Parte 2: LA MUJER DEL 2108

Aterrizamos en Hong Kong poco después de las ocho.

Gabriel ya estaba allí.

Lo encontré junto a un automóvil negro, hablando por teléfono. Cuando me vio, terminó la llamada y tomó mi maleta.

—¿Dormiste algo?

—Cuarenta minutos.

—Entonces estás mejor que en la universidad.

Sonreí.

—En la universidad podía sobrevivir tres días con café.

—Y aun así sacabas mejores notas que yo.

Aquella conversación sencilla me recordó una versión de mí que había olvidado.

La Lucía que tenía ambiciones.

La que quería dirigir proyectos internacionales.

La que no necesitaba pedir permiso para crecer.

Durante los tres años de matrimonio con Daniel, esa mujer había ido desapareciendo poco a poco.

Primero rechacé un proyecto porque Daniel decía que viajaba demasiado.

Después una promoción porque implicaba mudarnos seis meses.

Luego dejé de asistir a cenas corporativas porque él decía que los hombres de mi empresa “me miraban demasiado”.

Y ahora había escondido mi identificación para detenerme físicamente.

—Lucía.

La voz de Gabriel me devolvió al presente.

—¿Sí?

—La reunión es a las diez. Pero antes necesito preguntarte algo.

Su expresión había cambiado.

—¿Daniel sabe que me llamaste?

—Ahora sí.

Gabriel guardó silencio.

—¿Por qué?

—Porque anoche encontré una llave.

No pensaba contarle más.

Pero él preguntó:

—¿Del 2108?

Me detuve.

—¿Cómo sabes eso?

Gabriel también se quedó inmóvil.

Durante unos segundos nos miramos.

—¿Qué decía exactamente la llave?

—“2108. Nuestro hogar.”

La mandíbula de Gabriel se tensó.

—Lucía, cuando terminemos la reunión necesito enseñarte algo.

—Enséñamelo ahora.

—No quiero que entres ahí con la cabeza en otra parte.

—Ya está en otra parte.

Gabriel suspiró.

Sacó el teléfono.

Abrió una fotografía.

Era Daniel.

Estaba entrando en un edificio residencial.

A su lado caminaba una mujer joven.

Cabello largo.

Abrigo blanco.

Su mano estaba enganchada en el brazo de mi esposo.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Quién es?

—Camila Ríos.

Conocía el nombre.

—¿La nueva analista de tu departamento?

Gabriel asintió.

—¿Cuándo tomaron esto?

—Hace tres semanas.

Amplié la imagen.

En la entrada del edificio podía leerse el número.

2108 pertenecía a aquel complejo.

—¿Por qué tienes esta foto?

Gabriel tardó demasiado en responder.

—Porque Daniel está siendo investigado internamente.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Filtración de información comercial.

El golpe fue distinto.

Ya no era solo mi matrimonio.

—Daniel tiene acceso a nuestras propuestas —continuó Gabriel—. Hace meses empezamos a perder contratos de una forma demasiado precisa. Alguien conocía nuestros precios antes de las licitaciones.

—¿Y sospechan de él?

—Todavía no tenemos pruebas suficientes.

Guardó el teléfono.

—Pero el apartamento 2108 está alquilado a nombre de Camila.

Mi mente empezó a unir piezas.

La llave.

Mi identificación.

La desesperación de Daniel cuando supo que viajaba.

—Gabriel…

Lo miré.

—¿Qué cliente voy a ver hoy?

Él entendió inmediatamente.

—Kensington Pacific.

Sentí un escalofrío.

Daniel sabía perfectamente quién era mi cliente.

La noche anterior me había preguntado dos veces qué documentos llevaba.

Tal vez no intentaba impedir mi viaje por celos.

Tal vez necesitaba impedir aquella reunión.

A las diez entré en la sala de juntas.

Y dos horas después descubrí por qué.

El director financiero de Kensington proyectó una propuesta sobre la pantalla.

—Esta fue la oferta que recibimos de su competidor hace cuatro días.

Miré las cifras.

Se me heló la sangre.

Eran prácticamente idénticas a nuestra estrategia interna.

Incluso contenían un descuento especial que yo había propuesto durante una reunión confidencial.

