PARTE 2: LA ESPOSA QUE NUNCA EXISTIÓ.

Edward guardó silencio durante varios segundos.

—Claire, necesito que me expliques exactamente qué descubriste.

Miré nuevamente la villa.

Nathaniel seguía jugando con el niño mientras Vanessa permanecía junto a él, satisfecha.

—Nathaniel está legalmente casado con Vanessa Moore desde hace siete años.

—¿Estás segura?

—Tengo el certificado delante de mí.

La voz de Edward cambió inmediatamente.

—Entonces no necesitas destruir su matrimonio. Necesitas descubrir qué construyó Nathaniel utilizando el tuyo.

Aquella frase me hizo apretar el teléfono.

Durante seis años había firmado documentos junto a Nathaniel. Había asistido a cenas empresariales como su esposa. Mi padre había invertido en proyectos de Harrison Capital porque creía que nuestras familias estaban unidas.

Si nuestro matrimonio nunca había existido legalmente, aquello podía significar mucho más que una traición sentimental.

—Investígalo todo —ordené—. Propiedades, fideicomisos, inversiones y cualquier documento donde aparezca mi firma.

—Necesitaré unas horas.

—Tienes hasta esta noche.

Colgué.

Entonces mi teléfono volvió a vibrar.

Vanessa.

“¿No vas a entrar?”

No respondí.

Arranqué el automóvil y me marché.

Ella quería verme llorar. Yo necesitaba que siguiera creyendo que ya había ganado.


Cuando llegué a casa, encontré un ramo enorme de rosas blancas sobre la mesa.

La tarjeta decía:

“Para Claire y nuestra pequeña Emma. Las dos mujeres de mi vida. Nathaniel.”

Sentí náuseas.

Nuestra pequeña Emma.

Mientras su verdadero matrimonio ya tenía otro hijo registrado con exactamente aquel nombre.

Subí al dormitorio, abrí el armario y saqué una maleta.

Pero no guardé ropa.

Guardé documentos.

Contratos.

Extractos bancarios.

Copias de inversiones.

Todo lo que pudiera demostrar cuánto había aportado mi familia durante aquellos años.

A las siete de la tarde escuché abrirse la puerta.

—¿Claire?

Nathaniel entró sonriendo.

Traía otra bolsa de regalos.

Se acercó para besarme.

Retrocedí.

Se detuvo.

—¿Qué pasa?

—Estoy cansada.

Su expresión se llenó inmediatamente de preocupación.

—¿Te duele algo? ¿Llamo al médico?

Lo observé.

Era extraordinario.

Aquel hombre podía mentirme sobre una esposa y un hijo mientras parecía sinceramente preocupado porque yo tuviera dolor de cabeza.

—Estoy bien.

Nathaniel miró alrededor.

—¿Dónde está Emma?

—Lily.

—¿Qué?

—Registré a nuestra hija como Lily Taylor.

El silencio cayó entre nosotros.

Su rostro cambió.

—¿Taylor?

—Mi apellido.

—Claire, habíamos acordado Harrison.

—Cambié de opinión.

Nathaniel dejó lentamente la bolsa sobre la mesa.

—No puedes tomar una decisión así sin consultarme.

Casi sonreí.

—¿Necesitaba permiso de tu esposa?

Sus ojos se congelaron.

Fue apenas un segundo.

Pero lo vi.

Después frunció el ceño perfectamente.

—¿Mi esposa?

—Vanessa Moore.

Nathaniel no respondió.

—Siete años de matrimonio —continué—. Un hijo de seis años. Registrado como Emma Harrison.

Su rostro perdió el color.

—Claire…

—No me mientas.

—Puedo explicarlo.

—Entonces hazlo.

Se pasó una mano por el cabello.

—Mi matrimonio con Vanessa fue un acuerdo.

Solté una risa seca.

—¿También acordaron tener un hijo?

—No es lo que parece.

—Siempre dicen eso cuando es exactamente lo que parece.

Nathaniel dio un paso hacia mí.

—Yo te amo.

—¿Y a ella?

—No.

Respondió demasiado rápido.

—Vanessa nunca significó nada para mí.

—Pero sigue siendo tu esposa.

—Legalmente.

Aquella palabra terminó de destruir lo poco que quedaba.

Legalmente.

Yo había recibido amor.

Vanessa había recibido el nombre.

Yo había vivido en su mansión.

Vanessa existía en sus documentos.

Yo había dado a luz a su hija.

Vanessa había dado a luz al heredero reconocido seis años antes.

—¿Por qué elegiste Emma?

Nathaniel se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Para nuestra hija. ¿Por qué elegiste el mismo nombre?

No contestó.

Entonces comprendí algo todavía más cruel.

—¿Ni siquiera ese nombre era nuestro?

—Claire…

—Vete.

Intentó tomarme del brazo.

Me aparté.

—¡No me toques!

Lily comenzó a llorar desde la habitación contigua.

Nathaniel se detuvo inmediatamente.

Su expresión se quebró.

—Déjame verla.

—No.

—Es mi hija.

