Nathan abrió la puerta de vidrio y entró en el estudio.
Su mirada pasó de Chloe a mí y después se detuvo sobre el formulario de matrimonio que descansaba en mi escritorio.
Por primera vez, vi desaparecer aquella seguridad absoluta que siempre lo acompañaba.
—Elena…
Chloe se levantó inmediatamente.
—Nathan, llegaste.
Intentó tomarlo del brazo, pero él se apartó.
—¿Qué haces aquí?
Ella parpadeó.
—Vine a encargar mi vestido.
—Te pregunté qué haces aquí.
La frialdad de su voz habría asustado a cualquiera.
A mí ya no.
Chloe señaló el formulario.
—Pensé que Elena podría diseñarlo. Después de todo, es la mejor.
Entonces me miró con una sonrisa apenas disimulada.
—Y conoce tus gustos mejor que nadie.
Nathan entendió inmediatamente.
Ella había venido a provocarme.
—Sal —ordenó.
—Nathan…
—Ahora.
Chloe recogió lentamente su bolso.
Antes de marcharse, se inclinó hacia mí.
—Espero que puedas asistir a la boda.
Nathan golpeó el escritorio con la palma.
—¡Chloe!
Ella finalmente salió.
El silencio que quedó fue insoportable.
Nathan se acercó.
—Elena, puedo explicarlo.
Continué ordenando unos bocetos.
—No hace falta.
—Lo que dijo Chloe…
—¿Qué parte?
Levanté la mirada.
—¿La solicitud de matrimonio?
Su rostro se tensó.
—¿Los cinco meses?
Calló.
—¿La cirugía que hiciste pensando en ella?
Nathan palideció.
Por fin comprendió que no acababa de descubrir su traición.
Llevaba días despidiéndome de él en silencio.
—Escuchaste aquella conversación.
—Cada palabra.
Nathan cerró los ojos.
—Entonces ¿por qué no dijiste nada?
—Porque ya no había nada que preguntar.
—Elena, yo te amo.
Casi me hizo reír.
—Lo sé. Me lo explicaste perfectamente.
Me levanté.
—Me amas porque crees que nunca me iré.
Él intentó tomar mi mano.
Retrocedí.
Fue un movimiento pequeño.
Pero Nathan se quedó inmóvil.
Durante cinco años nunca había rechazado su contacto.
—La situación con Chloe no es como piensas.
—¿Vas a casarte con ella?
Silencio.
—Nathan.
—El informe todavía necesita aprobación definitiva.
Sonreí.
Ahí estaba.
Ni siquiera podía decir que no.
—Entonces sí.
—Hay circunstancias que no entiendes.
—No necesito entenderlas.
Tomé un sobre del cajón y lo dejé frente a él.
Dentro estaban las llaves de su apartamento, la tarjeta principal que me había entregado años atrás y los documentos de la propiedad que puso a mi nombre.
—No quiero nada tuyo.
Nathan miró el contenido.
—¿Qué significa esto?
—Que terminé de empacar.
Su cabeza se levantó de golpe.
—¿Empacar?
—Ya no vivo contigo.
El hombre que había dicho delante de sus compañeros que jamás me marcharía dejó de respirar durante un instante.
—¿Dónde estás viviendo?
—Ya no es asunto tuyo.
—Elena, deja de actuar por impulso.
Aquello terminó de matar lo poco que quedaba.
—¿Impulso?
Lo miré directamente.
—Tú llevas cinco meses con otra mujer. Presentaste una solicitud para casarte con ella mientras regresabas cada noche a mi cama. Permitiste que todos tus compañeros supieran que yo era la única idiota que seguía esperando.
Mi voz no tembló.

—Y ahora resulta que irme es actuar por impulso.
Nathan apretó la mandíbula.
—Nunca quise hacerte daño.
—Ese es tu problema. Crees que tus intenciones importan más que tus decisiones.
Tomé el formulario y se lo entregué.
—Cásate con Chloe.
Caminé hacia la puerta.
Él me sujetó de la muñeca.
—No.
Lo miré.
Nathan aflojó inmediatamente los dedos.
—No puedes terminar cinco años así.
—Tú los terminaste hace cinco meses.
Y me marché.
Durante las siguientes dos semanas, Nathan llamó treinta y siete veces.
No respondí ninguna.
Ryan vino al estudio.
Tampoco lo recibí.
Después llegaron flores.
Regalos.
Cartas.
Todo terminó devuelto.
Por primera vez en cinco años, dejé de organizar mi vida alrededor de Nathan Cole.
