PARTE 2: EL PRECIO DE HABERME SUBESTIMADO.

Sebastian no habló durante varios segundos.

El director financiero seguía al otro lado de la llamada.

—Presidente Lu, ¿sigue ahí?

Sebastian bajó lentamente la mirada hacia el certificado de divorcio.

—¿Está completamente seguro?

—Lo verificamos tres veces.

—Quiero documentos.

—Ya se los enviamos.

Sebastian abrió el correo.

En la primera página aparecía mi nombre.

SOPHIE SU. BENEFICIARIA FINAL DEL FONDO NIAN TANG.

Debajo figuraba una cantidad que volvió absurdo todo lo que él había creído saber sobre mí durante tres años.

3,2 billones.

Sebastian cerró los ojos.

—Regrese a la oficina —ordenó al conductor.

—¿Señor Lu?

—Ahora.

El automóvil cambió de dirección.


A las once, la sede de Lu Holdings estaba sumida en el caos.

La suspensión de la línea de crédito había activado cláusulas de revisión en varios contratos.

Dos bancos solicitaron garantías adicionales.

Un socio estratégico congeló temporalmente una inversión.

Y aquello era solo el comienzo.

Sebastian entró en la sala de juntas.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

El director financiero respondió:

—Si Nian Tang no restaura las garantías, debemos conseguir nueva financiación inmediatamente.

—¿Cuánto?

El hombre dudó.

—Al menos ciento veinte mil millones esta semana.

Sebastian permaneció inexpresivo.

—Consíganlos.

Nadie respondió.

Finalmente, el vicepresidente habló.

—Presidente Lu… el problema no es únicamente el dinero.

Colocó un documento sobre la mesa.

—Durante los últimos tres años, Nian Tang respaldó silenciosamente seis de nuestras mayores operaciones. Los bancos asumían que alguien poderoso confiaba en nosotros.

Sebastian levantó la vista.

—¿Y ahora?

—Ahora saben que ese alguien retiró su respaldo exactamente el día de su divorcio.

El significado era evidente.

El mercado no lo interpretaría como una coincidencia.

Lo interpretaría como una advertencia.

Sebastian tomó su teléfono.

Marcó mi número.

No contesté.

Volvió a llamar.

Nada.

A la tercera llamada, recibió únicamente el buzón de voz.

Su expresión se endureció.

—Localícenla.

El abogado Zhou intervino.

—Ya no podemos hacer eso.

—¿Qué?

—La señora Su ya no es miembro de su familia.

Aquella frase pareció golpearlo más fuerte que cualquier cifra.

Ocho minutos antes había firmado para sacarme de su vida.

Ahora necesitaba encontrarme desesperadamente.


Mientras tanto, yo estaba sentada en la última planta de un edificio que no visitaba desde hacía tres años.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, decenas de personas se pusieron de pie.

Al fondo del pasillo había una placa negra.

FONDO NIAN TANG.

El joven que había hablado conmigo por teléfono caminó hacia mí.

—Por fin regresaste.

Nathan Su, mi primo, me entregó una carpeta.

—Los Lu están llamando a todos.

—Era previsible.

—Sebastian también intentó contactarte.

Dejé mi teléfono sobre la mesa.

Diecisiete llamadas perdidas.

Nathan arqueó una ceja.

—Hace tres años habrías respondido a la primera.

—Hace tres años era su esposa.

—¿Y ahora?

Abrí la carpeta.

—Ahora es el presidente de una compañía cuyo riesgo financiero debemos evaluar.

Nathan sonrió.

—Eso debió doler.

No respondí.

Porque la verdad era más complicada.

Yo había amado a Sebastian.

No al apellido Lu.

No a su fortuna.

A él.

Pero durante nuestro matrimonio fui convirtiéndome lentamente en una sombra dentro de su casa.

Primero fueron las cenas canceladas.

Después los aniversarios olvidados.

Luego dejó de regresar a nuestro dormitorio.

Un año y cuatro meses.

Ni siquiera había visto la alianza que dejé sobre el tocador.

Aquello había sido mi respuesta mucho antes del divorcio.

Nathan deslizó otro informe hacia mí.

—Hay algo más.

Lo abrí.

Eran registros internos de Lu Holdings.

—¿Qué estoy viendo?

—Una investigación que iniciamos cuando levantamos las garantías.

Señaló varias transferencias.

—Alguien dentro del Grupo Lu lleva dieciocho meses inflando el valor de ciertos proyectos para obtener financiación.

Fruncí el ceño.

—¿Sebastian?

—No.

Nathan pasó la página.

Apareció un nombre.

VICTORIA LU.

La hermana mayor de Sebastian.

—¿Cuánto?

—Casi cuarenta mil millones.

Me quedé inmóvil.

—¿Él lo sabe?

—Creemos que no.

Cerré la carpeta.

Aquello cambiaba las cosas.

Retirar mi respaldo podía provocar que los bancos examinaran cada cuenta.

