A las seis de la mañana, Gu Huai Zhou seguía llamándome.
Veintitrés llamadas.
Once mensajes.
El último decía:
【Voy a darte una hora para volver y explicar esta estupidez.】
Se lo enseñé a Jing Yan.
Él estaba preparando café en la pequeña cocina de su apartamento.
—Generoso —dijo.
—Muchísimo.
—¿Vas a responder?
Negué.
Había pasado demasiados años explicándome ante un hombre que nunca había considerado necesario explicarse conmigo.
Jing Yan dejó una taza frente a mí.
—Hay algo que debemos aclarar.
Lo miré.
—Anoche nos casamos. Pero eso no significa que tengas que convertirte inmediatamente en la esposa que imaginas que debo querer.
—¿Qué quieres decir?
—Habitaciones separadas mientras tú quieras. Tus cosas siguen siendo tuyas. Tu trabajo, tus amigos, tu dinero y tus decisiones también.
Hizo una pausa.
—Y si algún día decides que esto fue un error, no voy a utilizar el matrimonio para atraparte.
Lo observé.
Gu había necesitado siete años para convencerme de que casarse era “solo un papel”.
Jing Yan necesitó una noche para demostrarme que el papel podía significar respeto.
—Gracias.
—No me las des todavía.
—¿Por qué?
—Ronco.
Me reí.
Entonces llamaron a la puerta.
Tres golpes secos.
Jing Yan dejó la taza.
Yo ya sabía quién era.
Cuando abrió, Gu estaba allí.
Todavía llevaba la ropa del día anterior.
Detrás de él estaban dos compañeros del hospital militar.
Probablemente habían intentado impedir que viniera.
Gu ni siquiera saludó a Jing Yan.
Me miró.
—Ven.
Una sola palabra.
Como siempre.
Una orden.
No me moví.
—Tenemos que hablar —dijo.
—Habla.
Miró a Jing Yan.
—A solas.
—Mi marido puede escuchar.
La mandíbula de Gu se tensó.
—Deja de llamarlo así.
Jing Yan permaneció completamente tranquilo.
—Doctor Gu, está en mi casa hablando con mi esposa.
Gu dio un paso hacia él.
—Tú sabías que estaba conmigo.
—Sí.
—Entonces te aprovechaste de ella.
Esta vez respondí yo.
—Nadie se aprovechó de mí.
Gu me miró incrédulo.
—Ayer por la mañana ibas a casarte conmigo.
—Y tú estabas en una noria con Wen Yi Ning.
—Su hijo quería ir.
—Lo sé.
—Era importante para él.
Sonreí.
—Y casarte conmigo no.
Gu abrió la boca.
La cerró.
Por primera vez, escuchaba sus propias prioridades dichas en voz alta.
—Podíamos registrarnos hoy.
—No.
—Mañana.
—Tampoco.
—La semana que viene.
Negué.
—Huai Zhou, sigues sin entenderlo.
Me acerqué a la puerta.
—No habrá una décima vez.
Su expresión finalmente cambió.
—¿Por esto te casaste con él? ¿Para castigarme?
—Me casé porque cuando me preguntaron por novena vez si mi novio tampoco aparecería, comprendí que llevaba años esperando a alguien que siempre encontraba algo más importante.
Gu palideció.
—Yo tenía responsabilidades.
—Todos las tenemos.
—Yi Ning está sola con un niño.
—Yo también estaba sola.
Silencio.
—Solo que tú nunca consideraste que eso fuera una emergencia.
Gu me miró durante varios segundos.
Después dijo:
—No puedes amarlo.
Jing Yan no reaccionó.
Yo tampoco.
—Quizá todavía no como una esposa ama después de años —respondí—. Pero confío más en el hombre que llegó una vez que en el que faltó nueve.
Aquello sí lo golpeó.
Gu bajó la voz.
—¿Y nuestros siete años?
—Terminaron ayer frente a una ventanilla.
Cerré la puerta.
Creí que aquello sería suficiente.
No lo fue.
Durante las siguientes semanas, Gu apareció en mi trabajo.
Mandó flores.
Devolví todas.
Pidió a nuestros amigos que hablaran conmigo.
Les pedí que no volvieran a hacerlo.
Finalmente apareció Wen Yi Ning.
Me esperaba frente a mi oficina.
—Necesitamos hablar.
—No.
—Es sobre Huai Zhou.
—Entonces necesitas hablar con Huai Zhou.
Me agarró suavemente del brazo.
—Estás malinterpretándolo todo.
Retiré la mano.
—¿Qué parte?
