—Siete meses.
La respuesta salió de mis labios con absoluta calma.
Dominic se quedó inmóvil.
Sus ojos descendieron hacia mi vientre y después volvieron al informe médico que sostenía entre las manos.
—Siete meses… —repitió.
Hizo un cálculo mental.
Su rostro perdió todavía más color.
—Entonces ya estabas con él cuando…
—Cuando tú vivías felizmente con Vanessa, sí.
Vanessa apretó los labios.
—Qué rápido encontraste reemplazo.
Adrian dio un paso adelante, pero sujeté suavemente su brazo.
No necesitaba que me defendiera.
No esta vez.
—¿Reemplazo? —pregunté—. Vanessa, tú te acostaste con mi esposo mientras mi madre acababa de morir.
Su expresión se congeló.
—Después aceptaste convertir mi matrimonio en una apuesta.
Me acerqué a la mesa.
—Y cuando regresé, arrojaste por una ventana lo último que conservaba de mi madre.
—No hables de reemplazos cuando llevas años intentando vivir con las cosas que me pertenecían.
Vanessa palideció.
Dominic, sin embargo, seguía mirando la ecografía.
—¿Es un niño?
No respondí.
—Claire, te pregunté si es un niño.
—Eso tampoco te concierne.
Adrian tomó la ecografía y la guardó cuidadosamente dentro del sobre.
Ese pequeño gesto pareció enfurecer a Dominic más que cualquier insulto.
—¡No la toques!
Adrian levantó la mirada.
—Es mi esposa.
—¡Fue mía primero!
El silencio cayó sobre el reservado.
Sentí algo extraño al escuchar aquellas palabras.
No dolor.
Repulsión.
—Nunca fui tuya, Dominic.
Él me miró.
—Fuiste mi esposa.
—Y tú convertiste nuestro matrimonio en un juego.
Señalé la caja que había llevado conmigo.
Dentro estaban las noventa y nueve fotografías.
Las había conservado durante dos años.
No porque quisiera torturarme.
Sino porque representaban pruebas.
La empujé hacia él.
—¿Las recuerdas?
Dominic no respondió.
—Noventa y nueve fotografías. Me las entregaste como regalo de aniversario.

Vanessa desvió la mirada.
—Pensabas que aquello demostraría cuánto poder tenías sobre mí.
Abrí la caja.
—Pero cada fotografía demuestra otra cosa.
Saqué varias imágenes.
Hoteles.
Restaurantes.
Apartamentos.
Viajes pagados con una tarjeta vinculada a una cuenta empresarial.
Dominic frunció el ceño.
—¿Qué estás insinuando?
Uno de los abogados de Adrian colocó una carpeta sobre la mesa.
—Que parte de esos gastos fueron cargados a Hale Development como reuniones comerciales.
Dominic dejó de respirar por un instante.
Vanessa se levantó.
—Me voy.
—Siéntate —ordenó Dominic.
—No tienes derecho a hablarme así.
—¡Siéntate!
Ella lo miró con furia.
Por primera vez, aquella pareja perfecta comenzaba a resquebrajarse delante de mí.
Adrian permaneció tranquilo.
—Claire no regresó únicamente por el collar.
Dominic me miró.
—¿Qué quieres?
—Lo que pertenece a mi madre.
—El collar ya cayó.
—No hablo solamente del collar.
Saqué otro documento.
Mi madre había invertido en Hale Development cuando Dominic todavía intentaba conseguir financiación para su primer gran proyecto.
Tras su muerte, ciertas participaciones debían pasar a mí.
Pero durante el caos de mi divorcio, nunca fueron transferidas correctamente.
Dominic leyó la primera página.
Su rostro cambió.
—Esto no puede ser.
—Puede.
—Esas acciones pertenecen a mi familia.
—No todas.
El abogado intervino.
—La señora West posee derechos sobre el dieciocho por ciento de las participaciones actualmente disputadas.
Vanessa miró a Dominic.
—Me dijiste que controlabas toda la compañía.
Él no respondió.
—Dominic.
—¡Cállate, Vanessa!
Ella golpeó la mesa.
—¡Deja de mandarme callar!
Yo los observé en silencio.
Dos años atrás habría sentido placer viendo cómo se destruían.
Ahora solo quería terminar.
