Parte 2: LA CAJA FUERTE

Una hora después, Justin y yo entramos en la oficina de Kenneth.

Ninguno habló durante el trayecto.

Ya había suficiente rabia dentro del automóvil.

La combinación funcionó al primer intento.

Cuando abrí la caja fuerte, esperaba encontrar contratos ocultos, cuentas bancarias o documentos relacionados con el dinero desaparecido.

Encontré todo eso.

Pero debajo había una carpeta médica.

Y mi nombre estaba escrito en la portada.

SABRINA ROLLINS.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Qué es eso? —preguntó Justin.

No respondí.

Abrí la carpeta.

Cinco años antes, poco después de casarnos, Kenneth y yo habíamos intentado formar una familia. Después de meses sin conseguirlo, acudimos a una clínica.

Recordaba perfectamente al especialista sentado frente a nosotros.

Recordaba su expresión seria.

Recordaba a Kenneth apretándome la mano mientras el médico explicaba que mis posibilidades eran extremadamente bajas.

Yo había llorado durante semanas.

Kenneth me abrazaba cada noche.

—No necesito hijos para amarte.

Aquellas palabras habían sido uno de los motivos por los que permanecí a su lado incluso cuando nuestro matrimonio empezó a deteriorarse.

Ahora sostenía el informe original.

Lo leí dos veces.

Luego una tercera.

—Sabrina —dijo Justin—. Estás blanca.

Le entregué la página.

Los resultados no decían lo que yo recordaba.

No había ningún diagnóstico definitivo que indicara que yo no pudiera tener hijos.

Al contrario.

Había una recomendación para repetir ciertas pruebas porque los primeros resultados eran inconclusos.

—Entonces ¿por qué te dijeron otra cosa?

Seguí revisando.

Encontré una transferencia.

Cincuenta mil dólares.

Kenneth había pagado aquella cantidad al médico exactamente cuatro días antes de nuestra consulta final.

Debajo había un correo impreso.

Solo una línea.

“Necesito que ella crea que el problema es suyo.”

Tuve que sentarme.

Justin dejó escapar una maldición.

—¿Por qué haría algo así?

Encontramos la respuesta en otra carpeta.

Un acuerdo prenupcial complementario.

Mi abuelo había incluido una cláusula dentro del fideicomiso familiar: si yo tenía descendencia, una parte importante de mis acciones quedaría protegida automáticamente para mis hijos.

Kenneth nunca podría controlarla.

Si no los tenía, él podía beneficiarse de determinadas disposiciones patrimoniales como cónyuge.

Mi dolor había sido una estrategia financiera.

Durante cinco años había creído que mi cuerpo me había fallado.

Kenneth había pagado para que creyera esa mentira.

Me levanté.

—Quiero copias de todo.

Justin ya estaba fotografiando documentos.

Entonces encontró algo detrás de la carpeta.

Una memoria USB.

La conectamos al ordenador de Kenneth.

Había decenas de archivos.

Listas de clientes.

Contratos.

Proyectos todavía confidenciales de Rollins Global.

Y transferencias a una empresa llamada Meridian Strategic Consulting.

Justin frunció el ceño.

—Nunca escuché ese nombre.

Yo sí.

—Es una competidora fantasma.

—¿Qué significa?

—Una empresa que aparece en licitaciones importantes, presiona precios y después desaparece.

Abrí las propiedades de varios documentos.

Kenneth había estado entregándoles información interna.

Fechas.

Ofertas.

Presupuestos.

No solo quería quedarse con mis acciones. Llevaba años vendiendo secretos de mi familia.

Mi teléfono sonó.

Era el hospital.

Contesté.

—¿Señora Rollins?

—Sí.

—El procedimiento terminó. Su esposo está estable.

Cerré los ojos brevemente.

—Gracias.

—También pidió hablar con usted urgentemente.

—Puede esperar.

Colgué.

Justin me observó.

—¿Qué vas a hacer?

Metí las copias en mi carpeta.

—Lo que debí hacer hace seis meses.

—¿Divorciarte?

—Eso es lo menos importante.


Cuando regresamos al hospital, Kenneth estaba solo.

Maya había sido trasladada a otra habitación.

Su arrogancia había desaparecido.

—Sabrina.

Dejé la carpeta sobre una silla.

—Encontré los informes.

Su rostro cambió.

No necesitaba preguntarle cuáles.

—Puedo explicarlo.

—Cinco años creyendo que no podía formar una familia.

