Durante los seis días siguientes, Adrian me llamó treinta y cuatro veces.
No respondí ninguna.
También dejó mensajes en nuestro apartamento, en recepción, con enfermeras del quirófano e incluso con una residente que apenas me conocía.
“Bella, necesito explicártelo.”
“Lo de Chloe no es lo que parece.”
“Por favor, no hagas nada impulsivo.”
Aquella última frase casi me hizo reír.
Él llevaba meses preparando un compromiso con otra mujer y temía que la impulsiva fuera yo.
Mientras Adrian intentaba encontrarme, yo estaba en la capital, sentada frente a una mesa de nogal donde doce miembros de la junta directiva de Sinclair Medical Group esperaban mi decisión.
Mi padre estaba a mi derecha.
Mi madre, al fondo, me observaba con los ojos húmedos.
Sobre la mesa había una carpeta.
Hospital Saint Matthew.
La abrí.
Y comprendí por qué mi padre había insistido en que leyera los documentos antes de regresar.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—Hace ocho meses adquirimos el cuarenta y siete por ciento —respondió mi padre—. La negociación para obtener el control mayoritario terminó ayer.
Pasé otra página.
El nombre de Richard Bennett apareció frente a mí.
Director ejecutivo.
Debajo había informes financieros, contratos cuestionables y varias decisiones administrativas pendientes de auditoría.
—¿Bennett sabe quién representa a Sinclair en la nueva junta?
Mi padre negó con la cabeza.
—Solo sabe que mañana llegará la nueva presidenta.
Levanté la mirada.
—Perfecto.
El compromiso de Adrian y Chloe se celebraría mañana en el salón principal del Saint Matthew.
La ironía era casi demasiado perfecta.
El hospital donde durante cinco años me habían tratado como una médica sin apellido sería el mismo lugar donde recuperaría el mío.
A la mañana siguiente me vestí de blanco.
No elegí un vestido espectacular ni joyas llamativas.
Llevé un traje sencillo, el cabello recogido y, en la mano derecha, el anillo con el sello Sinclair que mi abuelo me había entregado cuando cumplí dieciocho años.
Cuando el automóvil negro se detuvo frente al hospital, tres miembros de la junta bajaron conmigo.
El primero fue el doctor Harrison Cole, presidente del consejo médico nacional.
La segunda, Margaret Sinclair, mi madre.
El tercero fue mi padre.
Los empleados que estaban junto a la entrada comenzaron a murmurar.
—¿Es William Sinclair?
—¿Qué hace aquí?
—¿Sinclair compró el hospital?
Entré sin detenerme.
Por primera vez, nadie me llamó Bella Reed.
El salón principal estaba decorado con flores blancas y doradas.
Más de doscientas personas habían acudido al compromiso.
Cirujanos.
Directores.
Inversores.
Miembros de las familias Whitmore y Bennett.
Entonces vi a Adrian.
Traje negro.
Corbata gris.
La misma que yo le había regalado por nuestro cuarto aniversario.
A su lado estaba Chloe, radiante, con aquel anillo brillando bajo las lámparas.
Adrian me vio.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Bella.
Chloe siguió su mirada.
—¿Quién la invitó?
Richard Bennett apareció detrás de ellos.
—Señorita Reed, usted ya no trabaja aquí.
Mi padre dio un paso adelante.
El silencio comenzó a extenderse.
Bennett lo reconoció y perdió la sonrisa.
—Señor Sinclair…
—Director Bennett —respondió mi padre.
Bennett miró de él hacia mí.
Luego hacia mi madre.
Su rostro empezó a palidecer.
Yo avancé.
—No se preocupe. No he venido como empleada.
Adrian bajó la mirada hacia mi mano.
Vio el sello.
Y entendió.
—Isabella… —susurró.
Fue la primera vez que pronunció mi verdadero nombre.
Chloe frunció el ceño.
—¿Isabella?
El presidente Cole tomó el micrófono destinado al anuncio del compromiso.
—Antes de continuar con la celebración, Sinclair Medical Group debe realizar una comunicación institucional.
Las conversaciones murieron.
—Desde esta mañana, el grupo Sinclair posee el cincuenta y ocho por ciento de Saint Matthew.
