Parte 2 – LA MUJER QUE SALVÓ A LEO

—¡Aléjate de mi hijo!

Hannah se quedó inmóvil.

Leo seguía entre sus brazos.

Mi pistola apuntaba directamente hacia ella.

La enfermera despertó sobresaltada.

—¡Señor Rossi!

Entonces vi la copa de vino.

Después miré a Hannah.

Y finalmente miré a mi hijo.

Leo no lloraba.

Estaba comiendo.

Por primera vez en dos semanas, estaba comiendo.

—¿Qué demonios estás haciendo? —pregunté.

Hannah tenía lágrimas en los ojos.

—Salvándolo.

—¡Bájalo!

—No.

Aquella palabra me dejó helado.

Nadie me decía que no.

Hannah apretó suavemente a Leo contra ella.

—Si lo aparto ahora, dejará de comer.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Entonces mire el monitor.

Lo hice.

El ritmo era más estable.

El doctor Halloran entró corriendo segundos después.

—¡Lorenzo, baja el arma!

—Esta mujer entró sin autorización.

Halloran ni siquiera me escuchaba.

Estaba observando a Leo.

Se acercó lentamente.

Comprobó sus constantes.

Después miró a Hannah.

—¿Cuánto ha tomado?

—No lo sé.

—¿Desde cuándo?

—Unos minutos.

Halloran respiró profundamente.

—Déjela continuar.

Lo miré.

—¿Qué?

—Tu hijo está respondiendo.

Bajé finalmente la pistola.

La enfermera nocturna intentó hablar.

—Señor Rossi, yo solo cerré los ojos un momento…

Miré la copa.

—Estás despedida.

Dos guardias la acompañaron fuera.

Después volví hacia Hannah.

—¿Quién eres?

—Hannah Hayes.

—¿Por qué puedes alimentarlo?

Su expresión se quebró.

Halloran me miró como advirtiéndome que tuviera cuidado.

Pero Hannah respondió.

—Perdí a mi hija hace tres semanas.

No pregunté más.

Por primera vez entendí que la mujer frente a mí no había entrado allí buscando dinero.

Había escuchado llorar a un bebé mientras cargaba con su propia pérdida.

Halloran pidió analizar la leche y supervisar médicamente cualquier nueva alimentación.

Durante las siguientes horas, Leo permaneció estable.

A la mañana siguiente volvió a comer.

Y aquella tarde también.

Dos días después, Halloran entró en mi despacho.

—Está mejorando.

Me levanté.

—¿Fuera de peligro?

—Todavía necesita vigilancia. Pero el cambio es muy favorable.

Miré hacia la ventana.

—Entonces Hannah se queda.

Halloran guardó silencio.

—Lorenzo, ella no es un tratamiento.

Aquella frase me molestó porque tenía razón.

Fui a buscarla.

La encontré junto a la cuna.

—Quiero contratarte exclusivamente para cuidar a Leo.

—No.

Pensé que había escuchado mal.

—Puedo pagarte lo que quieras.

—Ese es exactamente su problema, señor Rossi.

—¿Mi problema?

—Cree que todo puede convertirse en una transacción.

Miró a Leo.

—Yo ayudaré mientras sea seguro y mientras los médicos consideren que puedo hacerlo. Pero no voy a convertirme en propiedad de esta casa porque su hijo me necesite.

Por primera vez en años, alguien me habló sin miedo.

Acepté.

Las semanas siguientes cambiaron la mansión.

Leo comenzó a recuperar fuerzas.

Hannah permaneció bajo seguimiento médico y el equipo pediátrico estableció un plan de alimentación seguro.

Pero ocurrió algo que ninguno esperaba.

Leo no solo reaccionaba a la comida.

Reaccionaba a ella.

Cuando Hannah entraba, seguía su voz.

Cuando lo sostenía, se tranquilizaba.

Una noche pasé frente a la habitación y escuché a Hannah cantarle suavemente.

No entré.

Me quedé fuera.

Porque durante dos meses había pensado que proteger a Leo significaba construir muros alrededor de él.

Hannah me estaba enseñando que un niño también necesitaba personas en quienes confiar.

