Nathan leyó el documento dos veces.
Después levantó la vista hacia mi padre.
—¿Cancelación del compromiso?
Mi padre tomó tranquilamente su taza de té.
—Las palabras parecen bastante claras.
—Esto es ridículo.
Nathan soltó una risa nerviosa y dejó el documento sobre la mesa.
—Claire está enfadada por una tontería. Mañana hablaremos y todo volverá a la normalidad.
Lo miré.
—No habrá ninguna conversación mañana.
Su sonrisa desapareció.
—Claire.
—Y tienes hasta las seis de esta tarde para sacar tus pertenencias de este apartamento.
Rachel abrió mucho los ojos.
Nathan dio un paso hacia mí.
—¿Me estás echando de nuestra casa?
—Mi casa.
La corrección cayó como una bofetada.
—Nunca has figurado en la escritura.
—¡Porque íbamos a casarnos!
—Íbamos.
Mi madre dejó el brazalete de mi abuela dentro de su bolso y cerró el broche.
—Después de lo ocurrido hoy, ya no habrá boda.
Los invitados guardaron silencio.
Nathan miró alrededor y pareció comprender finalmente que nadie estaba esperando que yo me calmara.
Aquello no era una amenaza.
Era una decisión.
Rachel se acercó tímidamente.
—Señora Bennett, creo que todo esto es culpa mía. Si Claire está celosa…
Giré hacia ella.
—¿Celosa?
Bajó la mirada.
—Nathan solo me protege porque sabe que no he tenido las mismas oportunidades que ustedes.
—Rachel, cállate —murmuró Nathan.
Demasiado tarde.
Mi padre levantó una ceja.
—¿Qué oportunidades?
Rachel tragó saliva.
—No quería decir…
—Las llaves del Porsche, por ejemplo —interrumpí.
Nathan palideció.
Caminé hasta mi madre y extendí la mano.
Ella depositó las llaves sobre mi palma.
Las levanté delante de todos.
—Nathan, ¿quieres explicar por qué Rachel llevaba las llaves del automóvil que compré hace tres meses?
Rachel respondió antes que él.
—Me lo prestó.
—¿Cuándo?
—Hace… unas semanas.
Sonreí.
—Interesante.
Saqué mi teléfono.
—Porque ese Porsche está registrado a nombre de Bennett Holdings y Nathan jamás tuvo autorización para prestarlo.
El rostro de Rachel cambió.
Nathan apretó la mandíbula.
—Te devolveré el dinero.
—¿Con qué dinero?
Otra vez aquella pregunta.
Y otra vez no pudo responder.
Me acerqué lentamente.
—Durante los últimos seis meses pagué el alquiler de tu oficina, cubrí dos deudas de tu empresa y financié el proyecto que presentaste como tuyo.
Rachel lo miró sorprendida.
Al parecer, aquello tampoco lo sabía.
—Nathan me dijo que su empresa había comprado el Porsche —murmuró.
Mi madre soltó una pequeña risa.
Nathan se volvió furioso.
—¡Rachel!
Pero ella ya había comprendido que acababa de quedar expuesta.
Yo continué.
—También dijiste que querías experimentar lo que se siente al ser dueña de una casa así.
Miré alrededor.
—Hoy diste órdenes a mi personal, recibiste a mi familia, utilizaste mis cosas y llevaste la joya de mi abuela.
Rachel retrocedió.
—Nathan dijo que podía hacerlo.
—Exactamente.
Miré a mi prometido.
—Ese es el problema.
Nathan respiró profundamente.
—De acuerdo. Cometí un error.
Se acercó y bajó la voz.
—Pero cancelar una boda por esto es absurdo.
—No estoy cancelando la boda por un brazalete.
Saqué otro documento de mi bolso.
—La estoy cancelando por esto.
Lo puse sobre la mesa.
Nathan dejó de respirar.
Era un estado bancario.

Rachel intentó acercarse, pero él cubrió rápidamente la hoja.
Demasiado tarde.
—¿Qué son esos pagos? —preguntó ella.
Nathan no respondió.
Mi padre sí.
—Ochocientos mil dólares transferidos desde una cuenta financiada por mi hija.
Rachel quedó inmóvil.
—¿A quién?
La miré.
—A ti.
Su rostro perdió el color.
Nathan agarró el documento.
—Claire, puedo explicarlo.
—Espero que sí.
Había transferencias para el apartamento de Rachel.
Pagos de tarjetas.
Viajes.
Ropa.
Incluso la matrícula de un curso privado.
Durante meses, Nathan había utilizado dinero relacionado con mis inversiones para mantener a otra mujer mientras me decía que necesitábamos ahorrar para nuestra boda.
Rachel comenzó a negar con la cabeza.
—Yo no sabía que era tu dinero.
