PARTE 2: ESTA VEZ, YO TAMBIÉN ELEGÍ.

Ethan tardó casi un minuto en responder.

“¿Qué quieres decir?”

Miré aquellas palabras y sentí una extraña calma.

Tres años atrás habría dado cualquier cosa por recibir un mensaje suyo.

Ahora ni siquiera sabía qué podía decirme que cambiara algo.

Escribí:

“Elegiste a Clara sabiendo perfectamente lo que significaba. No fue un accidente. No fue una deuda de la vida anterior. Fue tu decisión.”

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Finalmente llegó su respuesta.

“Necesito verte.”

“No.”

“Hannah, por favor.”

Apagué la pantalla.

En nuestra primera vida yo había pasado veinte años intentando conservar a un hombre que, en el fondo, nunca dejó de mirar hacia atrás. En esta vida no pensaba desperdiciar otros veinte esperando que decidiera mirarme a mí.

A la mañana siguiente recibí una llamada de mi madre.

No hablábamos desde hacía meses.

—Hannah, ¿Ethan se comunicó contigo?

Aquella fue su primera pregunta.

Ni siquiera preguntó cómo estaba.

Sonreí con amargura.

—Sí.

Mi madre suspiró.

—Entonces ya sabes lo de Clara.

—Sé que no puede tener hijos.

Hubo silencio.

Después pronunció la frase que hizo que todo encajara.

—Tu hermana está destrozada. Los Song necesitan un heredero y Ethan está bajo mucha presión. Tú eres su gemela, así que los médicos dicen que…

Me quedé helada.

—Termina la frase, mamá.

—Solo pensamos que podrías ayudar.

Cerré los ojos.

Otra vez.

Incluso después de haberle cedido mi prometido.

Incluso después de marcharme al otro lado del mundo.

Todavía querían que entregara otra parte de mí para completar la felicidad de Clara.

—¿Ayudar cómo?

Mi madre comenzó a llorar.

—Podrías regresar y hacerte unas pruebas. Existen tratamientos, alternativas…

—No.

—¡Hannah!

—Ya le entregué a Clara el hombre que quería. No le entregaré también mi futuro.

Colgué.

Aquella tarde compré un nuevo número de teléfono.

Pero antes de activarlo recibí otro mensaje.

Esta vez de Clara.

Una fotografía.

Ella y Ethan estaban sentados frente a una clínica.

Debajo había escrito:

“Él nunca dejó de pensar en ti.”

Me sorprendió.

No parecía una provocación.

Entonces llegó otro mensaje.

“Ven a buscarlo.”

Fruncí el ceño.

“¿Qué estás haciendo?”

Su respuesta apareció inmediatamente.

“Devolviéndote lo que siempre fue tuyo.”

Sentí rabia.

Por primera vez en tres años, la llamé.

Clara respondió enseguida.

—Hannah.

—Escúchame bien. Ethan no es un vestido que puedas quitarme, usar tres años y devolver cuando deja de servirte.

Ella guardó silencio.

—Yo pensé que esto era lo que quería —susurró finalmente.

—Lo era.

—No.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Yo quería ganar.

Aquellas palabras me dejaron inmóvil.

Clara continuó:

—Toda mi vida tú tenías cosas que yo no podía tener. Salud. Libertad. Amigos. Ethan. Todos me cuidaban porque estaba enferma, pero cuando él te miraba… yo desaparecía.

—Y por eso quisiste arrebatármelo.

—Sí.

No intentó negarlo.

—Pero después de casarnos entendí algo.

Respiró profundamente.

Ethan nunca fue mío.

Solté una risa seca.

—Se acostó contigo conscientemente. Se casó contigo conscientemente. No lo conviertas ahora en una víctima.

—No lo estoy haciendo.

Clara comenzó a llorar.

—Estoy diciendo que me eligió por culpa.

Mi mano se tensó alrededor del teléfono.

—¿Qué?

—Desde nuestra boda tiene pesadillas. A veces despierta diciendo tu nombre. Otras veces dice que esta vez tenía que salvarme.

Sentí frío.

Clara también lo sabía.

—¿Él te contó sobre nuestra vida anterior?

—Hace seis meses.

Todo quedó en silencio.

—Entonces sabes que volvimos.

—Sí.

Clara soltó una pequeña risa amarga.

—Y ahora también sé por qué me mirabas como si ya me hubieras enterrado.

No respondí.

—Hannah, yo no recuerdo esa vida. Pero Ethan sí. Y tú también.

Su voz bajó.

—Él se casó conmigo porque pensó que así podría corregir lo que ocurrió.

—Fue su elección.

—Lo sé.

—Entonces deja de llamarme.

Estaba a punto de colgar cuando Clara dijo algo inesperado.