Entonces llegó el resultado de la investigación interna sobre la noche en que ella entró en la guardería.

Mi jefe de seguridad dejó una carpeta sobre mi escritorio.

—Señor Rossi, encontramos algo.

—¿Qué?

—La enfermera no se quedó dormida accidentalmente.

Levanté la vista.

—Explícate.

—Encontramos un sedante en su análisis.

—¿Alguien la drogó?

—Eso creemos.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Quién tuvo acceso?

Colocó fotografías de seguridad sobre la mesa.

Una figura aparecía entrando en el ala infantil poco antes de medianoche.

Gorra.

Mascarilla.

Uniforme del personal.

Pero había un detalle.

Un reloj.

Lo reconocí.

Había pertenecido a mi hermano menor.

Marco.

—Eso es imposible.

Marco llegó a la mansión esa misma tarde.

Entró furioso en mi despacho.

—¿Me estás investigando?

—¿Estuviste en la guardería aquella noche?

—Claro que no.

Deslicé la fotografía hacia él.

Su expresión cambió.

Solo un segundo.

Pero lo vi.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Marco.

—¡No fui yo!

Entonces apareció Hannah en la puerta.

—Señor Rossi…

Marco se volvió hacia ella.

Y palideció.

Hannah también.

—Tú —susurró.

Me levanté.

—¿Lo conoces?

Ella retrocedió.

—No por ese nombre.

Marco intentó marcharse.

Los guardias bloquearon la puerta.

Hannah comenzó a temblar.

—El hombre que provocó la discusión con mi exnovio aquella noche…

Señaló a Marco.

—Era él.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

—¿Estás segura?

—Sí.

Marco explotó.

—¡Ella no sabe de qué habla!

Pero Hannah continuó:

—Llegó al apartamento buscando algo. Mi ex se puso nervioso. Empezaron a discutir.

Miré a mi hermano.

—¿Qué estabas buscando?

No respondió.

Mi jefe de seguridad abrió otra carpeta.

—Quizá esto.

Sacó una fotografía recuperada del teléfono del exnovio de Hannah.

Mostraba un pequeño dispositivo electrónico.

Y grabadas en la carcasa había dos letras:

S.R.

Sophia Rossi.

Mi esposa.

Hannah me miró.

—¿Qué significa?

Yo apenas podía respirar.

Aquel dispositivo había desaparecido después del atentado.

Sophia lo utilizaba para almacenar copias cifradas de documentos privados.

Me acerqué a Marco.

—¿Por qué lo tenía el ex de Hannah?

Mi hermano bajó la mirada.

Y entonces entendí algo mucho peor.

El atentado que había matado a Sophia.

La tragedia de Hannah.

La enfermera incapacitada.

El deterioro repentino de Leo.

Tal vez nunca habían sido historias separadas.

—Saca a Hannah y a Leo de aquí —ordené a seguridad.

Marco levantó la cabeza.

—Lorenzo, estás cometiendo un error.

—Eso lo averiguaremos.

Mientras los guardias se lo llevaban, Halloran apareció corriendo.

—Lorenzo.

Su rostro estaba blanco.

—¿Qué ocurre?

—Acaban de llegar los resultados toxicológicos que pedí repetir sobre Leo.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué encontraron?

Halloran cerró la puerta.

—Algo que explica por qué rechazaba la alimentación y empeoraba cada día.

Miró hacia el pasillo por donde acababan de llevarse a mi hermano.

—Leo no se estaba dejando morir.

Hizo una pausa.

—Alguien estaba interfiriendo deliberadamente con su tratamiento.

Y entonces comprendí la verdad.

La noche en que apunté a Hannah creyendo que era una amenaza para mi hijo, había estado apuntando a la única persona cuya intervención inesperada había obligado a todos a mirar más de cerca.

Hannah no había entrado en nuestra casa para robarnos nada.

Había entrado en aquella habitación y, sin saberlo, había roto el plan de alguien que necesitaba que Leo no mejorara.

Y ahora solo quedaba una pregunta:

¿Por qué alguien quería que el heredero de la familia Rossi desapareciera?

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