PARTE 2: LA VERDAD QUE VANESSA OCULTÓ DURANTE SEIS AÑOS.

—¿Vanessa?

Mi voz apenas salió.

Julian hizo una señal al asistente.

—Llévenla a la sala privada. Que seguridad del aeropuerto avise a la policía.

—¡Espera!

Lo sujeté del brazo.

—¿Qué tiene que ver Vanessa con Sophie?

Julian me miró.

—Más de lo que imaginamos.

Sentí la pequeña mano de Sophie aferrándose a la mía.

No podía discutir aquello delante de ella.

—Primero mis hijos.

Julian asintió.

Nos condujeron a una sala VIP protegida. Una médica del aeropuerto examinó a Sophie mientras Liam permanecía a su lado.

—Estoy bien, mamá —susurró Sophie.

Le besé la frente.

—Lo sé, cariño.

Pero yo sabía que no era verdad.

Durante meses había buscado una explicación para sus síntomas.

Y ahora alguien afirmaba que mi hija había sido intoxicada deliberadamente.

Cuando los niños quedaron con la médica, salí al pasillo.

Julian me esperaba.

—Habla.

Sacó su teléfono.

—Hace tres meses, la muestra de Sophie generó una coincidencia parcial conmigo. El laboratorio contactó al departamento médico de Blackwood Foundation.

—¿Y empezaste a investigarnos?

—Empecé a investigar por qué una niña de Boston compartía conmigo marcadores genéticos tan específicos.

—Podrías haberme llamado.

Su expresión se endureció.

—Lo intenté.

Me mostró una lista de correos devueltos y llamadas bloqueadas.

Fruncí el ceño.

Aquella dirección electrónica era antigua.

—No uso esa cuenta desde Harvard.

—Alguien respondió desde ella hace dos años.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué decía?

Julian abrió un mensaje.

“Emma Bennett no desea mantener ningún contacto con la familia Blackwood. Sus hijos no tienen relación con ustedes. No vuelvan a buscarla.”

Lo miré.

—Yo nunca escribí eso.

—Ahora lo sé.

El silencio entre nosotros se volvió pesado.

—¿Vanessa?

—Su dirección IP apareció vinculada a varios accesos.

Apreté los puños.

—¿Cómo pudo acceder?

Julian bajó la mirada.

—Porque después del divorcio le permití entrar demasiado en mi vida.

Aquella confesión llegó seis años tarde.

—Ese fue tu problema, Julian.

—Lo sé.

—No. Tu problema fue creerle a ella antes que a tu esposa.

No respondió.

Por primera vez, el poderoso Julian Blackwood parecía no tener defensa.

Entonces llegaron dos agentes.

Entre ellos caminaba Vanessa.

Seguía siendo hermosa.

Elegante.

Perfectamente arreglada.

Pero cuando me vio, su rostro se transformó.

—Emma.

Después miró hacia la sala donde estaban los niños.

—Así que realmente regresaste.

Julian dio un paso hacia ella.

—¿Qué le hiciste a Sophie?

Vanessa abrió mucho los ojos.

—¿De qué estás hablando?

—Encontraron sustancias sospechosas en las muestras médicas.

Ella soltó una risa nerviosa.

—¿Y me culpas a mí? Ni siquiera conozco a esa niña.

Uno de los agentes colocó sobre una mesa una bolsa transparente.

Dentro había varios frascos pequeños.

—Fueron encontrados en su equipaje.

Vanessa palideció.

—Son medicamentos.

—Entonces no tendrás problema en explicar por qué coinciden con los compuestos que los médicos están investigando.

Su expresión cambió.

Miró a Julian.

—¿Vas a creerles?

Él no respondió.

Vanessa se acercó.

—Julian, después de todo lo que hice por ti…

—¿Qué hiciste por mí?

La pregunta la detuvo.

—Estuve contigo cuando ella te abandonó.

Solté una risa amarga.

—¿Cuando yo lo abandoné?

Vanessa me miró con odio.

—Siempre fuiste una desagradecida.

—Yo renuncié a Harvard por él.

—Nadie te obligó.

Julian cerró los ojos.

Aquellas palabras parecieron golpearlo.

—Basta.

Vanessa se volvió hacia él.

—¿Ahora vas a defenderla?

—Quiero la verdad.

—¿Qué verdad?

Julian sacó otro documento.

—La de tu supuesta enfermedad cardíaca.

Vanessa quedó inmóvil.

