PARTE 2: ÉL QUERÍA A MIS HIJOS Y MI INVESTIGACIÓN.

No respondí.

Subí al coche con Leo y Emma y cerré la puerta.

Solo cuando el aeropuerto desapareció detrás de nosotros permití que mis manos temblaran.

—Mamá —preguntó Leo—, ¿ese hombre es nuestro padre?

Miré a mis hijos.

Había imaginado aquella conversación cientos de veces, pero nunca de aquella manera.

—Sí.

Emma abrió mucho los ojos.

—¿Por qué nunca vino a vernos?

La pregunta me dolió más que cualquier cosa que Adrián hubiera dicho.

—Porque nuestras vidas tomaron caminos diferentes.

Leo permaneció callado.

Después preguntó:

—¿Ahora quiere llevarnos?

—Nadie va a separarnos.

—Se los prometo.

Aquella misma tarde llegamos al centro de investigación asociado con Harvard y la Universidad Médica de Ciudad Yun.

El proyecto Aurora llevaba cinco años consumiendo mi vida.

Habíamos desarrollado una técnica experimental destinada a regenerar determinados tejidos dañados utilizando células modificadas del propio paciente.

Todavía estaba en fase de investigación.

Todavía necesitábamos autorizaciones.

Y, sobre todo, no podía convertirse en el tratamiento privado de ninguna persona poderosa.

Mi colega, el doctor Daniel Xu, me esperaba en el laboratorio.

—Tenemos un problema.

—¿Adrián?

Daniel me entregó una carpeta.

—Gu Medical Holdings compró esta mañana el veintisiete por ciento de la empresa que financia nuestro laboratorio asociado.

Sentí un frío inmediato.

—¿Puede detener Aurora?

—No directamente.

Daniel hizo una pausa.

—Pero puede complicarnos la vida.

Entonces comprendí.

Adrián no me había encontrado por casualidad.

Había preparado mi regreso.

—¿Quién necesita el tratamiento?

Daniel evitó mis ojos.

—Vanessa Luo.

El nombre cayó sobre mí como una puerta cerrándose.

La mujer por la que Adrián había terminado nuestro matrimonio.

—¿Qué tiene?

—Una enfermedad degenerativa. Sus médicos creen que Aurora podría convertirse en una opción futura.

Solté una risa amarga.

Seis años atrás me había expulsado de su vida por Vanessa.

Ahora quería utilizar aquello que yo había construido después de perderlo todo para salvarla.

Mi teléfono vibró.

Mensaje de Adrián.

“Cena conmigo esta noche. Sin guardaespaldas. Sin niños. Hablemos de Aurora.”

Respondí:

“NO.”

Su respuesta llegó inmediatamente.

“Entonces mañana hablarán nuestros abogados.”

Apagué el teléfono.

—Que hablen.


A la mañana siguiente llegaron los documentos.

Adrián solicitaba formalmente establecer su paternidad y un régimen de contacto con los gemelos.

No intentaba llevárselos inmediatamente.

Eso habría sido demasiado evidente.

Había elegido una estrategia más inteligente.

Presentarse como un padre que acababa de descubrir la existencia de sus hijos.

Mi abogada, Sofía Chen, leyó todo dos veces.

—La cláusula del divorcio nos ayuda, pero no significa automáticamente que un tribunal ignore cuestiones relacionadas con los niños.

—Lo sé.

—Adrián tiene dinero, influencia y abogados excelentes.

—Yo tengo seis años de historial médico, escolar y financiero demostrando quién los crió.

Sofía sonrió.

—Por eso no estoy preocupada.

Cerró la carpeta.

—Pero hay algo extraño.

Sacó otro documento.

—Adrián afirma que intentó localizarte después del divorcio.

—Es mentira.

—Entonces necesitamos demostrarlo.

Recordé mis cuentas bloqueadas.

Mi tarjeta de acceso cancelada.

Los correos devueltos.

La orden dada a seguridad.

—Puedo demostrarlo.


Dos días después, Adrián apareció en la primera reunión de mediación.

Entró solo.

Parecía no haber dormido.

—¿Dónde están Leo y Emma?

—En la escuela.

—Quiero verlos.

—Cuando exista un acuerdo adecuado y ellos estén preparados.

Su mandíbula se tensó.

—También son mis hijos.

—Entonces empieza comportándote como alguien que piensa en ellos y no como propietario de algo que acaba de descubrir.

Guardó silencio.

Después deslizó una carpeta hacia mí.

—Vanessa está empeorando.

Ni siquiera la abrí.

—No es asunto mío.

—Aurora puede ayudarla.

—Aurora todavía no es un tratamiento aprobado.

—Necesito que entre en el programa.

—No.

—Puedo financiar toda tu investigación.

—No.

—Puedo construirte un instituto completo.