Solo siete personas conocían aquel número.

Una de ellas era Daniel.

Otra era yo.

—¿Podría enviarme una copia? —pregunté.

Gabriel me miró.

Sabía exactamente qué estaba pensando.

Al terminar la reunión, revisamos los metadatos del archivo con el equipo legal.

Había sido creado desde una plantilla.

Y aquella plantilla contenía un identificador interno.

Gabriel leyó el código.

Su rostro se endureció.

Pertenecía al ordenador corporativo asignado a Daniel.

Regresé esa misma noche.

No le avisé.

Tampoco fui a casa.

A las nueve y cuarenta estaba frente al edificio del 2108.

Gabriel había insistido en acompañarme, pero me negué.

Esto todavía era mi matrimonio.

Necesitaba verlo con mis propios ojos.

Subí hasta el piso veintiuno.

El corredor estaba en silencio.

Me detuve frente a la puerta 2108.

Toqué.

Pasaron varios segundos.

Después escuché pasos.

La puerta se abrió.

Camila apareció con una camiseta masculina.

Reconocí la camiseta.

Yo se la había comprado a Daniel por nuestro segundo aniversario.

Camila palideció.

—¿Lucía?

—Así que sabes quién soy.

Intentó cerrar.

Puse la mano contra la puerta.

—¿Dónde está mi esposo?

—No está aquí.

Entonces escuché su voz desde dentro.

—¿Quién es?

Daniel apareció detrás de ella.

Descalzo.

Con el cabello mojado.

Al verme, quedó petrificado.

No lloré.

No grité.

Solo levanté el teléfono y tomé una fotografía.

—Perfecto.

Daniel reaccionó.

—Lucía, espera.

—No.

—Esto no es lo que parece.

Miré a Camila.

Luego la camiseta.

Después a él.

—¿También escondiste mi identificación porque “no es lo que parece”?

Camila giró bruscamente hacia Daniel.

—¿Qué identificación?

Daniel palideció.

Aquella reacción me llamó la atención.

Camila realmente no sabía nada.

—Devuélvemela.

—Lucía, vamos a casa y hablamos.

—Esta era la última vez que te lo pedía como esposa.

Extendí la mano.

—Mi identificación.

Daniel apretó los dientes.

—No la tengo.

Camila lo miró.

—Daniel…

—Cállate.

Ella retrocedió.

Entonces vi algo sobre una mesa detrás de ellos.

Mi bolso antiguo.

Llevaba meses sin verlo.

Entré.

Daniel intentó detenerme.

—¡Lucía!

Abrí el bolso.

Dentro no estaba mi identificación.

Había algo peor.

Fotocopias de mi pasaporte.

Mis contratos laborales.

Mis extractos bancarios.

Incluso una copia de mi firma.

Y debajo de todo aquello encontré una carpeta con el logotipo de Kensington Pacific.

Camila empezó a llorar.

—Me dijiste que esos documentos eran tuyos.

Daniel perdió completamente el color.

Abrí la carpeta.

La primera página llevaba mi nombre.

“Responsable de filtración: Lucía Mendoza.”

Sentí que el mundo se detenía.

Entonces entendí.

Daniel no solo había usado información de su empresa.

Estaba preparando pruebas para hacer parecer que la filtración había sido mía.

Mi teléfono vibró.

Gabriel.

Contesté.

—Estoy en el 2108.

Al otro lado hubo un silencio brusco.

—Lucía, sal de ahí ahora mismo.

—Encontré documentos.

—No los toques.

—Gabriel…

Su voz se volvió urgente.

—Seguridad acaba de revisar las cámaras de tu edificio.

Miré lentamente a Daniel.

Él ya no parecía asustado.

Parecía acorralado.

—¿Qué encontraron?

Gabriel respiró hondo.

—Encontramos quién sacó tu identificación de casa.

Apreté el teléfono.

—Fue Daniel.

—No.

Sentí que el corazón se detenía.

Gabriel continuó:

—La mujer que entró en tu apartamento esa tarde fue Camila.

Giré hacia ella.

Camila dejó de llorar.

Daniel cerró los ojos.

Y entonces comprendí que los dos llevaban mintiéndome sobre cosas completamente distintas.

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