—Él siempre te ha amado.
—Qué alivio.
Mi tono la desconcertó.
—Entonces comprenderás que…
—No.
La miré.
—Lo que comprendo es que cada vez que tú llamabas, él corría. Y cada vez que yo esperaba, él asumía que seguiría allí.
Yi Ning bajó la mirada.
—Mi hijo lo quiere muchísimo.
—Eso no es culpa del niño.
—Lo ve como un padre.
Aquella frase me hizo detenerme.
—Entonces quizá debiste preguntarte por qué estabas construyendo esa relación con el novio de otra mujer.
Su rostro se puso rojo.
—Nunca tuvimos nada inapropiado.
—Entonces no necesitas justificarte ante mí.
Seguí caminando.
Ella gritó detrás:
—¡Se casó contigo por competir con Huai Zhou!
Me giré.
—¿Jing Yan?
—Siempre se han odiado.
Sonreí.
—Entonces tenemos suerte.

—¿Por qué?
—Porque yo no me casé con él para solucionar la relación entre esos dos.
Y me fui.
Dos meses después hubo una ceremonia médica militar.
Era inevitable encontrarnos.
Llegué del brazo de Jing Yan.
No porque necesitara demostrar nada.
Simplemente porque ahora asistíamos juntos.
Gu estaba junto al escenario.
Yi Ning también.
Cuando nos vio, sus ojos bajaron hacia nuestras manos.
Jing Yan llevaba alianza.
Yo también.
Pero aquello no fue lo que cambió su expresión.
Fue verme reír.
Durante años, Gu me había conocido esperando.
Esperando llamadas.
Esperando cenas.
Esperando aniversarios.
Esperando frente al registro.
Quizá había olvidado cómo era yo cuando no esperaba a nadie.
Más tarde se acercó.
—¿Podemos hablar cinco minutos?
Miré a Jing Yan.
Él dijo:
—Estaré dentro.
No mostró celos.
No me preguntó qué iba a decir.
Simplemente confió.
Gu observó cómo se alejaba.
—¿Siempre es así?
—¿Así cómo?
—Como si no tuviera miedo de perderte.
Pensé unos segundos.
—Creo que precisamente por eso no siento ganas de irme.
Gu bajó la mirada.
Después sacó algo del bolsillo.
Nuestra antigua fotografía para el registro.
La que habíamos preparado para casarnos.
—La encontré en mi coche.
La observé.
La mujer de aquella fotografía sonreía muchísimo.
Sentí cariño por ella.
Pero también tristeza.
Había confundido perseverancia con amor.
—Quédatela —dije.
—No puedo.
—Entonces tírala.
Gu levantó los ojos.
—¿Tan fácil?
—No fue fácil.
Negué lentamente.
—Me costó nueve intentos.
Sus ojos se humedecieron.
—Si aquel día hubiera vuelto…
—Pero no volviste.
—Podría haber llegado antes de que cerraran.
—Pero decidiste subir a la noria.
No había crueldad en mi voz.
Solo hechos.
Y a veces los hechos eran más definitivos que cualquier reproche.
—¿Lo amas? —preguntó.
Miré a través de las puertas.
Jing Yan estaba conversando con un compañero.
Como si sintiera mi mirada, giró la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron.
Sonrió.
Yo también.
Entonces respondí:
—Estoy empezando.
Gu cerró los ojos.
Por fin comprendió.
No había perdido contra Lu Jing Yan.
Había perdido contra todas las veces que creyó que yo nunca tendría el valor de marcharme.
Un año después, Jing Yan y yo pasamos frente al mismo registro civil.
Me detuve.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Señalé el edificio.
—Aquí desperdicié bastante tiempo.
Él corrigió:
—Aquí me casé contigo.
Lo miré.
—Qué oportunista.
—Esperé varios años. Permíteme disfrutar de haber elegido bien el día.
Me reí.
Jing Yan tomó mi mano.
—¿Te arrepientes?
Miré nuestras alianzas.
Pensé en Gu.
En aquellas nueve citas.
En las horas sentada mirando una puerta.
Después pensé en el hombre que jamás me pidió que demostrara cuánto podía soportar para merecer su amor.
—No.
Apreté sus dedos.
—Solo me arrepiento de una cosa.
—¿Cuál?
—Haber creído durante tanto tiempo que esperar era una prueba de amor.
Seguimos caminando.
Y aquella vez no miré hacia atrás.
Porque finalmente había comprendido la diferencia entre alguien que dice que siempre podrás esperar hasta mañana…
y alguien que, cuando llega el momento de elegirte, simplemente llega.