—¿Sabes por qué no puedo tener hijos?

Me detuve.

—No.

—Porque nunca estuvimos intentando tenerlos.

Miré hacia el lago.

—Publicaste ácido fólico.

—Para ti.

Aquello me revolvió el estómago.

—¿Todo era mentira?

—Las fotografías felices no. Las publicaciones dirigidas únicamente a ti, sí.

Cerré los ojos.

Seguía siendo la misma Clara.

—Adiós.

—Espera. Hay algo más.

Su siguiente frase me dejó completamente inmóvil.

Ethan pidió el divorcio esta mañana.


Tres días después, alguien llamó a la puerta de mi apartamento.

No necesitaba abrir para saber quién era.

Miré por la mirilla.

Ethan.

Parecía haber envejecido años.

Abrí, pero no lo invité a entrar.

Nos quedamos frente a frente.

Durante tres años había imaginado aquel encuentro.

Creí que lloraría.

No ocurrió.

—Hannah…

—¿Ya estás divorciado?

Bajó la mirada.

—El proceso comenzó.

—Entonces todavía estás casado.

—No vine para pedirte que volvamos.

—¿Para qué viniste?

Ethan levantó los ojos.

Estaban rojos.

—Para decirte algo que debí decir antes de casarme con Clara.

Esperé.

—Cuando regresé a esta vida, recordaba mi muerte.

Su voz tembló.

—Recordaba mis últimas palabras. Recordaba haberte culpado en silencio durante años. Y recordaba a Clara muriendo porque nadie acudió a ella.

Apretó los puños.

—Pensé que si esta vez elegía salvarla, todo cambiaría.

—Y cambió.

—Sí.

Una lágrima cayó por su mejilla.

—Pero confundí reparar mi culpa con amar a Clara.

Lo miré en silencio.

—Cuando te fuiste, creí que era mejor. Pensé que finalmente eras libre de mí.

—Lo fui.

Aquella respuesta lo golpeó más que cualquier reproche.

—Hannah, yo todavía…

Levanté una mano.

—No.

Se calló.

—No digas que todavía me amas como si eso pudiera borrar tus decisiones.

Su rostro se quebró.

—¿No queda nada entre nosotros?

Miré al hombre que había amado durante casi dos vidas.

Y finalmente comprendí algo.

Podía perdonarlo sin volver a elegirlo.

—Queda una historia —respondí—. Pero ya terminó.

Ethan cerró los ojos.

Después asintió.

Esta vez no intentó detenerme cuando cerré la puerta.


Seis meses después regresé a casa.

No por Ethan.

Había recibido una oferta para incorporarme a un importante proyecto de investigación.

Mis padres fueron al aeropuerto.

Clara también.

Parecía más delgada.

Mi madre intentó abrazarme.

Yo retrocedí.

—Hannah…

—Podemos reconstruir nuestra relación. Pero no fingiré que nada ocurrió.

Mi padre bajó la cabeza.

Clara se acercó.

—Lo entiendo.

Por primera vez, no pidió que la perdonara.

Eso hizo más por ella que todas sus lágrimas anteriores.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—Doctora Rivera.

Me giré.

Un hombre sostenía una carpeta con el logotipo del instituto.

—Soy Daniel Moreno. Trabajaremos juntos en el nuevo proyecto.

Extendió la mano.

—He leído su investigación de Nueva Zelanda. Es extraordinaria.

Lo miré sorprendida.

No sabía quién había sido mi prometido.

No sabía que tenía una hermana gemela.

No conocía ninguna de aquellas historias.

Solo sabía quién era yo.

Estreché su mano.

—Encantada.

A lo lejos vi a Ethan.

Había venido también.

Nuestros ojos se encontraron.

Él sonrió ligeramente.

Yo hice lo mismo.

Y continué caminando.

Esta vez ninguno de los dos miró hacia atrás.

Porque finalmente entendí lo que nuestra segunda vida intentaba enseñarnos.

Volver a nacer no significaba recuperar aquello que habíamos perdido.

Significaba tener otra oportunidad para elegir diferente.

Ethan había elegido a Clara.

Clara había elegido competir conmigo.

Mis padres habían elegido proteger siempre a la hija que consideraban más débil.

Y durante demasiado tiempo yo había permitido que las decisiones de todos ellos determinaran mi vida.

Pero aquella mañana, mientras caminaba hacia mi propio futuro, comprendí que también tenía derecho a elegir.

No elegí recuperar a Ethan.

No elegí vengarme de Clara.

No elegí seguir esperando que mis padres finalmente me pusieran en primer lugar.

Me elegí a mí.

Y por primera vez en dos vidas, aquella elección fue suficiente.

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