Daniel permaneció mirando la pantalla de mi teléfono.
—¿Samuel es ese Samuel?
No fingí no entender.
—Sí.
La respuesta pareció golpearlo con más fuerza que mi petición de divorcio.
—¿El hombre del que estabas enamorada antes de conocerme?
—Sí.
Daniel soltó una risa seca.
—Qué casualidad. Justamente esta noche estaba cerca del restaurante.
—Trabajamos en la misma empresa. Ya te lo había contado.
—Nunca dijiste que seguían viéndose.
Lo miré con incredulidad.
—¿Tengo que informarte de cada compañero con el que hablo?
—¡No es un compañero cualquiera!
Su voz resonó por el dormitorio.
—Es tu primer amor.
Aquellas palabras me hicieron sonreír.
—Qué interesante.
—¿Qué?
—Hace una hora me dijiste que reencontrarse con un primer amor era algo completamente normal.
Daniel se quedó callado.
—Tú puedes llevar a Victoria a casa, ayudarla con sus cajas y pasar horas recordando el pasado. Pero Samuel me lleva veinte minutos en coche y de repente tenemos un problema.
—No es lo mismo.
—Claro que no. Yo no humillé a mi esposo delante de Samuel.
Su mandíbula se tensó.
Tomó mi teléfono, pero se lo quité antes de que pudiera abrir la conversación.
—No vuelvas a tocar mis cosas.
—¿Qué te escribió antes?
—No es asunto tuyo.
—¡Soy tu esposo!
—Por poco tiempo.
Daniel se quedó completamente inmóvil.
Parecía incapaz de aceptar que yo hablara en serio.
Durante nuestro matrimonio nunca discutíamos.
Si llegaba tarde, no preguntaba.
Si viajaba por trabajo, no reclamaba.
Si olvidaba nuestro aniversario, simplemente reservaba una mesa para mí misma.
Él había confundido mi tranquilidad con dependencia.
Nunca comprendió que yo no peleaba porque nunca había necesitado aferrarme a él.
—No voy a divorciarme —dijo finalmente.
—No necesito tu permiso para querer hacerlo.
—Claire, estás actuando por celos.
Solté una carcajada.
—Si estuviera celosa, habría discutido con Victoria en el restaurante.
Me acerqué a la puerta.
—Lo que sentí fue vergüenza. No por ella. Por haber elegido a un hombre capaz de permitir que otra mujer despreciara a su esposa mientras él le pelaba camarones.
El rostro de Daniel se endureció.
Salí de la habitación.
Detrás de mí escuché su teléfono.
Victoria.
Daniel miró el nombre.
Después me miró a mí.
Por primera vez, no contestó.
A la mañana siguiente preparé café y me vestí para trabajar.
Daniel ya estaba sentado en la cocina.
Parecía no haber dormido.
—Tenemos que hablar.
—Esta noche.
—¿Vas a ver a Samuel?
Levanté la vista.
—Voy a trabajar.
—¿Estará allí?
—Probablemente. Trabaja allí.
Su expresión se oscureció otra vez.
—Claire, quiero que mantengas distancia con él mientras resolvemos esto.
Dejé la taza sobre la mesa.
—Entonces mantén tú distancia con Victoria.
No respondió.
Aquello era suficiente.
Tomé mi bolso.
—Eso pensé.
Cuando llegué a la oficina, Samuel estaba revisando unos documentos.

Al verme, levantó una ceja.
—Pareces cansada.
—No dormí mucho.
—¿Problemas?
—Estoy divorciándome.
Samuel dejó inmediatamente el bolígrafo.
—Claire…
—No tiene nada que ver contigo.
Él permaneció en silencio.
Agradecí que no preguntara más.
Samuel siempre había sido así.
Nos habíamos conocido en la universidad.
Durante años fui incapaz de admitir cuánto lo quería. Cuando finalmente estuvimos cerca de convertir nuestra amistad en algo más, él recibió una oportunidad profesional en el extranjero.
Yo no le pedí que se quedara.
Él tampoco me pidió que esperara.
La vida simplemente siguió.
Cuando regresó años después, yo ya estaba casada.
Y Samuel respetó esa frontera desde el primer día.
Mi teléfono vibró.
Era Victoria.
No sabía cómo había conseguido mi número.
“Claire, creo que deberíamos hablar.”
La ignoré.
Llegó otro mensaje.
“Daniel y yo nunca dejamos de querernos realmente. No quiero que tomes una decisión de la que después te arrepientas.”
Leí aquella frase dos veces.