Yo también.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

Julian me entregó el informe.

—Mis investigadores revisaron sus expedientes originales.

Leí rápidamente.

No había cardiopatía grave.

No había riesgo inmediato.

Varias de aquellas crisis habían sido exageradas.

Algunas ni siquiera tenían respaldo clínico.

Recordé aquella noche lluviosa.

La llamada.

Julian abandonándome.

Mi caída sobre el pavimento.

Vanessa había utilizado una enfermedad falsa para sacarlo de nuestro matrimonio.

—¿Por qué? —pregunté.

Ella me miró.

Y entonces dejó de fingir.

—Porque él debía ser mío.

Julian retrocedió.

—¿Todo aquello fue mentira?

—Te amaba.

—Eso no responde.

Vanessa comenzó a llorar.

—¡Ella te estaba quitando de mi lado!

—Emma era mi esposa.

—¡Porque tu familia la eligió!

El grito resonó por el pasillo.

Vanessa respiraba con dificultad.

—Yo estuve antes que ella. Yo te conocía antes. Pero apareció Emma, la brillante Emma, la perfecta Emma, y todos decidieron que era mejor para ti.

La observé en silencio.

—Entonces destruiste mi matrimonio.

—Tú te marchaste.

—Después de que manipulaste a mi esposo durante años.

Julian bajó la cabeza.

—No puede culparte solo a ti.

Lo miré sorprendida.

Él continuó:

—Yo tomé la decisión de creerle. Yo firmé aquel divorcio.

Sus ojos encontraron los míos.

—Y yo fui quien te perdió.

No respondí.

No necesitaba disculpas.

Necesitaba salvar a Sophie.

En ese momento salió la médica.

—Doctora Bennett.

Corrí hacia ella.

—¿Qué ocurre?

—Sophie está estable, pero necesitamos trasladarla al hospital.

—¿Está empeorando?

—No. Sin embargo, encontramos algo importante.

Nos mostró los resultados.

—La exposición parece repetida, pero las cantidades son pequeñas. Esto sugiere que quien lo hizo tuvo acceso frecuente a la niña.

Sentí que el suelo desaparecía.

Vanessa vivía en Ciudad Aurora.

Sophie había pasado los últimos seis años conmigo en Boston.

—Eso es imposible.

Julian entendió lo mismo.

—Vanessa no pudo hacerlo personalmente.

La médica asintió.

—Exactamente.

Miré a Vanessa.

Ella sonreía.

Muy ligeramente.

—¿Quién te ayudó?

No respondió.

Caminé hacia ella.

—¿QUIÉN TUVO ACCESO A MI HIJA?

Vanessa levantó los ojos.

—Deberías preguntarte quién estuvo a tu lado durante todos esos años.

Mi respiración se detuvo.

Entonces mi teléfono sonó.

Era una llamada desde Boston.

La directora del colegio de los gemelos.

Contesté.

—¿Sí?

—Doctora Bennett, perdone que la moleste durante su viaje, pero encontramos algo extraño al revisar las cámaras después de que usted solicitara los expedientes médicos de Sophie.

—¿Qué encontraron?

Hubo una pausa.

—Una persona entró repetidamente al comedor escolar utilizando credenciales falsas.

Sentí que Liam se acercaba detrás de mí.

—¿Quién?

La directora me envió una fotografía.

Abrí el archivo.

Y dejé de respirar.

Conocía perfectamente aquel rostro.

Era alguien que había entrado en mi apartamento.

Alguien que había cuidado a mis hijos.

Alguien a quien había confiado mi vida durante Harvard.

Julian miró la pantalla por encima de mi hombro.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Emma…

Negué lentamente.

No podía ser.

Entonces Vanessa soltó una carcajada.

—Por fin lo entiendes.

Los agentes la sujetaron cuando intentó retroceder.

Yo seguía mirando la fotografía.

Debajo aparecía el registro de acceso.

Cuarenta y siete visitas durante los últimos nueve meses.

Pero había una última línea.

Una que hizo que Julian arrebatara el teléfono de mis manos.

“Contacto de emergencia autorizado por la madre: Margaret Bennett.”

Mi madre.

La mujer que supuestamente había muerto cuando yo tenía diecisiete años.

Levanté la vista hacia Vanessa.

—Mi madre está muerta.

Vanessa dejó de reír.

—No, Emma.

Su sonrisa desapareció por completo.

—Tu madre lleva seis años trabajando para los Blackwood.

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