Cerré la carpeta.
—¿Cressida sigue casada con Declan?
Eudora bajó la mirada.
Declan respondió:
—Sí.
No sentí nada.
Ni celos.
Ni satisfacción.
Solo la fría curiosidad profesional que me producía cualquier empresa al borde del colapso.
—Entonces tenemos un problema.
Giré el informe hacia ellos.
—Durante tres años, Larkspur facturó servicios de consultoría, logística y materias primas por más de doce millones. Sus precios superan entre un treinta y un cuarenta por ciento los del mercado.
Eudora palideció.
—Cressida dijo que eran proveedores exclusivos.
—Cressida mintió.
Declan permaneció inmóvil.
—¿Estás segura?
Levanté la vista.
—Si viniste buscando a tu exesposa, puedes dudar de mí.
Empujé la carpeta hacia él.
—Si viniste buscando a la directora de Greyhaven que puede decidir si tu empresa sobrevive, no vuelvas a preguntarme si estoy segura.
Declan bajó los ojos.
—Entendido.
Era curioso.
Durante seis años de matrimonio, había esperado tantas veces que me tomara en serio.
Ahora bastaba una frase.
—Necesito acceso completo a la contabilidad, contratos, autorizaciones bancarias y actas del consejo.
Eudora respondió rápidamente:
—Lo tendrás.
—Y Cressida no puede saber que estamos investigando Larkspur.
Madre e hijo intercambiaron una mirada.
La vi.
—¿Qué ocurre?
Declan respiró hondo.
—Cressida controla finanzas.
Me quedé mirándolo.
—¿Le entregaste el departamento financiero?
—Después del nacimiento de Julian, mi madre insistió en incorporarla a la empresa familiar.
Eudora se removió en su asiento.
—Pensé que debía tener una posición.
—¿Una posición?
No pude evitarlo.
—La noche que enterré a mi madre también pensó que debía tener una posición. Parece que ha sido usted extraordinariamente generosa con ella.
Eudora bajó la cabeza.
No pidió perdón.
Quizá porque algunas disculpas llegan tan tarde que incluso pronunciarlas resulta obsceno.
Dos días después, mi equipo encontró algo peor.
Larkspur no era una simple herramienta para inflar facturas.
Había comprado deuda de Fairfax Manufacturing a través de tres sociedades intermediarias.
Cressida estaba sacando dinero de la empresa mientras, al mismo tiempo, compraba silenciosamente sus obligaciones.
Si Fairfax quebraba, alguien relacionado con ella podría terminar controlando activos clave.
Llamé a Declan.
Llegó una hora después.
Le mostré el esquema.
Se quedó mirando la pantalla.
—No puede ser.
—Lo es.
—¿Por qué haría esto?
—Esa pregunta corresponde a un esposo.
Cerré el portátil.
—Yo solo puedo decirte qué hizo.
Declan se pasó una mano por el rostro.
—Confié en ella.
Aquellas palabras casi me hicieron reír.
Cuatro años antes yo también había confiado en él.
Pero no dije nada.
Entonces pregunté:
—¿Quién autorizó el primer contrato con Larkspur?
Declan tardó en responder.
—Mi madre.
Eudora llegó esa misma tarde.
Cuando vio su firma en el contrato original, comenzó a temblar.
—Cressida me dijo que era una empresa de una amiga.
—Y usted firmó sin verificarla.
—Acababa de nacer Julian. Ella decía que necesitaba seguridad.
La miré.
—Así que se la dio.
Eudora cerró los ojos.
—Sí.
—¿Acciones también?
Silencio.
Declan giró bruscamente hacia ella.
—¿Qué?
Eudora perdió el color.
Ahí estaba.
El verdadero motivo de aquella visita.
—Madre.
—Fue después de que enfermaras.
—¿Qué hiciste?
Eudora comenzó a llorar.
—Transferí a Julian parte de mis acciones.
Declan golpeó la mesa.
—¡Julian era un bebé!
—Quería proteger al heredero.
—¿Quién administra esas acciones hasta que sea mayor?
Eudora no respondió.
No hacía falta.
Cressida.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
Shanghái brillaba treinta y seis pisos más abajo.
Por fin comprendía la estructura completa.
Cressida no necesitaba destruir a los Fairfax desde fuera.