—Entonces tendrás que demostrarlo de la manera correcta.

Su mirada cambió.

—¿Qué significa eso?

Antes de que pudiera responder, sonó el timbre.

Edward estaba en la puerta.

Llevaba una carpeta negra.

Cuando Nathaniel lo vio, comprendió inmediatamente que aquello ya no era una discusión matrimonial.

Era una guerra legal.

Edward entró y dejó la carpeta sobre la mesa.

—Señor Harrison.

—Salga de mi casa.

Edward me miró.

—Técnicamente, tenemos un problema con esa frase.

Nathaniel frunció el ceño.

Abrí la carpeta.

La escritura de la mansión estaba vinculada a una sociedad financiada originalmente por el patrimonio Taylor.

Mi padre había aportado el capital inicial seis años atrás.

Pero eso no era lo peor.

Edward pasó varias páginas.

—Claire, encontré diecinueve operaciones realizadas utilizando garantías relacionadas con activos de tu familia.

Miré a Nathaniel.

—¿Diecinueve?

Él guardó silencio.

—Harrison Capital recibió cientos de millones en financiación después de presentar públicamente la unión entre ambas familias como respaldo estratégico —explicó Edward—. Pero Nathaniel nunca declaró que legalmente estaba casado con otra persona.

Sentí un frío profundo.

Aquello explicaba por qué nunca quiso una ceremonia pública oficial.

Por qué siempre decía que nuestra intimidad era demasiado importante para convertirla en espectáculo.

No estaba protegiendo nuestro amor.

Estaba protegiendo su mentira.

—¿Cuánto dinero de mi familia está comprometido?

Edward pronunció una cifra.

Nathaniel cerró los ojos.

Supe inmediatamente que era verdad.

—¿Lo sabías? —pregunté.

—Claire, escúchame.

—¿Lo sabías?

—Sí.

Una sola palabra.

Seis años destruidos.

Edward cerró la carpeta.

—Hay algo más.

Nathaniel levantó la cabeza bruscamente.

—Edward, no.

Aquella reacción llamó mi atención.

—¿Qué cosa?

Mi abogado sacó un documento.

—Esta mañana solicité revisar la estructura sucesoria de Harrison Capital.

Nathaniel caminó hacia nosotros.

—¡Eso es información privada!

—Claire tiene derecho a conocerla porque varios activos Taylor aparecen como garantía.

Edward colocó el documento frente a mí.

Leí el nombre del beneficiario principal.

Emma Harrison.

El niño de Vanessa.

Nathaniel había utilizado recursos vinculados a mi familia para construir un patrimonio que terminaría heredando el hijo de otra mujer.

Sentí que la última parte de mí que todavía quería explicaciones desaparecía.

—Fuera.

Nathaniel palideció.

—Claire…

—Sal de mi casa.

—Lily también es mi hija.

—Precisamente por ella estoy haciendo esto.

Nathaniel me observó durante unos segundos.

Después salió.

Pero antes de cruzar la puerta se volvió.

—Vanessa no es quien crees.

—Tú tampoco lo eras.

Cerré la puerta.


A la mañana siguiente, Edward solicitó medidas para congelar cualquier operación que utilizara activos vinculados a mi familia hasta terminar la investigación.

Antes del mediodía, tres financiaciones de Harrison Capital quedaron suspendidas.

A las dos, el consejo convocó una reunión extraordinaria.

A las cuatro, Nathaniel llevaba treinta y siete llamadas sin responderme.

A las cinco, Vanessa apareció frente a mi casa.

Venía sola.

Ya no sonreía.

—Has ido demasiado lejos.

—Todavía no he empezado.

Su expresión se endureció.

—Nathaniel jamás te elegirá.

—Ya no quiero que me elija.

Aquello pareció desconcertarla.

—Entonces, ¿qué quieres?

Miré directamente a sus ojos.

—La verdad.

Vanessa soltó una carcajada.

—¿Crees que Nathaniel es el único que te mintió?

Sacó un sobre de su bolso.

—Pregunta a tu querido padre por qué aceptó que vivieras seis años con un hombre casado.

Mi cuerpo quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

Vanessa dejó el sobre frente a mí.

Dentro había una fotografía.

Mi padre.

Nathaniel.

Y Vanessa.

Los tres sentados en la misma mesa.

La fecha estaba impresa en una esquina.

Seis años atrás. Dos semanas antes de que Nathaniel me pidiera que me mudara con él.

Debajo había una copia de un contrato.

Reconocí inmediatamente la firma de mi padre.

Vanessa se inclinó hacia mí.

—Tu padre sabía que yo era la esposa de Nathaniel desde el principio.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Entonces señaló la última página.

—Pero eso no es lo peor, Claire.

Miré hacia abajo.

Había una cláusula marcada.

Una cláusula relacionada con los futuros hijos de Nathaniel Harrison.

Y junto a ella aparecía nuevamente la firma de mi padre.

Levanté la vista lentamente.

Vanessa sonrió.

—Ahora pregúntate por qué tu padre necesitaba que fueras tú quien tuviera la segunda hija de Nathaniel.

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