de Zhou Zhe.

Mi teléfono vibró mientras pasaba el control de seguridad.

Zhou Zhe.

«Jingjing, ¿llegaste a Yunnan?»

Después:

«Daodao está mucho mejor. Probablemente mañana pueda ir a buscarte.»

Miré los mensajes.

No respondí.

Apagué el teléfono.

Y subí al avión rumbo a Xinjiang.


Las primeras semanas fueron agotadoras.

El hospital al que me asignaron tenía muchos menos recursos que el mío.

Había pacientes que recorrían cientos de kilómetros para una consulta.

Familias enteras esperando en los pasillos.

Médicos trabajando hasta que les temblaban las manos.

No tenía tiempo para pensar en Zhou Zhe.

Y aquello fue una bendición.

El tercer día participé en una operación de emergencia que duró casi nueve horas.

Cuando salí del quirófano, amanecía.

El jefe del equipo, el doctor Shen, me entregó una botella de agua.

—¿Arrepentida?

Negué.

—Todavía no.

Él sonrió.

—Entonces bienvenida a Xinjiang.

Por primera vez en meses sentí que estaba exactamente donde debía estar.


Zhou Zhe tardó cuatro días en descubrir que yo nunca había ido a Yunnan.

Mi mejor amiga me contó después lo ocurrido.

Había ido al aeropuerto a buscarme.

Esperó dos horas.

Después llamó al hotel que él mismo había reservado.

—¿La señorita Song Jing ya hizo el check-in?

—No, señor. La reserva fue cancelada hace varios días.

Entonces empezó a llamarme.

Una vez.

Cinco.

Veinte.

Después fue a mi apartamento.

Vacío.

Mi ropa había desaparecido.

Mis libros también.

Sobre la mesa no encontró cartas.

Ni explicaciones.

Solo faltaba una cosa.

Yo.

Fue entonces cuando llamó al hotel de la boda.

—Quiero confirmar la reserva del día ocho.

La respuesta lo dejó helado.

—Lo sentimos, señor. La señorita Song canceló el evento.

—¿Cuándo?

—Hace varios días.

—¿Y los banquetes?

—También cancelados.

Por primera vez, Zhou Zhe comprendió que aquella noche, cuando me entregó el libro de familia y me dijo que esperara…

yo ya había dejado de esperarlo.


Un mes después encendí mi antiguo número.

Había noventa y seis mensajes.

Los primeros eran arrogantes.

«Song Jing, deja de hacer tonterías.»

Después llegaron los enfadados.

«¿Cancelar nuestra boda sin hablar conmigo?»

Luego los confusos.

«¿Dónde estás?»

Y finalmente:

«Jingjing, vuelve. Hablemos.»

El último decía:

«Sé que estás en Xinjiang.»

Lo bloqueé.

Aquella misma tarde estaba revisando el historial de un paciente cuando una enfermera entró.

—Doctora Song, alguien pregunta por usted.

—¿Quién?

No necesitó responder.

Zhou Zhe apareció detrás.

Había adelgazado.

Su cabello estaba desordenado.

Parecía haber viajado toda la noche.

—Jingjing.

Dejé el expediente.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a buscarte.

—Ya me encontraste.

—Volvamos a casa.

Lo miré.

—Esta es mi casa por ahora.

Su expresión se endureció.

—¿De verdad vas a destruir tantos años por una discusión?

—No.

—Entonces vuelve.

—Tampoco.

Zhou Zhe respiró profundamente.

—Ya hablé con Daodao. Le expliqué que necesito poner límites.

Casi me dio risa.

—¿Y?

—No volveré a acompañarla de noche salvo que sea una verdadera emergencia.

—Qué sacrificio.

—Song Jing.

—Doctor Zhou —lo corregí—. Estoy trabajando.

Aquello pareció golpearlo.

—¿Ahora soy “doctor Zhou”?

—¿Qué quieres que te llame?

Guardó silencio.

Después sacó algo del bolsillo.

Nuestros anillos.

—Todavía podemos registrar el matrimonio.

Los miré.

Tiempo atrás habría llorado de felicidad.

Ahora solo veía dos círculos de metal.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ya no quiero casarme contigo.

Esta vez lo dije sin rabia.

Y precisamente por eso entendió que era definitivo.

—¿Es por Lin Dao?

—No.

Frunció el ceño.

—Entonces no entiendo.

Me levanté.

—Ese es el problema, Zhou Zhe. Sigues creyendo que todo terminó por ella.

Lo miré directamente.

—Terminó por ti.


Dos días después ocurrió algo inesperado.

Una ambulancia llegó desde una localidad rural con una paciente joven.

Dolor torácico.

Dificultad respiratoria.

Alteraciones preocupantes en las pruebas iniciales.

Mientras preparábamos el ingreso, escuché una voz conocida en el pasillo.

