Tomé el teléfono y entré al baño antes de llamar.
No quería que Diego escuchara.
El profesor Ramírez respondió inmediatamente.
—Isabel, ¿estás bien?
Miré mi reflejo. Tenía crema seca entre el cabello, una pequeña marca roja en la frente y los ojos hinchados.
—Sí.
Era mentira.
—Profesor… ¿perdí la entrevista?
Hubo unos segundos de silencio.
—No.
Dejé de respirar.
—¿Cómo?
—La sesión estaba siendo grabada con autorización de los candidatos. El comité vio exactamente lo que ocurrió.
Tuve que apoyarme contra el lavabo.
—Pero la computadora se apagó.
—Después del incidente, sí. Pero antes vimos suficiente. Y quiero que entiendas algo: lo ocurrido no refleja tu capacidad académica.
Me cubrí la boca para contener el llanto.
—¿Puedo repetir la entrevista?
—El comité ya aprobó una sesión extraordinaria para mañana.
Cerré los ojos.
Mi oportunidad seguía viva.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía. Descansa. Mañana quiero ver a la Isabel que trabajó tres años para llegar hasta aquí.
Cuando colgué, lloré.
Pero aquella vez no eran lágrimas de derrota.
Diego había intentado destruir mi futuro y, sin saberlo, había dejado una grabación perfecta de lo que hizo.
Salí del baño.
Él estaba sentado en el sofá comiendo como si nada hubiera ocurrido.
—¿Ya terminaste tu drama?
Lo observé durante unos segundos.
—Sí.
—Bien. Entonces limpia esto.
Señaló el suelo.
—Y mañana puedes disculparte por terminar conmigo de esa manera.
Casi sonreí.
—No habrá mañana para nosotros.
Su expresión cambió.
—¿Hablas en serio?
Entré al dormitorio y saqué una maleta.
—Completamente.
Diego se levantó.
—¿Adónde vas?
—A cualquier lugar donde tú no estés.
—Isabel, no puedes tirar cuatro años por una broma.
Me giré.
—No estoy terminando contigo por un pastel.
Mi voz permaneció tranquila.
—Estoy terminando contigo por cada vez que me enseñaste que mis sueños valían menos que la diversión de Valeria.
No respondió.
Seguí guardando mis cosas.
Entonces su teléfono vibró.
El nombre de Valeria apareció en la pantalla.
Diego contestó.
—¿Qué pasa?
La voz de ella era tan fuerte que pude escucharla.
—¡Diego, tenemos un problema!
—¿Qué problema?
—El video.
Diego me miró.
—¿Qué video?
—El de la entrevista. Alguien grabó todo.
El color desapareció de su rostro.
—¿Quién?
—No sé. Pero mi hermano dice que ya está circulando entre estudiantes.
Diego colgó.
Luego me miró fijamente.
—¿Tú hiciste eso?
—No.
—¡No me mientas!
—Estaba demasiado ocupada intentando salvar mi computadora.
Se pasó ambas manos por el cabello.
Por primera vez comprendió que su “bromita” podía tener consecuencias.
Yo cerré la maleta.
—Buenas noches, Diego.
Dormí en casa de una compañera.
A la mañana siguiente me desperté con cuarenta y siete mensajes.
El video todavía no era público, pero alguien había compartido fragmentos dentro de varios grupos universitarios.
Las reacciones eran brutales.
“¿Eso les parece gracioso?”
“Estaba en una entrevista.”
“¿Quiénes son esos dos?”
Entonces recibí un mensaje de Valeria.
“Tenemos que hablar.”
Lo ignoré.
Llegó otro.
“Isa, esto se está saliendo de control.”
Después otro.
“Por favor, di que fue planeado.”
Me quedé mirando aquella frase.
Ahora necesitaban que yo mintiera para protegerlos.
La bloqueé.
A las diez comenzó mi nueva entrevista.
Esta vez estaba sentada frente a una computadora prestada.
El profesor Ramírez apareció acompañado por otros dos miembros del comité.
Nadie mencionó el pastel durante los primeros minutos.
Me preguntaron por mi investigación.
Por mis objetivos.
Por qué quería estudiar allí.
Finalmente llegó la pregunta que llevaba años esperando.
—Isabel, ¿qué significa Harvard para ti?
Pensé en mi madre.
En su mano débil sujetando la mía.
En aquella última noche.
Respiré.

