Entré al despacho de Adrián veinte minutos después.
La propuesta de fusión estaba abierta sobre su escritorio.
—Siéntate.
Me senté.
Durante diez minutos habló exclusivamente de trabajo.
Cláusulas.
Riesgos.
Responsabilidades.
Hasta que cerró el documento.
—¿Quién es Zhou?
Levanté la mirada.
—¿Perdón?
—Tu cita.
Casi sonreí.
—No sabía que formara parte de la fusión.
Su mandíbula se tensó.
—Solo preguntaba.
—Entonces todavía no lo sé. Lo conoceré pasado mañana.
—¿Y si te gusta?
—Supongo que volveré a verlo.
Adrián guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Tan rápido?
Esta vez sí sonreí.
—Adrián, tuve seis años.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Nunca me pediste formalizar.
—Tampoco debería necesitar presentar una solicitud por escrito para que alguien decida si me quiere en su vida.
Se levantó.
—Sabías que mi familia se opondría.
—Sí.
—Entonces entiendes por qué necesitaba tiempo.
—Seis años no son tiempo. Son una respuesta.
Eso lo dejó callado.
Recogí los documentos.
—¿Algo más, señor Bae?
—No.
Me levanté.
Cuando llegué a la puerta, habló:
—Clara.
Me detuve.
—No vayas.
Giré lentamente.
—¿Es una orden del director general?
—No.
—Entonces iré.
Dos días después conocí a Gabriel Zhou.
Mi madre había exagerado algunas cosas.
No medía un metro noventa y tantos.
Pero sí era educado, inteligente y, sobre todo, sabía mantener una conversación.
Cuando hablaba, escuchaba.
Cuando yo respondía, no miraba el teléfono.
Parecía algo pequeño.
Después de seis años con Adrián, no lo era.
Al terminar la cena, Gabriel dijo:
—No sé si estás preparada para empezar algo.
Me sorprendió.
—¿Tan evidente es?
—Un poco.
Sonrió.
—Pero tampoco creo que hayas venido porque estés desesperada por casarte.
—Mi madre sí.
Nos reímos.
—Podemos tomar otro café algún día —propuso—. Sin expectativas.
—Eso me gustaría.
Cuando salí del restaurante encontré un automóvil negro estacionado enfrente.
Reconocí la matrícula.
Adrián estaba dentro.
Me acerqué.
Bajó la ventanilla.
—Sube.
—No.
—Te llevo.
—Tengo coche.
Miró hacia la entrada.
Gabriel acababa de salir.
Entonces comprendí.
—¿Me seguiste?
—Pasaba por aquí.
—Claro.
Gabriel levantó una mano para despedirse.
Yo hice lo mismo.
Adrián lo observó.
—¿Te gusta?
—Es agradable.
—Eso no responde.
—Porque ya no tengo que responderte esas cosas.
Por primera vez vi algo parecido a frustración auténtica en su rostro.
—Seis años, Clara.
—Exactamente.
—No puedes borrarlos en dos días.
—No los borré.
Me incliné ligeramente hacia la ventanilla.
—Simplemente dejé de esperar que significaran para ti lo mismo que para mí.
Me marché.
Durante las semanas siguientes Adrián cambió.
Empezó a responder mis mensajes laborales con frases completas.
Después aparecieron otros mensajes.
“¿Has comido?”
“¿Llegaste a casa?”
“¿Quieres cenar?”
No respondí a los personales.
Una noche escribió:
“Necesito hablar contigo.”
Contesté:
“Si es trabajo, mañana en la oficina.”
Tres minutos después llegó otro mensaje.
“No es trabajo.”
Lo dejé sin respuesta.
Al día siguiente encontré una carpeta sobre mi escritorio.
Era una oferta de ascenso.
Directora jurídica adjunta.
Un puesto que llevaba años mereciendo.
Fui directamente a su despacho.
—No lo quiero si esto tiene algo que ver con nosotros.
Adrián levantó la mirada.
—Te lo ganaste.
—Entonces debiste ofrecérmelo antes.
Aquello le dolió.
Lo vi.
—Clara, estoy intentando arreglar las cosas.
—Ese es el problema.

Dejé la carpeta.
—Solo empezaste a intentarlo cuando dejé de estar disponible.
—No sabía que realmente te marcharías.
—Lo sé.
Mi voz salió tranquila.
—Pensabas que siempre estaría ahí.
Adrián no lo negó.
Y esa fue quizá la primera respuesta completamente sincera que me dio en seis años.
Un mes después hubo una cena corporativa.
La familia Bae también asistió.
Su madre me conocía desde hacía años, aunque siempre me había tratado como una empleada competente que estaba demasiado cerca de su hijo.
Aquella noche Gabriel también estaba allí por negocios.
Conversábamos cuando escuché la voz de la señora Bae.
—Adrián.
Él se acercó.
Su madre señaló discretamente a una joven de otra familia empresarial.
—Ven. Quiero presentarte a alguien.
Antes, Adrián habría obedecido.
Esta vez no.
—No estoy interesado.
Su madre frunció el ceño.
—¿Por qué?
Adrián miró hacia mí.
Todo el mundo lo notó.
—Porque ya elegí.
El salón pareció quedarse en silencio.
Su madre siguió su mirada.
—No me digas que hablas de ella.
Adrián respondió:
—Sí.
Durante seis años había utilizado a su familia como explicación.
Aquella noche, finalmente, dejó de hacerlo.
Pero yo tampoco confundí valentía tardía con reparación.
Cuando se acercó después, preguntó:
—¿Eso cambia algo?
Lo miré.
—Cambia mi opinión sobre ti.
Sus ojos se iluminaron apenas.
—¿Y nosotros?
Negué suavemente.
—Eso tendrás que aprenderlo ahora.
—¿Aprender qué?
—Que querer a alguien no significa que esa persona tenga que esperarte.
Adrián permaneció inmóvil.
—¿Entonces se acabó?
Pensé en aquellos seis años.
En sus “sí”.
Sus “vale”.
Sus “ajá”.
En todas las veces que yo había convertido migajas en promesas porque deseaba creer que algún día serían suficientes.
—Lo que teníamos, sí.
—¿Y nunca habrá otra oportunidad?
Miré hacia Gabriel, que conversaba al otro lado del salón.
Después volví a Adrián.
—No voy a prometerte nada.
Sonreí.
—Curiosamente, tú me enseñaste a vivir sin promesas.
Y me marché.
Aquella noche Adrián no corrió detrás de mí.
Por fin había entendido.
Durante seis años, él creyó que yo era la mujer incapaz de dejarlo.
Pero el día que realmente me fui descubrió la verdad:
yo no había estado atrapada detrás de él.
Solo había estado esperando.
Y cuando dejé de hacerlo, el que se quedó atrás fue él.