—Escúchame.

—Cincuenta mil dólares al doctor.

Kenneth cerró los ojos.

—No entiendes.

—Entonces ayúdame.

Mi voz permaneció tranquila.

—¿Qué parte no entiendo? ¿La mentira médica, el dinero desaparecido o la venta de información empresarial?

Kenneth abrió los ojos de golpe.

Eso era lo que realmente le asustaba.

—¿Entraste en los archivos?

—Me diste la combinación.

—No tenías derecho.

Me reí.

—Qué elección tan interesante de palabras.

Intentó incorporarse.

—Meridian no es lo que crees.

—Entonces ¿qué es?

No respondió.

—Mañana entregaré todo al consejo de Rollins Global.

—¡No!

El monitor junto a él aceleró su ritmo.

—Sabrina, si haces eso, vas a destruir mucho más que nuestro matrimonio.

—Eso ya lo hiciste tú.

Me giré.

—Y el lunes solicitaré formalmente el divorcio.

—Espera.

No me detuve.

Entonces Kenneth dijo algo que sí consiguió hacerlo.

—Tu padre lo sabía.

Me giré lentamente.

—¿Qué?

—Parte de esto.

—Mientes.

—Pregúntale.

—Mi padre jamás habría permitido que manipularas mis informes médicos.

—No hablo de eso.

Kenneth tragó saliva.

—Hablo de Meridian.

Justin dio un paso adelante.

—Cuidado con lo que dices.

Kenneth soltó una risa amarga.

—¿Creéis que pude mover millones sin que nadie del consejo lo descubriera?

Mi teléfono comenzó a sonar.

Papá.

Miré la pantalla.

Kenneth también la vio.

—Contesta.

No lo hice.

—¿Qué sabes de mi padre?

—Mucho.

—Habla.

Kenneth miró hacia la puerta.

Después bajó la voz.

—Meridian no estaba comprándome información.

—¿Entonces?

—La estaba almacenando.

—¿Para quién?

Antes de responder, dos hombres con traje aparecieron en el pasillo.

No eran médicos.

Tampoco policías.

Kenneth perdió completamente el color.

—¿Cómo saben que estoy aquí?

Justin se giró.

—¿Quiénes son?

Kenneth arrancó el cable del monitor y trató de levantarse.

Una enfermera corrió hacia él.

—Señor Rollins, debe permanecer acostado.

—Tenemos que salir.

—¿Qué?

Me agarró del antebrazo.

—Sabrina, escúchame por una vez. Coge la memoria y vete.

Lo miré incrédula.

—Hace diez minutos querías impedírmelo.

—Porque pensé que todavía teníamos tiempo.

Los hombres se acercaban.

Kenneth susurró:

—No abras el archivo llamado “Northstar”.

—¿Por qué?

Su expresión me dio más miedo que cualquier cosa encontrada en la caja fuerte.

—Porque si ya copiaste ese archivo, ellos no vienen por mí.

Miró directamente hacia mi bolso.

—Vienen por ti.

Justin se colocó delante de mí.

En ese instante apareció seguridad del hospital y obligó a los desconocidos a detenerse.

Aproveché la confusión.

Abrí el portátil.

Busqué la memoria.

NORTHSTAR.

Introduje la contraseña que había encontrado escrita dentro de la caja fuerte.

El archivo se abrió.

Había fotografías.

Nombres.

Transferencias.

Informes médicos.

Y una lista titulada:

PROGRAMA DE SUCESIÓN ROLLINS.

Mi nombre estaba en la primera línea.

Debajo aparecía el de Kenneth.

Y después, inesperadamente, el de Maya.

Pero lo que me dejó sin respiración fue la última columna.

“Autorización”.

Allí figuraba una firma digital.

La conocía desde niña.

La había visto en tarjetas de cumpleaños, contratos y cartas familiares.

Era la firma de mi padre.

Mi teléfono volvió a sonar.

Papá.

Esta vez respondí.

No tuve oportunidad de hablar.

—Sabrina —dijo con voz temblorosa—, cierra ese archivo inmediatamente.

Miré a Kenneth.

Él también había escuchado.

—Papá… ¿qué es Northstar?

Hubo un silencio demasiado largo.

Entonces mi padre respondió:

—Lo que Kenneth te hizo es imperdonable.

Respiró profundamente.

—Pero si descubres por qué se casó realmente contigo, vas a entender que su aventura con Maya era el menor de nuestros problemas.

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