Parte 2: EL PRECIO DE HABERLA PERDIDO

Durante varios segundos, nadie habló.

El llanto de uno de los gemelos rompió el silencio del pasillo.

Julián observó a su familia como si los estuviera viendo por primera vez.

Su padre, que siempre había hablado de dignidad, estaba llorando porque habían desaparecido diez mil yuanes mensuales.

Su madre, que había llamado inútil a Elena durante años, acababa de admitir que Elena pagaba incluso sus gastos médicos.

Su hermano, que presumía del automóvil que estaba a punto de comprar, ni siquiera podía sostenerle la mirada.

—Diego —dijo Julián lentamente—. ¿Qué cuota pagaba Elena?

Diego apretó al bebé contra su pecho.

—La del apartamento.

—¿Desde cuándo?

—Tres años.

Julián sintió un escalofrío.

—¿Cuánto?

Lili intervino:

—No es momento para discutir. Los niños acaban de salir del hospital.

Julián giró la cabeza hacia ella.

—Te pregunté cuánto.

Diego tragó saliva.

—Seis mil quinientos al mes.

Julián dejó caer una de las bolsas.

El golpe resonó en el pasillo.

—¿Seis mil quinientos?

Marta frunció el ceño.

—Elena tenía dinero. Para ella no era nada.

Aquella frase consiguió algo que cinco años de discusiones no habían logrado.

Julián entendió.

No era que su familia hubiese necesitado ayuda.

Habían llegado a considerar el dinero de Elena como suyo.

—¿Qué más pagaba?

Nadie respondió.

—¡He preguntado qué más pagaba!

Ernesto levantó el bastón.

—¡No me hables así!

—Entonces dime la verdad.

El anciano abrió la boca, pero fue Marta quien terminó confesándolo.

Elena pagaba las revisiones médicas.

Los medicamentos.

Parte de los gastos del embarazo de Lili.

Las reparaciones del automóvil de Ernesto.

Incluso el banquete del aniversario de boda de sus padres.

Julián retrocedió un paso.

Recordó aquella celebración.

Su padre había levantado una copa delante de treinta familiares y había dicho:

—Todo esto lo hemos conseguido trabajando.

Elena estaba sentada al final de la mesa.

Nadie le dio las gracias.

Y ella había pagado la cuenta.

—¿Por qué nunca me lo dijisteis?

Ernesto soltó una carcajada amarga.

—Porque eres mi hijo. ¿Para qué necesitabas saberlo?

Julián sintió náuseas.

Sacó el teléfono.

—Voy a llamarla.

—¡Eso! —exclamó Marta—. Dile que deje de comportarse como una niña y reactive las transferencias.

Julián la miró.

—No voy a pedirle dinero.

La expresión de su madre cambió.

—Entonces ¿para qué vas a llamarla?

Julián no contestó.

Elena lo había bloqueado.

Intentó desde el teléfono de Diego.

Una llamada.

Dos.

A la tercera, alguien respondió.

—¿Sí?

La voz de Elena era tranquila.

Julián se quedó mudo.

Hacía apenas unas horas había firmado el divorcio creyendo que conocía a aquella mujer.

Ahora sentía que durante cinco años había vivido junto a una desconocida.

—Soy yo.

Silencio.

—Lo sé.

—Elena… ¿pagabas la hipoteca de Diego?

—Sí.

—¿Y los gastos de mis padres?

—Sí.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Hubo una pausa.

—Te lo dije.

Julián frunció el ceño.

—Nunca.

—Te lo dije muchas veces, Julián.

La voz de Elena seguía serena.

—Cada vez que te decía que tu familia estaba dependiendo demasiado de nosotros, respondías que eran pequeñas ayudas.

—Cada vez que te pedía revisar las cuentas, decías que estabas cansado.

—Cada vez que intentaba poner un límite, me pedías paciencia.

Julián cerró los ojos.

Recordó aquellas conversaciones.

Habían ocurrido.

Solo que nunca había preguntado cuánto dinero significaban aquellas “pequeñas ayudas”.

—Quiero verte.

—No.

—Necesito hablar contigo.

—Ya hablamos esta mañana.

Entonces Ernesto le arrancó el teléfono.

—¡Elena! ¡Escúchame bien!

Julián intentó recuperarlo.

Demasiado tarde.

—Puedes estar enfadada con mi hijo, pero nosotros no tenemos culpa. Hay dos recién nacidos aquí. Reactiva las transferencias y mañana discutiremos lo demás.

Del otro lado hubo silencio.

Después Elena preguntó:

—¿Ha terminado?

Ernesto se quedó desconcertado.

—¿Qué?

—Pregunté si ha terminado.

—¡Soy el padre de Julián!

—Y yo ya no soy la esposa de Julián.

La voz de Elena se volvió fría.

—Desde hoy, cada miembro de la familia Jiang pagará sus propios gastos.

—¡Desagradecida!

—Señor Jiang, revise sus mensajes.

La llamada terminó.

Un segundo después, cuatro teléfonos vibraron casi al mismo tiempo.

Diego fue el primero en mirar el suyo.

Su rostro perdió el color.

—Papá…

—¿Qué ocurre?

Diego mostró la pantalla.

Era una notificación bancaria.

La domiciliación de la hipoteca había sido cancelada.

Luego llegó otra.

El seguro privado de Marta tampoco sería renovado.

Otra más.

La tarjeta adicional que Ernesto llevaba cuatro años utilizando había sido desactivada.

Lili comenzó a respirar deprisa.

—Diego, ¿cuánto tenemos ahorrado?

Él no respondió.

—¿Cuánto?

—Doce mil.

Lili palideció.

—Eso no alcanza ni para dos meses.

Ernesto golpeó furiosamente la puerta de Elena.

—¡Sal ahora mismo!

El administrador apareció acompañado por dos guardias.

—Si continúa molestando a la propietaria, tendremos que llamar a la policía.

Aquella palabra lo detuvo.

Esa noche terminaron en un hotel barato cerca de la estación.

Dos habitaciones.

Seis adultos.

Dos bebés.

Julián pagó.

Cuando vio el saldo de su cuenta, comprendió otro detalle humillante.

Él tampoco tenía suficiente dinero para mantenerlos a todos.

A medianoche, mientras los demás discutían sobre quién debía dormir dónde, Julián abrió su antigua aplicación bancaria.

Buscó transferencias antiguas.

Encontró decenas.

Elena.

Elena.

Elena.

Pagos pequeños.

Pagos enormes.

Cuatro años enteros.

Entonces encontró uno que no reconoció.

480.000 yuanes.

Transferidos dos años atrás.

Beneficiario:

Ernesto Jiang.

Julián se puso de pie.

—Papá.

Ernesto dejó de hablar.

Julián acercó la pantalla a su rostro.

—¿Qué es esto?

Por primera vez aquella noche, su padre no gritó.

Se quedó completamente blanco.

Marta también vio la cifra.

Y empezó a temblar.

—Julián… —susurró—. Eso no deberías haberlo encontrado.

Él sintió que el corazón se le detenía.

—¿Qué hicieron con el dinero?

Nadie respondió.

Entonces Diego bajó lentamente la cabeza.

—Hermano…

Su voz apenas fue audible.

Ese dinero no fue un regalo de Elena.

Julián lo miró.

—¿Entonces qué fue?

Diego levantó los ojos.

Y antes de responder, alguien golpeó tres veces la puerta del hotel.

Al otro lado, una voz desconocida pronunció el nombre completo de Ernesto Jiang.

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