Durante varios segundos, nadie habló.
Margaret fue la primera en reaccionar.
—¿Policía? ¿Qué tonterías estás diciendo?
Ethan seguía en el suelo, mirándome con desesperación.
—Mamá, ven aquí —dijo rápidamente—. Ahora.
—¿Qué ocurrió?
Él abrió la boca, pero no consiguió responder.
Tomé la última hoja de la carpeta y la dejé frente a él.
—Díselo tú.
Margaret elevó la voz.
—¡Claire, deja de jugar y dime qué está pasando!
—Su hijo utilizó tres millones de yuanes del Proyecto Horizon para mantener a su amante.
Silencio.
Después escuché una respiración brusca.
—Eso es imposible.
—Pregúntele.
—Ethan jamás haría algo semejante.
Miré a mi esposo.
—Adelante. Dile que estoy mintiendo.
Ethan bajó la cabeza.
Ese gesto respondió por él.
La voz de Margaret cambió inmediatamente.
Ya no sonaba indignada.
Sonaba asustada.
—Voy para allá.
Colgó.
Ethan se levantó lentamente.
—Claire, podemos resolver esto antes de que llegue mamá.
—No existe ningún “nosotros” que tenga que resolverlo.
—¡Soy tu esposo!
—Hasta que el juez firme.
Aquellas palabras parecieron golpearlo.
Caminó hacia mí.
—¿Ya presentaste la demanda?
—Esta mañana.
Su rostro volvió a palidecer.
Mientras Ethan regresaba de su supuesto viaje de negocios creyendo que todavía controlaba su matrimonio, yo ya había iniciado legalmente el final.
—¿Cómo pudiste hacerme esto?
Lo miré durante varios segundos.
Me sorprendió la pregunta.
—¿Hacerte qué?
—¡Destruir nuestra familia!
Solté una risa breve.
—Tienes razón. Debí pensar en nuestra familia antes de que tú crearas otra.
Ethan cerró los ojos.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
Olivia.
Los dos vimos el nombre.
—Contesta —dije.
—No.
—Hace unos minutos dijiste que ella te manipuló. Quizá quiera escuchar cómo piensas abandonarla.
—Claire…
—Contesta.
Ethan rechazó la llamada.
Volvió a sonar inmediatamente.
La rechazó otra vez.
Entonces llegó un mensaje.
“¿Ya se lo dijiste?”
Fruncí el ceño.
Ethan escondió la pantalla demasiado tarde.
—¿Decirme qué?
—Nada.
—Dame el teléfono.
—Es privado.
Sonreí.
—Después de utilizar nuestro dinero para mantenerla durante tres años, perdiste el derecho a pedirme confianza.
Ethan retrocedió.
Y comprendí que todavía escondía algo.
En ese momento sonó el timbre.
Margaret entró sin esperar permiso.
—¿Dónde están esos documentos?
Ni siquiera me saludó.
Fue directamente hacia su hijo.
Ethan intentó detenerla.
—Mamá…
Ella vio las fotografías.
Después los extractos.
Finalmente encontró las transferencias.
Su rostro se deformó.
—¿Doce millones?
Lo golpeó en el hombro con la carpeta.
—¡¿Perdiste la cabeza?!
Ethan apretó los dientes.
—Puedo recuperarlos.
—¿Y los tres millones de Horizon?

Él no respondió.
Margaret se volvió hacia mí.
Pensé que finalmente entendería.
Me equivoqué.
—Claire, tienes que retirar la denuncia.
La miré con incredulidad.
—¿Perdón?
—Si esto se hace público, destruirás su carrera.
—Él destruyó su carrera.
—¡Es tu marido!
—Y precisamente por eso tengo pruebas.
Margaret se acercó.
—Piensa en estos cinco años. Ethan cometió un error, pero los matrimonios atraviesan dificultades.
—Una amante durante tres años no es una dificultad.
Señalé las fotografías.
—Un hijo secreto tampoco.
—Los hombres exitosos reciben tentaciones.
Aquella frase terminó de borrar cualquier duda que pudiera quedarme.
—Entonces puede llevárselo.
Margaret apretó los labios.
—¿Cuánto quieres?
Ethan levantó la cabeza.
—Mamá…
—Cállate.
Ella me miró fijamente.
—Cinco millones.
No respondí.
—Ocho.
Seguí en silencio.
—Diez millones y desapareces de la vida de Ethan sin presentar cargos.
Me levanté.
—¿Sabe qué resulta curioso?
Margaret frunció el ceño.
—Los doce millones que su hijo regaló a Olivia salieron, en gran parte, de bienes que también me pertenecían.
Me acerqué a ella.
—Está intentando comprar mi silencio con menos dinero del que él ya me robó.
