PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE SER SU ESPOSA PERFECTA.

Salí del restaurante sin volver la cabeza.

Daniel no me siguió.

Al menos, no inmediatamente.

Eso también decía mucho de nuestro matrimonio.

Durante tres años había creído que su tranquilidad significaba madurez. Aquella noche comprendí que muchas veces solo significaba que estaba convencido de que yo siempre estaría allí cuando decidiera regresar.

Pedí un automóvil.

Cuando llegué a casa, encendí todas las luces del salón y contemplé aquel apartamento como si fuera la primera vez que entraba.

La mitad de los muebles los había elegido Daniel.

La otra mitad los había elegido yo pensando en Daniel.

Incluso mi vida parecía diseñada alrededor de un hombre que acababa de decir delante de siete personas que yo servía para casarse, pero no para amar.

Fui al dormitorio.

Saqué una maleta.

No lloré.

Doblé mis camisas, guardé documentos y metí el ordenador en su funda.

Cuando estaba cerrando la maleta, escuché la puerta principal.

Daniel había regresado.

—¿Qué estás haciendo?

—Preparando algunas cosas.

Miró la maleta.

—¿Vas a irte por una discusión absurda?

Me incorporé.

—¿Absurda?

—Olivia hizo un comentario sobre algo que dije cuando tenía veinte años. Tú convertiste eso en una humillación pública.

Solté una pequeña risa.

—¿Yo te humillé?

—Sabías perfectamente lo que estabas haciendo.

Se acercó.

—Dijiste delante de todos que no me amas.

—Tú dijiste exactamente lo mismo primero.

—No.

Su voz se endureció.

—Dije que matrimonio y amor son conceptos diferentes.

—Y yo estuve de acuerdo.

Aquello lo dejó sin respuesta.

Daniel estaba acostumbrado a discutir conmigo mientras yo intentaba reparar las cosas.

Pero aquella noche yo ya no estaba intentando salvar nada.

Su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

No necesitaba preguntar quién era.

—¿Olivia?

Daniel guardó el teléfono.

—Está preocupada porque piensa que provocó una pelea.

—Qué considerada.

—Clara.

—Respóndele. No quiero interrumpir una conversación importante.

—Estás siendo infantil.

Cerré la maleta.

—No. Estoy aplicando tu filosofía.

Lo miré directamente.

—Olivia te hace sentir relajado. Es dulce. Conoce tus recuerdos. Tú recuerdas cómo le gusta el pescado y hasta le pelas los camarones.

Señalé la maleta.

—Yo soy práctica, incisiva y adecuada para administrar un matrimonio.

—Perfecto.

—Entonces administraré nuestra separación con la misma eficiencia.

Daniel palideció.

—¿Separación?

—Dormiré unos días fuera.

—¿Por esto?

—No.

Tomé mi bolso.

—Por todo lo que esta noche finalmente me permitió ver.

Intentó sujetar el asa de la maleta.

Aparté su mano.

—No me toques.

Por primera vez apareció miedo verdadero en sus ojos.

—Clara, no exageres.

—Mañana hablaremos.

—¿De qué?

Abrí la puerta.

—De si queda algo entre nosotros que valga la pena conservar.


Dormí en casa de mi amiga Julia.

A la mañana siguiente tenía diecisiete llamadas perdidas.

Doce eran de Daniel.

Tres de mi suegra.

Dos de números desconocidos.

También había un mensaje de Olivia.

“Clara, siento muchísimo lo ocurrido. Daniel y yo solo somos amigos. Espero que no destruyas tu matrimonio por un malentendido.”

Lo leí dos veces.

Después hice una captura de pantalla y bloqueé el número.

No tenía intención de competir por mi propio esposo.

Si había que competir, ya había perdido el interés en el premio.

A las nueve llegué a la oficina.

Mi directora me esperaba con una carpeta.

—Clara, aprobaron tu traslado.

Me quedé inmóvil.

Había solicitado aquel puesto cuatro meses atrás.

Directora regional de estrategia de marca.

Dos años en otra ciudad.

Cuando se lo mencioné a Daniel, su respuesta había sido inmediata:

“¿Para qué necesitas irte? Yo gano suficiente.”

Después añadió:

“Algún día tendremos hijos. Deberías pensar en nuestra familia.”

Así que había rechazado la entrevista final.

Pero una semana antes, mi directora me había pedido que reconsiderara.

Sin decirle nada a Daniel, acepté continuar con el proceso.