Bennett se quedó inmóvil.
Cole continuó:
—La presidencia ejecutiva del nuevo consejo corresponderá a la representante designada por la familia propietaria.
Se volvió hacia mí.
—Doctora Isabella Sinclair, bienvenida a su hospital.
El salón explotó en murmullos.
Chloe retrocedió.
Adrian parecía incapaz de respirar.
—¿Sinclair? —repitió—. ¿Tú eres…?
—La mujer a la que ocultaste durante cinco años.
No levanté la voz.
No era necesario.
Adrian se acercó.
—Bella, escúchame.
—Doctora Sinclair —lo corregí.

El golpe fue pequeño.
Pero vi cómo le atravesó el rostro.
—Puedo explicarte lo de Chloe.
Ella lo miró bruscamente.
—¿Explicarle qué?
Adrian guardó silencio.
Chloe empezó a comprender que aquella ceremonia tenía una historia que nadie le había contado.
—Adrian —dijo—. ¿Qué significa esto?
Él no respondió.
Yo sí.
—Significa que hasta hace una semana vivía conmigo.
El silencio fue brutal.
—Y que durante cinco años me dijo que algún día se casaría conmigo.
La madre de Adrian se levantó de una mesa.
—¡Eso es absurdo!
La reconocí por las fotografías.
Eleanor Whitmore.
La mujer que durante años supuestamente “todavía no estaba preparada” para conocerme.
—Mi hijo jamás habría pensado seriamente en casarse con una mujer como…
Se detuvo.
Demasiado tarde.
—¿Como qué? —pregunté.
Su rostro se tensó.
—No conocíamos tu verdadera situación.
Sonreí.
—Exactamente.
Adrian cerró los ojos.
Por fin parecía comprender algo que yo había aprendido demasiado tarde:
su familia no me había rechazado por quién era, sino por quién creían que era.
Richard Bennett intentó intervenir.
—Quizá deberíamos hablar de asuntos corporativos otro día.
Abrí la carpeta que llevaba conmigo.
—Precisamente quería hablar de asuntos corporativos.
Saqué tres documentos.
—La nueva junta ha iniciado una auditoría.
Bennett perdió el color.
Chloe se acercó a su padre.
—¿Qué auditoría?
—Contratos, adquisiciones y fondos de investigación —respondí.
Dejé el primer informe sobre una mesa.
—Hay irregularidades.
Adrian me miró fijamente.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
Richard Bennett no parecía preocupado por perder su cargo.
Parecía aterrorizado por algo mucho peor.
Se inclinó hacia Chloe y le susurró algo.
Ella palideció.
Adrian lo vio.
—¿Qué sucede?
Ninguno respondió.
En ese instante, mi teléfono vibró.
Era un mensaje del abogado principal de Sinclair.
Abrí el archivo adjunto.
Habían encontrado transferencias ocultas relacionadas con Saint Matthew.
Pero el nombre que aparecía autorizándolas no era Richard Bennett.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Leí nuevamente.
No podía ser.
Adrian se acercó.
—Isabella, ¿qué viste?
Bloqueé la pantalla.
—Nada.
Pero él ya había alcanzado a leerlo.
Su rostro se volvió blanco.
Porque debajo de las transferencias aparecía una firma digital.
ADRIAN WHITMORE.
—Yo nunca autoricé eso —susurró.
Entonces las puertas del salón se abrieron.
Dos investigadores entraron acompañados por seguridad.
Uno sostuvo una carpeta sellada.
—Doctor Whitmore, necesitamos hablar con usted.
Adrian me miró.
Por primera vez no vi arrogancia ni excusas en sus ojos.
Vi miedo.
El investigador abrió la carpeta.
—Tenemos motivos para creer que alguien dentro de este hospital utilizó sus credenciales para desviar fondos y manipular expedientes clínicos.
Chloe dejó caer su copa.
El cristal estalló.
Y mientras todos miraban a Adrian, yo miré a Richard Bennett.
Él estaba sonriendo.
Entonces comprendí que el compromiso nunca había sido únicamente una boda.
Y que Adrian quizá no era el único que llevaba cinco años mintiéndome.