Acepté un proyecto de diseño que había rechazado meses atrás porque requería trasladarme durante un año.
Entregué mi apartamento.
Cancelé los servicios compartidos.
Y solicité formalmente que Nathan dejara de aparecer como contacto de emergencia.
Cada pequeño trámite cortaba otro hilo entre nosotros.
Entonces, una tarde, Ryan me esperó frente al estudio.
—Elena, por favor.
Intenté pasar de largo.
—Nathan canceló la solicitud.
Me detuve.
Ryan respiró aliviado.
—Sabía que te importaría.
Lo miré.
—No me importa.
Su expresión cambió.
—Pero…
—Que no se case con Chloe no significa que yo quiera casarme con él.
—Está destrozado.
—Sobrevivirá.
Ryan bajó la cabeza.
—Fuimos unos cobardes.
No respondí.
—Todos sabíamos lo de Chloe —continuó—. Le dijimos que estaba cometiendo un error, pero nadie te contó nada.
—Exactamente.
—Lo siento.
—Yo también.
Y seguí caminando.
Tres días después recibí una llamada inesperada.
Era Chloe.
—Necesito verte.
—No.
—Nathan me dejó.
—Eso tampoco es asunto mío.
—Hay algo que no sabes.
Estuve a punto de colgar.
Entonces dijo:
—Nathan nunca iba a casarse conmigo por amor.
Guardé silencio.
—¿Qué quieres decir?
Chloe soltó una risa amarga.
—Pregúntale por qué presentó realmente aquel informe.
La llamada terminó.
Aquella noche encontré a Nathan esperando frente a mi nuevo apartamento.
Parecía no haber dormido durante días.
—¿Cómo encontraste esta dirección?
—Ryan.
Suspiré.
—Entonces también tendré que dejar de hablar con Ryan.
Nathan bloqueó suavemente mi camino.
—Solo cinco minutos.
—Tienes uno.
Sacó un documento de su chaqueta.
—Chloe tenía información relacionada con una investigación interna. Me acerqué a ella por eso.
Lo miré fijamente.
—¿Y también necesitabas acostarte con ella para investigar?
Nathan bajó la mirada.
Eso fue suficiente.
—Vete.
—Cometí errores.
—No. Tomaste decisiones.
—Cancelé el matrimonio.
—Felicidades.
—¡Elena!
Su voz se quebró.
Era la primera vez que lo escuchaba perder realmente el control.
—¿Qué quieres que haga?
Lo pensé durante un segundo.
—Nada.
—Dime cómo recuperarte.
—No puedes.
Aquella respuesta pareció golpearlo más fuerte que cualquier grito.
—Te esperaré.
Negué.
—No hagas conmigo lo que yo hice contigo.
Nathan quedó en silencio.
Saqué una tarjeta de mi bolso.
—Mañana me voy.
La leyó.
Era el billete de avión correspondiente al proyecto que había aceptado.
Salida: 07:10.
Un año fuera.
Nathan levantó los ojos.
—No puedes irte mañana.
—Ya ves que sí puedo.
Entré al edificio.
Esta vez no intentó detenerme.
A la mañana siguiente llegué al aeropuerto antes del amanecer.
Cuando anunciaron el embarque, apagué el teléfono.
No quería despedidas.
No quería explicaciones.
Solo quería avanzar.
Entregué mi tarjeta de embarque.
Entonces escuché pasos corriendo detrás de mí.
—¡Elena!
No necesité girarme.
Nathan.
Había llegado demasiado tarde.
Seguí caminando.
—¡Espera!
Me detuve únicamente cuando el empleado pidió mi pasaporte.
Nathan permaneció al otro lado de la barrera.
—Te amo.
Lo miré por última vez.
Cinco años atrás, habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras acompañadas de una propuesta.
Ahora solo sentía paz.
—Lo sé.
Sus ojos se llenaron de desesperación.
—Entonces quédate.
Negué suavemente.
—Amarte nunca debió significar abandonarme a mí misma.
Entregué mi pasaporte y crucé el control.
No miré atrás.
Un año después regresé convertida en directora creativa de una firma internacional. Mi trabajo llevaba mi nombre y mi vida ya no dependía de las promesas de nadie.
Nathan nunca se casó con Chloe.
Pero tampoco volvió a tenerme.
Porque algunas personas creen que pueden posponer el amor indefinidamente mientras la otra persona espera.
Hasta que un día descubren la verdad.
LA MUJER QUE CREÍAN INCAPAZ DE MARCHARSE YA APRENDIÓ A VIVIR SIN ELLOS.