PARTE 2: LA TRAMPA SE VOLVIÓ CONTRA ELLA.

Tom Barker bajó la cabeza tan rápido que confirmó mis sospechas.

Lily también lo vio.

—¿Por qué estás nervioso? —pregunté.

—No estoy nervioso.

—Entonces mírame.

Tom no lo hizo.

La habitación estaba tan silenciosa que podía escucharse el viento golpeando las ventanas del almacén.

Lily reaccionó primero.

—Marcus, esto es absurdo. Elena solo intenta confundirnos porque la descubrimos.

—¿Confundirlos?

Sonreí.

—Perfecto. Entonces hagámoslo sencillo.

Señalé a Tom.

—¿A qué hora llegaste aquí?

—No recuerdo.

—Hace unos minutos aseguraste que yo te había llamado.

Tom tragó saliva.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—¿A qué hora?

—Como… a las nueve.

Asentí lentamente.

—¿Y cómo te llamé?

Se quedó inmóvil.

Aquella época y aquel lugar no tenían teléfonos en cada casa.

La verdadera Elena tampoco poseía uno.

Algunas personas de la puerta comenzaron a murmurar.

Tom corrigió inmediatamente.

—Quise decir que me mandaste una nota.

—Excelente. ¿Dónde está?

—La tiré.

—Qué conveniente.

Lily intervino.

—¿Vas a convertir esto en un interrogatorio?

La miré directamente.

—Eso depende de cuánto tardes en equivocarte otra vez.

Su rostro se endureció.

Marcus dio un paso adelante.

—Elena, basta.

Giré hacia él.

—Capitán Reed, si uno de tus soldados apareciera inconsciente dentro de una habitación cerrada desde fuera, ¿lo acusarías inmediatamente o investigarías primero?

Sus ojos cambiaron.

Había utilizado deliberadamente su rango.

Ya no estaba hablándole como esposa.

Estaba obligándolo a pensar como militar.

—Investigaría —respondió finalmente.

—Entonces haz exactamente eso.

Margaret resopló.

—¡No necesitamos investigar nada! Estabas medio desnuda junto a un hombre.

—Precisamente.

La miré.

—Cuando desperté, mi ropa estaba en el suelo.

Señalé una esquina.

—Pero observen dónde.

Mi blusa estaba cerca de la ventana.

La falda junto a una silla.

Uno de mis zapatos estaba debajo de la cama.

El otro, junto a la puerta.

—Si yo hubiera venido voluntariamente —continué—, ¿por qué estaría mi ropa esparcida por toda la habitación?

Nadie respondió.

Me acerqué a la mesa.

Allí seguía una taza de porcelana.

La levanté.

—Y esto.

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué tiene?

—No lo sé todavía. Pero recuerdo haber olido algo extraño antes de perder el conocimiento.

Lily palideció.

Fue apenas un instante.

Pero lo vi.

Tom también.

Y entonces cometió su primer error grave.

—¡Yo no puse nada en esa taza!

Todos giraron hacia él.

Sonreí lentamente.

—Qué interesante.

Tom abrió mucho los ojos.

—Yo…

—Nadie dijo que hubiera algo dentro.

Retrocedió.

—Solo pensé…

—¿Pensaste qué?

No respondió.

La multitud comenzó a cambiar.

Las miradas que antes estaban cargadas de desprecio hacia mí ahora se dirigían hacia Tom.

Marcus tomó la taza.

—Nadie toca esto.

Lily avanzó.

—Marcus, ¿realmente vas a creerle? ¡Está inventando todo!

—No estoy pidiendo que me crea.

La miré.

—Estoy pidiendo que investigue.

Marcus permaneció en silencio.

Entonces ordenó a uno de los soldados:

—Busca al médico de la base.

Lily abrió los ojos.

—¿Para qué?

Marcus la miró.

—Para examinar a Elena.

El color desapareció del rostro de Lily.

Ahí estaba.

Miedo.

No tristeza.

No indignación.

Miedo.

El médico llegó poco después.

Mientras esperaba, me vestí detrás de una cortina improvisada.

Cuando regresé, el ambiente había cambiado por completo.

Ya nadie gritaba.

Tom estaba junto a la pared, vigilado por dos soldados.

Lily permanecía cerca de Marcus.

Pero ahora él ya no permitía que ella se escondiera detrás de su hombro.

El médico examinó mis pupilas, tomó mi pulso y observó una pequeña marca en mi brazo.

—Capitán.

Marcus se acercó.

—¿Qué ocurre?

—Su esposa presenta señales compatibles con haber estado inconsciente recientemente.

Lily interrumpió.

—¡Podría estar fingiendo!

El médico la miró con evidente molestia.

—Las pupilas no fingen.

Después examinó la taza.

—Necesitaré analizarla.

Marcus asintió.

Tom comenzó a sudar.

Yo lo observé.

—Todavía puedes decir la verdad.

—No sé nada.

—Entonces asumirás toda la culpa.

Levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Si encuentran alguna sustancia en esa taza, tú eres el único hombre encontrado conmigo dentro de una habitación cerrada.

Me acerqué un paso.

—Lily asegura que no te conoce.

Miré hacia ella.

—¿Verdad?

Lily apretó los dientes.

—Nunca lo había visto.

Volví hacia Tom.

—Entonces, cuando esto se convierta en una investigación formal, ¿quién crees que terminará cargando con todo?