Si descubrían las irregularidades antes que Sebastian, Lu Holdings no enfrentaría solamente una crisis de liquidez.

Enfrentaría una investigación.

—Convoca al comité de riesgo.

Nathan asintió.

Entonces mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez no era Sebastian.

Era la señora Lu.

Mi antigua suegra.

Contesté.

—Sophie.

No había saludo.

—Ven a la villa inmediatamente.

Casi sonreí.

—Ya no vivo allí.

—No me importa.

Su voz estaba cargada de furia.

—¿Qué le hiciste a mi hijo?

Miré las luces de la ciudad.

—Nada.

—¡Ochocientos mil millones en crédito suspendido y dices que nada!

—Señora Lu, su familia construyó parte de su expansión utilizando garantías de Nian Tang.

—¡Entonces restáuralas!

—No.

Silencio.

Parecía que aquella palabra jamás se la habían dicho.

—Sophie, no olvides quién te permitió entrar en nuestra familia.

—No lo he olvidado.

Recordaba perfectamente cómo había colocado frente a mí un acuerdo prenupcial.

Cómo me había explicado que una mujer sin familia poderosa debía sentirse agradecida.

Cómo me había advertido que jamás tocara el patrimonio Lu.

Ahora resultaba casi irónico.

—Entonces compórtate con gratitud.

Miré el documento con el nombre de Victoria.

—Creo que es usted quien debería empezar a hacer preguntas dentro de su propia familia.

Colgué.


A las tres de la tarde, Sebastian apareció personalmente en Nian Tang.

No pidió cita.

No llamó.

Simplemente llegó.

Nathan entró en mi despacho.

—Tu exmarido está abajo.

—Tengo una reunión.

—Dice que esperará.

—Que espere.

Y esperó.

Cuarenta minutos.

Una hora.

Dos.

El hombre que hacía esperar a ministros, banqueros y presidentes de compañías permaneció sentado en recepción.

Finalmente lo recibí.

Sebastian entró y cerró la puerta.

Por primera vez aquel día no llevaba la chaqueta.

Su corbata estaba ligeramente torcida.

Me observó como si estuviera mirando a una desconocida.

—¿Por qué?

—Sé más específico.

—Tres años.

Colocó las manos sobre mi escritorio.

—Viviste conmigo tres años y nunca mencionaste Nian Tang.

—Tú viviste conmigo tres años y nunca preguntaste nada sobre mi vida antes de conocerte.

Su mandíbula se tensó.

—¿Retiraste las garantías para vengarte?

—No.

—Entonces restáuralas.

—Tampoco.

—Sophie.

—Sebastian.

Lo miré directamente.

—Nian Tang protegía a Lu Holdings porque yo era parte de la familia Lu. Esa relación terminó esta mañana.

—¿Quieres verme suplicar?

—No quiero nada de ti.

Aquello finalmente rompió su calma.

—¡Entonces dime qué quieres!

Me puse de pie.

—Quería que llegaras a casa alguna noche antes de medianoche.

Sebastian se quedó inmóvil.

—Quería que recordaras nuestro aniversario sin que tu secretaria tuviera que avisarte.

Di otro paso.

—Quería que entraras una sola vez en nuestro dormitorio durante los últimos dieciséis meses.

Su rostro cambió.

—Sophie…

—Pero eso ya no importa.

Tomé la carpeta preparada por Nathan.

—Ahora tenemos otro problema.

La coloqué frente a él.

Sebastian la abrió.

Su expresión se transformó mientras avanzaba por las páginas.

—¿De dónde salió esto?

—De tus propias cuentas.

—Victoria no haría algo así.

—Entonces investígalo.

Sebastian llegó a la última transferencia.

Cuarenta mil millones.

Su rostro perdió el color.

En ese momento alguien golpeó la puerta.

Nathan entró sin esperar permiso.

Nunca lo hacía.

Su expresión bastó para saber que algo había ocurrido.

—Sophie, los bancos encontraron las mismas operaciones.

Sebastian se giró.

—¿Qué significa eso?

Nathan sostuvo su mirada.

—Que activaron una auditoría extraordinaria.

—¿Cuándo?

—Hace siete minutos.

Sebastian tomó inmediatamente su teléfono.

Pero antes de marcar, el mío vibró.

Un mensaje del departamento jurídico.

Lo abrí.

Y sentí que toda satisfacción desaparecía.

Porque el problema acababa de hacerse mucho mayor.

Levanté lentamente la vista hacia Sebastian.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Dejé el teléfono sobre la mesa para que pudiera leerlo.

“SE HA DETECTADO UNA SEGUNDA FIRMA EN LAS TRANSFERENCIAS INVESTIGADAS.”

Sebastian frunció el ceño.

—¿De quién?

Nathan cerró la puerta del despacho.

Yo abrí el archivo adjunto.

Y cuando apareció el nombre, Sebastian dejó caer el teléfono.

LA SEGUNDA AUTORIZACIÓN LLEVABA MI FIRMA.

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