—No.

Finalmente perdió la calma.

—¡Puede morir!

Lo miré directamente.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que altere criterios científicos porque tú lo ordenas?

—Quiero que tengas humanidad.

Aquellas palabras me hicieron reír.

—¿Humanidad?

Me incliné hacia él.

—La noche antes de nuestro divorcio tenía fiebre. ¿Lo recuerdas?

Adrián se quedó inmóvil.

—No.

—Exactamente.

El silencio se volvió insoportable.

Entonces abrió otra carpeta.

—Si Vanessa entra en Aurora, retiraré mi solicitud urgente relacionada con los niños.

Sentí que algo dentro de mí se volvía hielo.

Sofía levantó inmediatamente la cabeza.

—Señor Gu, le recomiendo pensar cuidadosamente lo que acaba de decir.

Adrián comprendió demasiado tarde.

La reunión estaba siendo registrada oficialmente.

Acababa de relacionar el acceso a sus propios hijos con una ventaja para Vanessa.

Me puse de pie.

—Gracias.

—Elena…

—Acabas de darme exactamente lo que necesitaba.

Salí.


Aquella noche ocurrió algo inesperado.

Emma despertó llorando.

—Mamá.

Corrí hacia ella.

—¿Qué sucede?

—Hay alguien afuera.

Miré por la ventana.

Un automóvil negro estaba estacionado frente al edificio.

Mi corazón se aceleró.

Llamé a seguridad.

Minutos después descubrimos que no pertenecía a Adrián.

El conductor había huido.

Pero había dejado un sobre en recepción.

Dentro había fotografías.

Yo llevando a los niños a la escuela.

Leo jugando.

Emma entrando en una librería.

Y una fotografía tomada aquel mismo día desde el exterior del laboratorio.

En la parte posterior alguien había escrito:

“ABANDONA AURORA.”

Llamé inmediatamente a Adrián.

Contestó al primer tono.

—¿Dónde están los niños?

—Conmigo. ¿Mandaste seguirnos?

—¿Qué?

Le envié una fotografía del sobre.

Su voz cambió.

—No salgas del apartamento.

—No me des órdenes.

—Elena, escúchame. Eso no viene de mí.

—¿Cómo puedo saberlo?

Hubo silencio.

Entonces dijo algo que no esperaba.

—Porque yo recibí uno igual.


Veinte minutos después llegó acompañado únicamente por un abogado.

Traía otro sobre.

Dentro había fotografías de Adrián entrando en Gu Medical Holdings.

Y el mismo mensaje.

“ABANDONA AURORA.”

Lo observé.

—¿Quién más conoce el proyecto?

—Muy pocas personas.

—¿Vanessa?

Adrián negó.

—Ella sabe que existe un programa experimental. No conoce los detalles.

Entonces mi teléfono sonó.

Era Daniel.

Contesté.

—Elena, entra inmediatamente al servidor.

Abrí el portátil.

Mi contraseña funcionó.

Pero la carpeta principal estaba vacía.

Sentí que dejaba de respirar.

—Daniel…

—Alguien descargó archivos del proyecto hace cuarenta minutos.

—¿Cuáles?

Su respuesta me heló.

—Todos.

Adrián se acercó a la pantalla.

—¿Quién tenía acceso?

Daniel guardó silencio.

—Elena, había tres credenciales autorizadas.

—La tuya, la mía y la del director científico.

—Ya revisé las nuestras.

—¿Entonces?

Daniel respiró profundamente.

—La descarga se realizó utilizando tus credenciales.

Miré la pantalla.

—Eso es imposible.

—Hay algo más.

Apareció un archivo de seguridad.

Una cámara del laboratorio había captado a alguien entrando en mi despacho durante la madrugada.

La imagen era borrosa.

Daniel avanzó varios fotogramas.

Finalmente apareció un rostro.

Adrián dejó escapar una respiración seca.

Yo sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Conocía a aquella mujer.

La había visto seis años atrás.

Era la persona que había llevado personalmente el acuerdo de divorcio hasta mi habitación.

Adrián miró la pantalla.

—Eso no puede ser.

—¿Quién es?

Tardó varios segundos en responder.

Cuando finalmente lo hizo, su voz apenas fue un susurro.

—Mi madre.

Lo miré sin comprender.

Pero Adrián parecía todavía más aterrorizado que yo.

—Elena, hay algo sobre nuestro divorcio que nunca supiste.

Se volvió hacia mí.

—Yo no ordené que bloquearan tus cuentas. Tampoco ordené que te echaran de la casa.

Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.

—Entonces ¿quién lo hizo?

Adrián miró nuevamente la imagen congelada de su madre entrando en mi laboratorio.

—La misma persona que sabía que estabas embarazada antes de que firmáramos el divorcio.

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