Ellos mismos la habían sentado dentro de la bóveda y le habían entregado las llaves.
—¿Cuánto controla? —preguntó Declan.
Mi equipo hizo el cálculo.
Entre las acciones administradas en nombre de Julian, participaciones indirectas y deuda convertible vinculada a Larkspur, la cifra era suficiente para bloquear decisiones importantes.
Declan se dejó caer en la silla.
—Dios mío.
Eudora lloraba en silencio.
Yo no sentí placer.
Aquello era demasiado grave para disfrutarlo.
—Greyhaven suspenderá la inversión hasta aclarar esto.
Declan levantó la cabeza.
—Si suspendéis ahora, los bancos se retirarán.
—Lo sé.
—La empresa puede caer.
—También lo sé.
Se acercó a mi escritorio.
—Aurelia, hay cuatro mil empleados.
Aquello sí importaba.
No Declan.
No Eudora.
Cuatro mil familias que no habían hecho nada.
—Dame cuarenta y ocho horas —dije.
Durante las siguientes dos noches casi no dormí.
Diseñamos una recapitalización condicionada: Greyhaven aportaría capital únicamente si los Fairfax aceptaban una auditoría forense, suspensión inmediata de pagos relacionados con Larkspur y reorganización del consejo.
La mañana en que íbamos a presentar la propuesta, recibí una llamada de recepción.
—Señora Montrose, hay alguien aquí preguntando por usted.
—¿Quién?
Silencio.
—Cressida Fairfax.
Cinco minutos después entró.
Cuatro años habían cambiado poco su rostro.
Traje blanco.
Cabello perfecto.
Un bolso que probablemente costaba más que mi primer salario anual.
Sonrió.
—Aurelia.

—Señora Fairfax.
Su sonrisa vaciló.
Se sentó sin permiso.
—Declan me contó que estás evaluando nuestra empresa.
Nuestra.
La palabra no me dolió.
—¿Qué desea?
—Evitar malentendidos.
Sacó un documento.
—Greyhaven debería rechazar la operación.
La observé.
—Eso perjudicaría a su esposo.
—Tal vez mi esposo necesita aprender algunas cosas.
Entonces comprendí que Cressida no había venido a defender Fairfax.
Había venido a asegurarse de que quebrara.
—¿Qué quiere realmente?
Su sonrisa desapareció.
—Lo mismo que tú quisiste hace cuatro años.
—¿Qué cosa?
—Salir de esa familia con algo que valga la pena.
Dejó una memoria USB sobre mi escritorio.
—Aquí tienes todo lo que necesitas para destruir a Eudora y a Declan.
No la toqué.
—¿Por qué me lo entrega?
Cressida inclinó la cabeza.
—Porque tú puedes hacer lo que yo no puedo.
—¿Salvar la empresa?
Sonrió.
—No.
—Conseguir que Greyhaven la compre después de que caiga.
Entonces mi asistente entró apresuradamente.
—Señora Montrose, tenemos un problema.
Me entregó una hoja recién impresa.
Era el resultado preliminar de la auditoría forense.
Habían encontrado una segunda red de transferencias.
No pertenecían a Larkspur.
Comenzaban cuatro años antes.
Antes incluso de que Cressida obtuviera control financiero.
Seguí la columna de autorizaciones.
Y me quedé inmóvil.
Declan no había firmado aquellas transferencias.
Cressida tampoco.
La firma era de Eudora Fairfax.
Pero el dinero no terminaba en ninguna cuenta de la familia.
Terminaba en un fideicomiso creado a nombre de un menor.
Miré la fecha de nacimiento del beneficiario.
Julian.
Después miré a Cressida.
Por primera vez, perdió completamente la sonrisa.
—Eso no debería estar ahí.
Me incliné sobre el documento.
Había una nota adjunta al expediente original.
Una prueba de filiación solicitada cuatro años atrás.
Y junto al nombre de Julian aparecía una observación que hizo que Cressida se levantara de golpe.
“Relación biológica con Declan Fairfax: excluida.”
Levanté lentamente los ojos.
—Parece que tenemos que hablar de quién es realmente el padre de su hijo.
Cressida retrocedió.
Y entonces entendí que los doce millones desaparecidos quizá nunca habían sido el verdadero secreto de la familia Fairfax.