Después bloqueé el número.
Samuel observó mi expresión.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
Y realmente lo estaba.
Hasta que, a la hora del almuerzo, Daniel apareció en la oficina.
Entró directamente en mi departamento con una bolsa de comida en la mano.
Todos levantaron la cabeza.
—Claire.
Fruncí el ceño.
—¿Qué haces aquí?
—Traje tu almuerzo.
En tres años de matrimonio, Daniel nunca había venido a mi oficina para traerme comida.
Samuel apareció desde la sala de reuniones.
—Daniel.
Los dos hombres se miraron.
El ambiente cambió inmediatamente.
Daniel dejó la bolsa sobre mi escritorio.
—Así que realmente trabajan juntos.
Samuel respondió con tranquilidad.
—Desde hace ocho meses.
Daniel me miró.
—¿Ocho meses?
—Sí.
—Nunca me dijiste eso.
—Sí te lo dije.
—No recuerdo…
—Ese es precisamente el problema.
Daniel quedó en silencio.
Durante años le había hablado de proyectos, compañeros y reuniones.
Él asentía mientras revisaba el teléfono.
Ahora descubría que no sabía casi nada de mi vida.
Samuel tomó unos documentos.
—Claire, la reunión comienza en diez minutos.
—Voy enseguida.
Daniel lo observó marcharse.
—¿Todavía lo amas?
Lo miré sorprendida.
—¿De verdad viniste hasta aquí para preguntarme eso?
—Respóndeme.
—No importa.
—Para mí sí.
Me acerqué lentamente.
—Entonces quizá debiste pensar en lo que importaba para mí antes de decir delante de Victoria que nunca te habrías enamorado de una mujer como yo.
Su rostro perdió color.
—Yo no dije exactamente…
—Lo dijiste.
Tomé los documentos.
—Y ahora tengo una reunión.
—Claire.
—Vete, Daniel.
Esta vez obedeció.
Esa noche regresé tarde.
Había un sobre sobre la mesa del comedor.
Pensé que Daniel finalmente había aceptado hablar del divorcio.
Pero cuando lo abrí, encontré dos billetes de avión.
Destino: París.
Las fechas correspondían a nuestro aniversario.
Daniel apareció detrás de mí.
—Los compré hace meses.
Lo miré.
—Nunca mencionaste ningún viaje.
—Quería sorprenderte.
No sabía si creerle.
Entonces su teléfono vibró sobre la mesa.
La pantalla se iluminó.
Victoria.
Y debajo del nombre apareció parte del mensaje.
“Daniel, ¿ya le dijiste a Claire que París originalmente era nuestro viaje?”
Sentí que algo dentro de mí se apagaba definitivamente.
Daniel tomó el teléfono demasiado tarde.
—Claire, puedo explicarlo.
Dejé lentamente los billetes sobre la mesa.
—No hace falta.
—Escúchame.
—Mañana contactaré a un abogado.
Su rostro cambió.
—¡No puedes terminar nuestro matrimonio así!
—Tú mismo dijiste que matrimonio y amor eran cosas diferentes.
Lo miré directamente a los ojos.
—Así que no deberías sufrir demasiado por perder solo uno de ellos.
Tomé mi bolso y salí.
Daniel me siguió hasta el ascensor.
—¿Vas con Samuel?
No respondí.
—¡Claire!
Las puertas se cerraron entre nosotros.
A la mañana siguiente entregué la solicitud de divorcio.
Creí que aquello sería el final.
Me equivocaba.
Porque esa misma tarde, mientras estaba reunida con mi abogado, recibí una fotografía enviada desde un número desconocido.
Victoria aparecía abrazando a Daniel frente a su edificio.
Debajo había una frase:
“Él siempre vuelve conmigo.”
No contesté.
Simplemente guardé la fotografía para mi abogado.
Pero entonces llegó un segundo mensaje.
Esta vez era de Daniel.
“Claire, no firmes nada todavía. Descubrí por qué Victoria regresó.”
Un minuto después llamó.
Contesté.
Su respiración era agitada.
—Claire, tenías razón. Todo esto estaba planeado.
—¿De qué hablas?
Hubo un largo silencio.
Cuando respondió, su voz apenas parecía la misma.
—Victoria no regresó por mí. Regresó porque alguien le pagó para destruir nuestro matrimonio.
Me incorporé lentamente.
—¿Quién?
Daniel tardó varios segundos en responder.
Y cuando finalmente pronunció el nombre, sentí que el teléfono casi se me escapaba de la mano.