PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE CREER EN EL HILO

Marina se sentó dos filas delante de mí.

Durante toda la mañana intenté no mirar.

Fracasar fue fácil.

Cada vez que levantaba la vista, veía aquel hilo rojo uniendo su muñeca con la de Adrián.

Brillante.

Limpio.

Casi doloroso.

El nuestro seguía allí.

Pero mucho más débil.

Así que cumplí mi decisión.

Me aparté.

Cuando la profesora pidió formar parejas para un proyecto, antes de que Adrián pudiera girarse hacia mí dije:

—Trabajaré con Lucía.

Él frunció el ceño.

Marina quedó sin compañero.

La profesora señaló:

—Entonces Marina con Adrián.

Los comentarios aparecieron inmediatamente.

【¡Sí! ¡Primer trabajo juntos!】

【Ahora empieza la ruta romántica.】

Bajé la cabeza.

No quería verlo.

Pero, para mi sorpresa, Adrián levantó la mano.

—Profesora, prefiero hacerlo solo.

Toda la clase se quedó en silencio.

Marina sonrió con educación.

—No pasa nada. Puedo trabajar con otra persona.

Los comentarios parecieron confundirse.

【¿Qué?】

【Eso tampoco ocurría así.】

Yo también estaba confundida.

Después de clase Adrián me alcanzó.

—¿Por qué me estás evitando?

—No te evito.

—Sí lo haces.

—Solo estoy dejando que tengas tu propia vida.

Su expresión se endureció.

—¿Y quién te pidió permiso para decidir cuál es mi vida?

Me quedé quieta.

—Nadie.

—Entonces deja de actuar como si quisieras entregarme a otra persona.

Mi corazón dio un salto.

—Marina parece agradable.

—¿Y?

—Nada.

Adrián me observó unos segundos.

—Cada día estás más rara.

Se marchó.

Miré los hilos.

El de Marina seguía rojo.

Pero algo extraño había ocurrido.

No estaba más brillante.

El mío tampoco había desaparecido.

Los comentarios comenzaron otra vez.

【Quizá los hilos muestran posibilidades, no resultados inevitables.】

Me quedé helada.

¿Posibilidades?

Toda mi vida había construido mi personalidad alrededor de una mentira.

No había tratado mal a Adrián porque estuviera destinada a él.

Lo había tratado mal porque creía que jamás podría perderlo.

Y ahora entendía algo peor:

aunque el hilo nunca se rompiera, eso no significaba que él me perteneciera.


Durante las semanas siguientes, Marina se acercó bastante a nuestro grupo.

Era buena persona.

Eso resultó molesto al principio.

Habría sido muchísimo más fácil odiarla.

Pero no me había hecho nada.

Incluso un día me prestó apuntes cuando falté.

—Gracias.

Me miró sorprendida.

—Pensé que no te caía bien.

—No te conocía.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que escribes demasiado pequeño.

Se rio.

Yo también.

Aquello habría parecido imposible meses atrás.

Adrián nos observaba desde la otra punta del aula.

Los comentarios aparecieron:

【La secundaria está haciéndose amiga de la protagonista.】

【La historia se está descarrilando por completo.】

Por primera vez sonreí al leerlos.

Tal vez podía descarrilarse.


Un mes después ocurrió algo que finalmente cambió todo.

Había una competición académica.

Yo había olvidado entregar un formulario.

Antes, habría corrido hacia Adrián.

Él lo habría arreglado.

Esta vez fui sola a hablar con la profesora.

Acepté la penalización.

Cuando salí, Adrián esperaba fuera.

—Podía haberte ayudado.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué no me llamaste?

Lo pensé.

—Porque quiero aprender a soportar las consecuencias de mis propios errores.

Adrián permaneció en silencio.

Después preguntó:

—¿Todo esto es por mí?

Lo miré.

—En parte.

—¿Qué hice?

—Nada.

Respiré profundamente.

Era hora.

—Yo sí.

Él frunció el ceño.

—Eva…

—Durante años fui horrible contigo.

No aparté la mirada.