—Durante mucho tiempo pensé que significaba cumplir el sueño de mi madre. Pero ahora entiendo que ella no quería que viviera su sueño. Quería que tuviera la oportunidad de construir el mío.
El profesor Ramírez sonrió.
—Gracias, Isabel.
La entrevista terminó cuarenta minutos después.
No sabía si me aceptarían.
Pero cuando cerré la computadora sentí algo que no había sentido en años.
Paz.
Entonces comenzaron las llamadas.
Primero Diego.
Luego Valeria.
Después un número desconocido.
Contesté.
—¿Isabel Torres?
—Sí.
—Soy la decana de asuntos estudiantiles. Necesitamos su declaración sobre el incidente ocurrido ayer.
Mi estómago se tensó.
—¿Por qué?
—Porque hemos recibido información preocupante.
Hizo una pausa.
—Al parecer, no fue la primera vez que Diego Morales y Valeria Cruz sabotearon deliberadamente a otro estudiante.
Me quedé helada.
La decana continuó.
—Tres personas se presentaron esta mañana después de reconocerlos en el video.
Recordé mis propias experiencias.
La final de debate.
Mis trabajos.
Las oportunidades perdidas.
Quizá nunca habían sido accidentes.
Esa tarde me citaron en la universidad.
Cuando llegué, Diego y Valeria estaban esperando fuera de la oficina disciplinaria.
Valeria corrió hacia mí.
—Isa, por favor.
Me aparté.
—No me toques.
—Todo fue una estupidez.
Tenía los ojos rojos.
—Podemos arreglarlo.
Diego se acercó.
—Solo tienes que explicar que somos amigos y que fue una celebración que salió mal.
Lo miré.
—¿Quieres que mienta?
—Quiero que seas razonable.
Solté una pequeña risa.
La misma palabra.
Siempre debía ser yo quien entendiera.
Quien perdonara.
Quien sacrificara algo.
—No.
Valeria apretó los dientes.
—¿Vas a destruir nuestras vidas por una entrevista?
La miré directamente.
—Ustedes estuvieron dispuestos a destruir la mía por una apuesta.
La puerta se abrió.
—Señorita Torres.
La decana me invitó a entrar.
Sobre la mesa había varios expedientes.
Y entonces reconocí algunos nombres.
Compañeros que habían abandonado concursos.
Estudiantes que habían perdido becas.
Una joven que había dejado la universidad después de que un rumor destruyera su reputación.
Todos tenían algo en común.
Diego o Valeria habían estado cerca cuando ocurrió.
La investigación duró semanas.
Finalmente, la universidad determinó que existía un patrón de acoso, sabotaje y manipulación.
Valeria perdió varios privilegios académicos y ambos enfrentaron procedimientos disciplinarios.
Yo no celebré.
No necesitaba hacerlo.
Mi victoria no consistía en verlos caer.
Consistía en dejar de caer con ellos.
Dos meses después recibí un correo.
Lo abrí con las manos temblorosas.
Leí la primera línea.
Después otra vez.
Y otra.
Había sido admitida.
Me quedé completamente inmóvil.
Entonces busqué una fotografía de mi madre.
—Lo logramos, mamá.
Pero corregí mis propias palabras.
—No. Lo logré.
Sonreí entre lágrimas.
Por primera vez entendí la diferencia.
El día antes de marcharme, Diego apareció frente a mi residencia.
Parecía otra persona.
—Escuché lo de Harvard.
—Gracias.
—Isabel…
Bajó la mirada.
—Si pudiera volver atrás, no haría lo del pastel.
—Yo tampoco cambiaría ese día.
Me miró sorprendido.
—¿Por qué?
Tomé mi maleta.
—Porque necesitaba verlo para comprender quién eras.
Pasé junto a él.
—Y quién estaba permitiendo que yo dejara de ser.
No volvió a detenerme.
Meses después, caminé por el campus con una carpeta contra el pecho.
Pensé en aquella laptop destruida.
En la crema sobre mi rostro.
En las risas.
Diego había creído que podía convertir el día más importante de mi vida en una humillación.
Se equivocó.
Aquel pastel no destruyó mi oportunidad.
Destruyó la última excusa que me quedaba para seguir al lado de personas que jamás respetaron mis sueños.
Y cuando atravesé las puertas del edificio donde comenzaría mi nueva vida, comprendí finalmente la promesa que realmente le había hecho a mi madre.
No era llegar a Harvard.
Era no permitir que nadie volviera a convencerme de que debía hacerme pequeña para conservar su amor.