Margaret palideció.
Antes de que pudiera responder, alguien golpeó nuevamente la puerta.
Esta vez eran dos abogados de mi empresa.
Ethan los reconoció.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Claire…
El mayor colocó un maletín sobre la mesa.
—Señora Miller, tenemos los resultados de la auditoría urgente.
Margaret se dejó caer en el sofá.
El abogado abrió varios documentos.
—Las irregularidades del Proyecto Horizon no se limitan a tres millones.
Ethan levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué significa eso?
—Encontramos seis transferencias adicionales.
Sentí que mi estómago se cerraba.
Ni siquiera yo conocía aquello.
—¿Cuánto?
El abogado me miró.
—Nueve millones cuatrocientos mil yuanes adicionales.
Ethan saltó.
—¡Eso es mentira!
—Todas fueron autorizadas utilizando sus credenciales.
—¡Yo no hice esas transferencias!
Por primera vez aquella noche, creí que estaba diciendo la verdad.
No porque confiara en él.
Sino porque su terror era diferente.
Miró desesperadamente los registros.
—Esas fechas…
Pasó las páginas rápidamente.
—Yo estaba fuera del país.
El abogado asintió.
—Eso también comprobamos.
Margaret se acercó.
—Entonces alguien utilizó su cuenta.
Pensé inmediatamente en Olivia.
Ethan también.
Tomó su teléfono y la llamó.
Esta vez puso el altavoz.
Ella respondió casi inmediatamente.
—Cariño.
—¿Fuiste tú?
Silencio.
—¿De qué hablas?
—¡Los nueve millones!
Margaret se llevó una mano a la boca.
Olivia tardó varios segundos en responder.
Después soltó una risa.
—Así que Claire finalmente encontró todo.
Ethan quedó inmóvil.
—¿Qué hiciste?
—Lo que tú me enseñaste.
—¡Ese dinero pertenece a la empresa!
—Y los primeros tres millones también.
—¡Yo autoricé tres, no doce!
La habitación quedó completamente en silencio.
Acababa de confesar.
El abogado encendió discretamente la grabadora de su teléfono.
Olivia volvió a reír.
—No te preocupaba cometer un delito cuando pensabas que era por nosotros.
—Devuelve el dinero.
—No puedo.
—¿Qué significa que no puedes?
—Ya no está.
Ethan perdió el color.
—¿Dónde está mi hijo?
Hubo otra pausa.
Entonces Olivia dijo algo inesperado.
—No vuelvas a llamarlo así.
Ethan dejó de respirar.
—¿Qué?
—El niño no es tuyo.
Margaret soltó un grito ahogado.
Ethan parecía incapaz de comprender.
—Estás mintiendo.
—¿Recuerdas que siempre te negaste a hacer una prueba?
—Olivia…
—Te convenía creer que era tuyo.
La voz de Ethan se quebró.
—¿Quién es el padre?
Olivia permaneció callada.
—¡¿QUIÉN ES?!
Entonces alguien llamó desde el otro lado de la línea.
Una voz masculina.
La reconocí.
También Ethan.
Su rostro se volvió completamente blanco.
Era Richard Cole, su socio y director financiero del Proyecto Horizon.
Olivia habló apresuradamente.
—Tengo que irme.
La llamada terminó.
Ethan miró al abogado.
Después me miró a mí.
Todas las piezas acababan de encajar.
Richard tenía acceso a las credenciales financieras.
Richard podía autorizar operaciones cuando Ethan estaba fuera.
Y Richard llevaba meses insistiendo en que el Proyecto Horizon sufría “problemas de liquidez”.
Pero antes de que nadie pudiera hablar, el abogado recibió un correo.
Lo abrió.
Su expresión se volvió grave.
—Claire, tenemos un problema.
—¿Qué ocurre?
Giró la computadora hacia mí.
Había una transferencia internacional ejecutada apenas diecisiete minutos antes.
Cuarenta y seis millones de yuanes habían desaparecido de las cuentas del Proyecto Horizon.
Margaret comenzó a temblar.
Ethan negó con la cabeza.
—No…
El abogado señaló el destino.
Una sociedad registrada en el extranjero.
Luego mostró el nombre del autorizado.
Ethan Miller.
Él retrocedió.
—Yo no fui.
Entonces escuchamos sirenas acercándose a la casa.
Ethan corrió hacia la ventana.
Tres vehículos policiales acababan de detenerse frente a la entrada.
Se volvió hacia mí con auténtico terror.
—Claire, tienes que creerme. Esta vez no fui yo.
Las luces azules iluminaron su rostro.
Y antes de que pudiera responder, alguien golpeó con fuerza la puerta.
—Policía. Señor Ethan Miller, abra inmediatamente.