—Te utilicé. Me burlé de ti. Te hice cargar con problemas que eran míos.

Su expresión cambió lentamente.

—No necesito que digas que no importa.

—Porque sí importa.

Tragué saliva.

—Y tampoco estoy pidiendo que me perdones ahora.

Adrián se quedó muy quieto.

—Solo quería decirlo correctamente al menos una vez.

—Lo siento.

Silencio.

Miré nuestro hilo.

No cambió.

Por primera vez no me importó.

Y entonces Adrián preguntó:

—¿Terminaste?

Parpadeé.

—Sí.

—Bien.

Se acercó un poco.

—Ahora puedo hablar yo.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—Te odié algunas veces.

Aquello dolió.

Pero asentí.

—Lo entiendo.

—Otras veces quería mandarte al demonio.

—También justo.

—Y durante mucho tiempo pensé que si algún día dejabas de necesitarme, simplemente desaparecerías.

Lo miré.

Adrián soltó el aire.

—Entonces empezaste a cambiar.

—Y ahora no sé qué hacer contigo.

Casi me reí.

—Puedes no hacer nada.

—Ese es el problema.

Sus orejas empezaron a ponerse rojas.

Como cuando éramos niños.

Solo que ahora entendía que aquel rubor no me pertenecía.

Era suyo.

—No quiero no hacer nada.

Los comentarios explotaron.

【¿QUÉ?】

【¡El protagonista se está desviando!】

Adrián metió las manos en los bolsillos.

—Quiero conocerte otra vez.

Mi garganta se cerró.

—¿Desde cero?

—No.

Negó.

—Lo ocurrido no desaparece.

—Entonces desde donde estamos.

Miré el hilo.

Por primera vez en mucho tiempo, volvió a verse rojo.

No rojo oscuro.

No perfecto.

Pero real.

Y entonces miré el hilo de Marina.

Seguía allí.

Solo que había cambiado.

Ya no terminaba en Adrián.

Se extendía hacia otro lado del aula.

Hacia un chico nuevo del club de ciencias.

Los comentarios quedaron en silencio.

Yo también.


Meses después comprendí la verdad.

Los hilos nunca habían sido cadenas.

Cambiaban.

Se cruzaban.

Se debilitaban.

Aparecían nuevas conexiones.

No mostraban un destino obligatorio.

Mostraban vínculos que podían crecer o desaparecer según las decisiones de las personas.

Había pasado ocho años creyendo que el futuro me pertenecía.

Y casi lo destruí precisamente por eso.

Adrián y yo no empezamos a salir inmediatamente.

Él no me regaló un perdón mágico.

Yo tampoco intenté comprarlo con buenas acciones.

Fuimos despacio.

Café después de clase.

Estudiar juntos porque ambos queríamos.

Discusiones normales.

Límites.

Y una regla que Adrián dejó clara el primer día:

—Si tiras algo al suelo a propósito, lo recoges tú.

Me reí.

—Trato hecho.


Un año después estábamos sentados detrás del edificio de ciencias.

El mismo lugar donde todo había empezado.

Adrián me entregó un helado.

—Sin crema en los dedos —dijo.

Me tapé la cara.

—¿Vas a recordarme eso hasta los ochenta?

—Probablemente.

Lo golpeé suavemente con el hombro.

Después miré nuestras manos.

El hilo entre ellas era rojo.

Fuerte.

Pero ya no lo interpretaba como una promesa.

Adrián siguió mi mirada.

—¿Qué ves?

Sonreí.

Nunca le había contado lo de los hilos.

—Nada importante.

Tomé su mano.

Él entrelazó nuestros dedos.

Y por primera vez desde que era niña entendí que aquello valía mucho más que cualquier destino.

Porque Adrián no estaba conmigo porque una línea invisible dijera que tenía que estarlo.

Estaba conmigo sabiendo perfectamente quién había sido.

Viendo quién intentaba ser.

Y eligiendo quedarse.

Yo también lo elegía.

Cada día.

Y ese era el único hilo que realmente quería conservar.

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