Tom miró a Lily.

Ella negó discretamente con la cabeza.

Demasiado tarde.

Marcus vio aquel gesto.

—Tom —dijo—. Mírame.

El hombre obedeció.

—¿Conoces a Lily Monroe?

—No.

—Piénsalo bien.

—No la conozco.

Marcus dio un paso hacia él.

—Soy capitán de esta base. Si descubro que estás mintiendo durante una investigación, las consecuencias serán mucho peores.

Tom comenzó a respirar rápidamente.

Lily explotó.

—¡Marcus! ¿Desde cuándo tratas esto como una investigación? ¡La víctima eres tú!

—No.

La voz de Marcus fue fría.

—Si Elena fue llevada aquí contra su voluntad, la víctima es ella.

Por primera vez desde que desperté en aquel cuerpo, Marcus había dicho algo sensato.

Pero no significaba que lo hubiera perdonado.

Había estado dispuesto a condenarme sin escucharme.

Eso también tendría consecuencias.

De pronto, una anciana apareció entre los vecinos.

—Capitán Reed.

Todos se volvieron.

Era la señora Collins, que vivía junto al camino del almacén.

—Vi algo esta mañana.

Lily quedó rígida.

Marcus se acercó.

—¿Qué vio?

—Vi a Elena venir corriendo. Parecía preocupada.

La anciana señaló hacia Lily.

—Y vi a esa muchacha llegar antes.

Un murmullo estalló.

Lily retrocedió.

—¡Está confundida!

—Mis ojos todavía funcionan.

La señora Collins continuó:

—También vi a un hombre cerca de la parte trasera.

Señaló a Tom.

—Era él.

Tom cerró los ojos.

Marcus endureció el rostro.

—¿Estaban juntos?

La anciana dudó.

—No exactamente.

—¿Qué quiere decir?

—El hombre estaba esperando. Pero Lily llevaba algo en la mano.

Sentí que todos contenían la respiración.

—¿Qué llevaba?

La anciana señaló la mesa.

—Una taza igual que esa.

Lily se abalanzó de repente hacia la mesa.

—¡Esto es ridículo!

Pero un soldado la detuvo antes de que alcanzara la taza.

Marcus la miró como si estuviera viendo a una desconocida.

—¿Por qué intentaste tocarla?

—¡Porque todos se han vuelto locos!

—Lily.

Su voz se volvió peligrosamente tranquila.

—¿Estuviste aquí antes de encontrar a Elena?

—No.

—La señora Collins acaba de decir que sí.

—¡Está mintiendo!

Entonces Tom soltó una carcajada nerviosa.

Lily giró hacia él.

—¿Qué te pasa?

Tom levantó lentamente la cabeza.

Había llegado a su límite.

—Dijiste que nadie nos vería.

El rostro de Lily quedó blanco.

—Cállate.

Marcus se quedó inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

Tom respiró profundamente.

—Ella me pagó.

Lily gritó:

—¡MENTIROSO!

—¡Me dijiste que solo debía acostarme junto a Elena cuando estuviera inconsciente!

La habitación explotó en murmullos.

Margaret tuvo que apoyarse contra la pared.

Marcus parecía incapaz de procesarlo.

Tom continuó desesperadamente:

—¡Yo no le hice nada! Solo debía quitarme la camisa y esperar hasta que Lily trajera gente.

Lily intentó acercarse.

—¡Marcus, no le creas!

Él levantó una mano.

Ella se detuvo.

—¿Por qué?

Aquella única palabra parecía dolerle más que cualquier grito.

Lily comenzó a llorar.

—Porque te amo.

Marcus cerró los ojos.

—¿Por eso intentaste destruir a mi esposa?

—¡Ella nunca fue adecuada para ti!

Lily me señaló.

—¡Todos lo saben! ¡No tiene educación, no sabe comportarse, te avergüenza delante de tus superiores! Yo solo quería que vieras quién es realmente.

Sonreí.

—El problema es que hoy todos vieron quién eres tú.

Marcus permaneció callado.

Yo recogí mi chaqueta.

—Elena.

Me detuve.

—Tenemos que hablar —dijo.

—No.

Me miró sorprendido.

—Soy tu esposo.

—Y hace una hora estabas dispuesto a condenarme delante de todos sin hacer una sola pregunta inteligente.

Su rostro se tensó.

—Cometí un error.

—Sí.

Caminé hacia la puerta.

—Y ahora tendrás tiempo para pensar en él.

Pero antes de salir, el médico regresó corriendo.

Llevaba el rostro completamente serio.

—Capitán Reed.

Marcus se volvió.

—¿Qué encontró?

El médico sostuvo la taza dentro de una bolsa.

—Algo que cambia completamente esta situación.

Lily dejó de llorar.

Tom palideció otra vez.

—La sustancia encontrada explica por qué su esposa perdió el conocimiento.

Marcus apretó los puños.

—Entonces Tom confesó la verdad.

—No exactamente.

El médico miró primero a Tom.

Después a Lily.

Finalmente me miró a mí.

—Porque encontramos la misma sustancia en otra taza recuperada esta mañana.

Fruncí el ceño.

—¿De dónde?

El médico respiró profundamente.

—Del despacho privado del capitán Reed.

Marcus quedó petrificado.

Y Lily, por primera vez desde que comenzó todo aquello, dejó escapar un susurro que nadie debía escuchar:

—Eso no debía encontrarse todavía.

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