Los siguientes días, papá comenzó a regalar sus cosas.
Primero fueron sus libros.
Después sus relojes.
Luego las plantas que cuidaba todas las mañanas.
Yo no entendía por qué.
—Papá, ¿ya no te gustan?
Él sonrió y me acarició la cabeza.
—Me gustan mucho. Pero hay cosas que deben quedarse con las personas que todavía pueden disfrutarlas.
Aquella respuesta me hizo sentir un nudo extraño en el pecho.
Mamá seguía llegando tarde.
Algunas noches ni siquiera regresaba.
Cada vez que aparecía, hablaba por teléfono con abogados, representantes y periodistas para intentar limpiar la reputación de Nathan.
Nunca preguntaba por qué papá estaba cada día más delgado.
Una tarde llegaron nuevamente los hombres de traje.
Papá me sentó junto a él.
Sobre la mesa había muchas carpetas.
—Lily, escribe tu nombre aquí.
Tomé el bolígrafo con ambas manos.
—¿Otra vez?
Papá soltó una pequeña risa.
—Otra vez.
Escribí lentamente:
Lily Parker.
Un abogado observó a papá.
—Señor Parker, con esto queda constituido el fideicomiso. La señorita Lily será la única beneficiaria cuando alcance la edad establecida.
No entendí casi nada.
Papá sí.
—¿Y nadie podrá tocarlo?
—Nadie.
—¿Ni Laura?
El abogado negó.
—Ni siquiera su madre.
Papá cerró los ojos con alivio.
Entonces comprendí algo.
Los veinte millones que había pedido a mamá nunca habían sido para él.
Tampoco la casa de la playa.
Papá estaba reuniendo todo lo que podía antes de marcharse.
Para mí.
Aquella noche mamá regresó furiosa.
—¿Transferiste la casa a un fideicomiso?
Papá estaba sentado en el sofá.
—Sí.
—¡Me dijiste que la querías a tu nombre!
—Y estuvo a mi nombre.
Mamá lanzó la carpeta sobre la mesa.
—¡Después la transferiste inmediatamente a Lily!
Papá levantó los ojos.
—Es mi hija.
—¡También es mi hija!
—Entonces deberías alegrarte de que tenga un lugar donde vivir.
Mamá se quedó sin palabras.
Nathan apareció detrás de ella.
—Hermano, Laura solo está preocupada. Últimamente estás tomando decisiones muy extrañas.
Papá lo miró.
—¿Extrañas para quién?
Nathan guardó silencio.
Yo observaba desde las escaleras.
Mamá parecía querer gritar otra vez.
Pero entonces vio que papá tenía una mano apoyada sobre el pecho.
—Ethan…
Él intentó levantarse.
No pudo.
Sus piernas cedieron.
—¡Papá!
Corrí hacia él.
Papá cayó de rodillas.
Mamá dio un paso adelante.
—¿Qué te pasa?
Papá respiraba con dificultad.
Por primera vez, vi verdadero miedo en los ojos de mamá.

—¡Llama a una ambulancia! —gritó.
Nathan sacó el teléfono.
Horas después, estábamos en el hospital.
Yo esperaba fuera mientras los adultos hablaban.
Entonces escuché al médico.
—La enfermedad está en una etapa muy avanzada.
Mamá se quedó inmóvil.
—¿Enfermedad?
El doctor la miró sorprendido.
—¿Usted no lo sabía?
Ella negó lentamente.
El médico revisó el expediente.
—El señor Parker lleva meses recibiendo tratamiento.
Mamá miró hacia la habitación.
—¿Meses?
—Su estado se ha deteriorado mucho. Debe prepararse para un desenlace cercano.
Mamá se apoyó contra la pared.
Nathan intentó tomarle la mano.
Ella se apartó.
—¿Tú lo sabías?
Nathan palideció.
—¿Qué?
—Vivías entrando y saliendo de nuestra casa. ¿Nunca viste los medicamentos?
—Laura, yo…
Mamá no respondió.
Entró en la habitación.
Papá abrió los ojos.
Ella se sentó a su lado.
—¿Por qué no me dijiste que estabas enfermo?
Papá tardó varios segundos en contestar.
—Lo hice.
Mamá frunció el ceño.
—No.
—Hace cinco meses.
Su voz era apenas un susurro.
—Estabas mirando el teléfono. Nathan te había enviado un mensaje.
Mamá se quedó congelada.