Me puse de pie.
—Mis abogados se comunicarán contigo.
Dominic reaccionó inmediatamente.
—Claire, espera.
—No tenemos nada más que hablar.
—Sí tenemos.
Miró a Adrian.
—Quiero hablar contigo a solas.
—No.
—Fuimos esposos durante dos años.
—Precisamente por eso sé que no debo hacerlo.
Tomé la mano de Adrian.
Entonces Vanessa soltó una carcajada amarga.
—Déjala ir, Dominic.
Él giró la cabeza.
—¿Qué dijiste?
—Que la dejes ir.
Vanessa cruzó los brazos.
—¿O ahora resulta que la amas?
Dominic guardó silencio.
Aquello fue suficiente.
La sonrisa de Vanessa desapareció.
—Increíble.
—No empieces.
—¡Pasaste dos años diciéndome que ella era aburrida! Que nuestro matrimonio era más emocionante. Que Claire regresaría cuando tú quisieras.
Dominic apretó los puños.
—Vanessa.
—¿Y ahora qué? ¿Está embarazada de otro hombre y de repente la quieres?
Dominic golpeó la mesa.
—¡He dicho que basta!
El ruido hizo que me sobresaltara.
Adrian se colocó inmediatamente entre Dominic y yo.
—No vuelvas a hacer eso delante de mi esposa.
Dominic lo miró con odio.
Pero no avanzó.
Entonces Vanessa comenzó a reír.
Una risa extraña.
Casi desesperada.
—Todo esto por un embarazo.
Tomó el informe sobre la esterilidad de Dominic.
—Qué ironía.
Dominic se volvió hacia ella.
—¿Qué significa eso?
Vanessa se quedó quieta.
Había hablado demasiado.
—Nada.
—¿Qué significa?
—Dije que nada.
Dominic le arrebató el bolso cuando intentó marcharse.
—¡Devuélvemelo!
El contenido cayó al suelo.
Cosméticos.
Llaves.
Recibos.
Y un sobre de una clínica de fertilidad.
Vanessa palideció.
Dominic lo recogió.
—¿Qué es esto?
—Dámelo.
Lo abrió.
Sus ojos recorrieron el documento.
Después levantó lentamente la cabeza.
—Tú sabías que era estéril.
Vanessa no respondió.
—¿Desde cuándo?
Silencio.
—¡¿DESDE CUÁNDO?!
—Desde antes de que te divorciaras de Claire.
Sentí que incluso Adrian se tensaba.
Dominic parecía incapaz de comprender.
—Entonces… ¿sabías que Claire no era el problema?
Vanessa tragó saliva.
—Sí.
—¿Y dejaste que mi madre la humillara durante años?
—Eso no era asunto mío.
Lo miré.
Dominic cerró los ojos.
Por primera vez entendía una fracción de lo que yo había soportado.
Pero Vanessa todavía no había terminado.
—Además, no fui yo quien ocultó el primer informe.
Dominic abrió los ojos.
—¿Qué?
Vanessa retrocedió.
—Pregúntale a tu madre.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Mi madre sabía?
Vanessa sonrió con amargura.
—Tu madre recibió los resultados antes que Claire. Los escondió porque necesitaba que todos creyeran que ella era estéril.
Dominic se quedó paralizado.
Yo también.
Eso no lo sabía.
Entonces uno de los abogados de Adrian recibió un mensaje.
Se acercó y le mostró la pantalla.
Adrian frunció el ceño.
—Claire.
—¿Qué ocurre?
Me entregó el teléfono.
El equipo enviado a recuperar el collar había localizado la pieza.
Pero también había encontrado algo inesperado.
Una diminuta cápsula metálica estaba escondida dentro del jade.
Según el mensaje, contenía una tarjeta de memoria.
Sentí que las piernas se debilitaban.
Mi madre había diseñado aquel collar semanas antes de morir.
—¿Qué hay dentro? —pregunté.
El abogado negó lentamente.
—Todavía no lo sabemos.
Entonces llegó un segundo mensaje.
Esta vez acompañado por una fotografía.
En la tarjeta había una pequeña etiqueta escrita a mano.
Reconocí inmediatamente la letra de mi madre.
Solo contenía cuatro palabras.
“PARA CLAIRE. SOBRE LOS HALE.”