—¿Cuándo tendría que incorporarme?

—En tres semanas.

Miré el contrato.

Por primera vez en mucho tiempo, una decisión importante dependía únicamente de mí.

—Acepto.


Esa noche regresé al apartamento.

Daniel estaba sentado en el salón.

Parecía no haber dormido.

Sobre la mesa había comida.

Mi comida favorita.

No había cilantro.

—Hice la cena —dijo.

—No tengo hambre.

—Tenemos que hablar.

Me senté frente a él.

Daniel respiró profundamente.

—Bloqueaste a Olivia.

—Sí.

—Me llamó para preguntarme si estabas bien.

Lo observé.

—¿Y tú cómo sabes que la bloqueé?

Silencio.

La respuesta era evidente.

Olivia había intentado escribirme, descubrió el bloqueo y llamó inmediatamente a mi esposo.

Daniel se frotó la frente.

—No quiero discutir otra vez.

—Entonces no discutamos.

Saqué una carpeta de mi bolso.

Su expresión cambió.

—¿Qué es eso?

—Mi contrato de traslado.

Lo abrió.

Leyó la primera página.

Después levantó la cabeza.

—¿Dos años?

—Sí.

—¿Cuándo solicitaste esto?

—Hace meses.

—¿Y no pensabas decírmelo?

Casi sonreí ante la ironía.

—Pensaba rechazarlo.

—¿Entonces?

—Ahora lo aceptaré.

Daniel dejó caer los documentos sobre la mesa.

—Estamos casados. No puedes tomar una decisión así tú sola.

—Curioso.

Me incliné hacia él.

—Anoche decidiste tú solo qué clase de esposa soy, qué lugar ocupa Olivia en tu vida y cuánto amor necesito para permanecer casada contigo.

—No compares.

—Precisamente estoy comparando.

Su mandíbula se tensó.

—No voy a mudarme.

—No te lo he pedido.

Aquello lo golpeó.

—¿Qué significa eso?

—Que yo me voy.

Daniel se levantó.

—¿Y nuestro matrimonio?

—Eso dependerá de nosotros.

—¡Soy tu esposo!

—Exactamente.

También me puse de pie.

—No eres mi dueño.

El timbre sonó.

Daniel respiró con fuerza y abrió.

Olivia estaba al otro lado.

Llevaba una bolsa de comida entre las manos.

—Daniel, pensé que quizá no habías cenado…

Entonces me vio.

—Clara.

Nadie habló.

Miré la bolsa.

Después miré a Daniel.

—Qué rápido encontró nuestra dirección.

Olivia se apresuró a explicar:

—Daniel me la dio hace mucho.

—Claro.

Tomé mi bolso.

Daniel bloqueó mi camino.

—No te vayas.

Olivia bajó la mirada.

—Quizá debería marcharme yo.

—Sí —respondí.

Daniel se volvió hacia mí.

—No tienes que tratarla así.

Y allí estaba.

Otra vez.

Incluso después de todo, su primer impulso seguía siendo protegerla de mi incomodidad.

Algo dentro de mí terminó de apagarse.

—Gracias.

Daniel frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque durante las últimas veinticuatro horas seguía preguntándome si estaba tomando una decisión impulsiva.

Miré a Olivia.

Después a él.

—Acabas de darme la respuesta.

Saqué un sobre del bolso y lo dejé sobre la mesa.

Daniel lo abrió.

Su rostro perdió el color.

—Clara…

—Mañana tengo una cita con un abogado.

—¿Quieres divorciarte?

—Quiero saber cuáles son mis opciones.

Daniel apretó el documento.

—No puedes destruir tres años por Olivia.

Negué lentamente.

—Todavía no lo entiendes.

Abrí la puerta.

—Esto nunca fue por Olivia.

—Entonces, ¿por qué?

Lo miré por última vez.

—Porque ella regresó y me permitió descubrir cómo me has mirado tú durante todo nuestro matrimonio.

Salí.

Pero antes de que el ascensor llegara, escuché un golpe dentro del apartamento.

Después, la voz de Olivia.

—Daniel, hay algo que nunca te conté sobre la razón por la que regresé.

Las puertas del ascensor comenzaron a abrirse.

Daniel respondió:

—¿Qué cosa?

Entonces escuché las siguientes palabras.

Y mi mano quedó suspendida sobre el botón.

—Regresé porque hace cuatro años tu madre me pagó para desaparecer de tu vida.

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