—¡Jingjing!

Me giré.

Lin Dao.

Zhou Zhe venía detrás.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué hacen aquí?

Lin Dao tenía lágrimas en los ojos.

—Vine a buscarte.

—¿A mí?

—Zhe dijo que no volvería hasta convencerte de regresar.

Miró a Zhou Zhe.

—Así que vine para explicarte personalmente que entre nosotros nunca pasó nada.

Zhou Zhe frunció el ceño.

—¿Quién te dijo que vinieras?

—Quería ayudarte.

Entonces Lin Dao se llevó una mano al pecho.

—Me siento mal…

Casi habría resultado cómico.

Hasta que vi su rostro.

Esta vez no estaba sonrosado.

Estaba pálido.

Demasiado.

Su respiración se volvió irregular.

—Lin Dao.

Cayó.

Zhou Zhe la sostuvo antes de que golpeara el suelo.

—¡Dao Dao!

Corrí hacia ella.

Pulso rápido.

Piel fría.

Aquella vez no estaba actuando.

—Camilla —ordené—. ¡Ahora!

La llevamos a urgencias.

Zhou Zhe intentó entrar.

—Quédate fuera.

—Soy médico.

—Y eres una persona emocionalmente implicada.

La puerta se cerró delante de él.

Las pruebas llegaron rápidamente.

Las miré.

Luego las revisé otra vez.

Algo no cuadraba.

Pedí una ecografía.

Después otra prueba.

La supervisora me miró.

—Doctora Song…

—Lo sé.

Lin Dao tenía un problema cardíaco real.

No era imaginario.

Pero tampoco explicaba todos los episodios anteriores.

Cuando despertó, me acerqué.

—Lin Dao, necesito preguntarte algo.

Ella evitó mis ojos.

—¿Qué?

—¿Desde cuándo sabes que tienes esta enfermedad?

Silencio.

—No sé de qué hablas.

Dejé sobre la mesa un informe.

Fecha: dieciocho meses atrás.

Sus ojos se abrieron.

—Ese informe pertenece a un hospital privado de nuestra ciudad.

Me incliné ligeramente.

—Tú ya sabías que tenías un problema.

Empezó a llorar.

—Yo…

—Y también sabías exactamente qué síntomas imitar para que Zhou Zhe creyera que cada episodio era una emergencia.

La puerta se abrió.

Zhou Zhe estaba allí.

Había escuchado.

—¿Qué significa eso?

Lin Dao palideció.

—A Zhe…

Él entró lentamente.

—¿Lo sabías?

—Escúchame.

—¿Durante cuánto tiempo?

Ella empezó a sollozar.

—Tenía miedo de perderte.

Zhou Zhe retrocedió.

Por primera vez, vi en su rostro la misma incredulidad que yo había sentido tantas veces.

Pero no me produjo satisfacción.

Solo cansancio.

—Jingjing…

Lo interrumpí.

—No.

—Pero ella…

—No importa.

Me miró como si no comprendiera.

—¡Te manipuló!

—Sí.

—Entonces yo…

—Tú elegiste creerle.

Silencio.

—Cada vez que yo te pedía que me escucharas, elegiste creerle.

Me quité los guantes.

—Que ahora descubras que ella mentía no convierte tus decisiones en inocentes.

Zhou Zhe bajó la cabeza.


Tres meses después terminó mi primera etapa del programa.

El hospital me ofreció prolongar mi estancia y participar en un nuevo centro cardiovascular regional.

Acepté.

Mi madre lloró cuando se lo conté.

Mi padre dijo que estaba orgulloso.

Mi mejor amiga prometió visitarme.

Zhou Zhe no volvió a buscarme.

Hasta el día en que recibí una pequeña caja.

Dentro estaban nuestros anillos.

Y una nota.

«Ahora entiendo que no te perdí cuando cancelaste la boda.

Te perdí cada vez que te pedí que esperaras mientras yo corría hacia otra persona.

Lo siento.»

Leí aquellas palabras.

Después guardé la nota.

No porque quisiera volver.

Sino porque, finalmente, él había entendido.

Aquella tarde salí del hospital.

El cielo de Xinjiang era inmenso.

El viento frío me golpeó el rostro.

El doctor Shen apareció a mi lado.

—¿Lista para quedarte otro año?

Miré el edificio detrás de mí.

Después aquel horizonte que meses atrás me había parecido el fin del mundo.

Sonreí.

—Lista.

Seguí caminando.

Sin boda.

Sin Zhou Zhe.

Sin la vida que había planeado.

Y, extrañamente, nunca me había sentido tan completa.

Yo creía que había viajado miles de kilómetros porque un hombre había elegido a otra mujer.

Pero al final entendí que había venido hasta allí para aprender, por primera vez, a elegirme a mí misma.

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