Papá continuó:
—Te dije que los médicos habían encontrado algo grave.
Cerró los ojos.
—Me respondiste que hablaríamos después.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de mamá.
—Ethan…
—Nunca llegó ese después.
Yo estaba junto a la puerta.
No entendía por qué mamá lloraba ahora.
Papá había estado enfermo delante de ella todos los días.
Ella simplemente no había querido verlo.
Mamá intentó tocarle la mano.
Papá la retiró.
—No quiero pasar el tiempo que me queda discutiendo.
—Podemos buscar otros médicos.
—Ya los busqué.
—Podemos ir al extranjero.
—Ya fui.
Cada respuesta parecía romper algo dentro de ella.
Entonces papá señaló una carpeta.
—Firma eso.
Mamá la abrió.
Era el acuerdo definitivo sobre mi custodia y mis bienes.
—¿Quieres apartarme de Lily?
—Quiero protegerla.
—¡Soy su madre!
Papá la miró durante mucho tiempo.
—Entonces empieza a comportarte como una.
Mamá lloró.
Pero firmó.
Mi cumpleaños llegó seis días después.
Papá había prometido estar conmigo.
Y cumplió.
Celebramos en la habitación del hospital.
Había globos.
Un pastel pequeño.
Y siete velas.
Papá estaba demasiado débil para levantarse, así que acerqué mi silla a su cama.
—Pide un deseo conmigo.
Él sonrió.
—El cumpleaños es tuyo.
—Pero yo tengo muchos cumpleaños. Tú puedes usar este.
Papá comenzó a llorar.
Apagué las velas por los dos.
Después me entregó una caja.
Dentro había cartas.
Muchas.
Cada sobre tenía una edad escrita.
“Ocho años.”
“Diez años.”
“Quince años.”
“Graduación.”
“Primer trabajo.”
Y una que decía:
“EL DÍA QUE SIENTAS QUE ESTÁS SOLA.”
—¿Qué son?
—Pedacitos de papá.
—¿Para cuando seas estrella?
Él cerró los ojos.
—Sí.
Lo abracé con muchísimo cuidado.
Aquella noche, mamá apareció con flores.
Pero papá ya dormía.
Ella permaneció sentada junto a él hasta el amanecer.
Por primera vez en mucho tiempo, Nathan llamó y mamá rechazó la llamada.
Después volvió a llamar.
Ella apagó el teléfono.
Pero ya era demasiado tarde.
A la mañana siguiente llegaron dos abogados.
Uno colocó una carpeta frente a mamá.
—Señora Parker, debemos informarle que su esposo dejó instrucciones definitivas.
Mamá levantó la vista.
—¿Qué instrucciones?
—El patrimonio destinado a Lily queda protegido por un fideicomiso independiente. También dejó pagada su educación y designó tutores financieros hasta su mayoría de edad.
Mamá miró a papá.
Él seguía dormido.
—¿Cuándo preparó todo esto?
El abogado respiró hondo.
—Durante los últimos meses.
Después sacó otro documento.
—Además, el señor Parker dejó una declaración relacionada con Nathan Parker.
Mamá palideció.
—¿Nathan?
El abogado colocó una memoria sobre la mesa.
—Su esposo sospechaba que el escándalo de las fotografías no era lo único que el señor Nathan estaba ocultando.
Mamá dejó de respirar.
—¿Qué significa eso?
Antes de que pudiera responder, mi teléfono infantil comenzó a sonar.
Era un número desconocido.
Contesté.
—¿Hola?
Una voz masculina habló.
—¿Lily?
—Sí.
Hubo un silencio.
—Soy el señor que trabaja con tu papá. Necesito que le digas a tu mamá que Nathan intentó retirar dinero de una de las cuentas protegidas esta mañana.
Miré a mamá.
—Dice que el tío Nathan quiso sacar mi dinero.
Su rostro se volvió blanco.
El abogado se levantó inmediatamente.
Pero entonces la puerta se abrió.
Nathan estaba allí.
Ya no tenía aquella sonrisa amable.
Miró las carpetas.
Luego la memoria.
Finalmente miró a papá.
—Así que Ethan alcanzó a contarlo todo antes de morir.
Mamá se puso de pie lentamente.
—¿Contar qué?
Nathan comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.
Y desde la cama llegó una voz débil.
—Cuéntaselo tú, Nathan. Dile por qué necesitabas que yo muriera antes de cambiar mi testamento.