—Pero sí sabías que estaba comprometido.
No respondió.
Eso bastó.
Nathan golpeó la mesa.
—¡Ella necesitaba ayuda!
Mi padre se levantó.
—Entonces debiste ayudarla con tu propio dinero.
Nathan lo miró con rabia.
—Esto es un asunto entre Claire y yo.
—Dejó de serlo cuando utilizaste fondos de una compañía en la que mi familia tiene participación.
Aquella frase cambió todo.
Nathan palideció.
—¿Qué quieres decir?
Mi padre sacó su teléfono.
—Esta mañana solicité una auditoría.
Nathan giró hacia mí.
—¿Sabías esto?
—Yo la autoricé.
Rachel comenzó a caminar hacia la puerta.
—Creo que debería irme.
—Todavía no —dije.
Se detuvo.
—Devuelve las llaves.
Las dejó sobre la mesa.
—Y el bolso.
—¿Qué?
—Ese bolso pertenece a la colección que desapareció de mi vestidor hace dos meses.
Rachel lo apretó contra su pecho.
—Nathan me lo regaló.
Todas las miradas se dirigieron hacia él.
Mi madre cerró los ojos durante un segundo.
Nathan parecía incapaz de encontrar una mentira suficientemente rápida.
Rachel comprendió entonces algo mucho más humillante.
Nathan no había estado comprándole una vida de lujo. Había estado regalándole partes de la mía.
Dejó el bolso sobre la mesa.
—Me dijiste que todo era tuyo.
Nathan intentó tomarla del brazo.
—Rachel, escucha…
Ella se apartó.
—¡No me toques!
La situación comenzaba a derrumbarse demasiado rápido.
Entonces sonó el teléfono de Nathan.
Miró la pantalla.
Rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
Mi padre sonrió.
—Deberías responder.
—No es importante.
—Creo que sí.
Nathan frunció el ceño y finalmente contestó.
—¿Hola?
Escuchó.
Su rostro cambió.
—¿Qué significa que congelaron la cuenta?
Silencio.
—¡No pueden suspender el proyecto!
Otra pausa.
—¿Qué auditoría?
Todos escuchábamos.
Nathan levantó lentamente los ojos hacia mí.
—¿Qué hiciste?
—Nada que no estuviera previsto en los contratos que nunca te molestaste en leer.
Colgó.
—Claire, si retiras tu inversión, mi empresa quiebra.
—Lo sé.
Por primera vez aquella tarde, el miedo sustituyó completamente a su arrogancia.
Se acercó.
—Podemos solucionar esto.
—Ya está solucionado.
—¡Íbamos a casarnos dentro de dos meses!
—Y hoy descubrí lo afortunada que fui de llegar diez minutos tarde.
Nathan se quedó inmóvil.
Entonces Rachel soltó una risa extraña.
Todos la miramos.
Ya no parecía tímida.
Sacó lentamente otro teléfono de su bolsillo.
—¿Crees que tú eres la única que guardó pruebas?
Nathan palideció.
—Rachel, no.
Ella desbloqueó la pantalla.
—Me prometiste este apartamento.
—Cállate.
—Me prometiste el Porsche.
—¡He dicho que te calles!
Rachel sonrió.
—Y me dijiste que, después de la boda, convencerías a Claire de poner todas sus propiedades importantes a nombre de ambos.
El silencio se volvió absoluto.
Sentí que mi madre me agarraba suavemente la mano.
Rachel abrió una conversación.
—Tengo todos tus mensajes.
Nathan avanzó hacia ella.
—Dame ese teléfono.
Rachel retrocedió.
—No.
Mi padre hizo una señal al personal de seguridad.
Dos hombres bloquearon inmediatamente a Nathan.
Él forcejeó.
—¡Esto es una locura!
Pero Rachel todavía no había terminado.
Me miró directamente.
—Claire, hay algo más que deberías saber.
—¿Qué?
Por primera vez pareció verdaderamente nerviosa.
—Nathan no empezó a acercarse a mí porque estuviera enamorado.
Nathan dejó de forcejear.
—Rachel.
Ella tragó saliva.
—Me buscó porque necesitaba a alguien que pudiera entrar en tu casa sin despertar sospechas.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Para qué?
Rachel miró hacia el pasillo que conducía a mi despacho privado.
Después volvió a mirarme.
—Para encontrar los documentos originales del fideicomiso que tu abuela dejó a tu nombre.
Mi padre se levantó de golpe.
Nathan cerró los ojos.
Y entonces comprendí que el brazalete, el Porsche y las transferencias eran apenas la superficie.
Corrí hacia mi despacho.
La puerta estaba entreabierta.
Yo estaba segura de haberla cerrado antes de salir aquella mañana.
Abrí la caja fuerte.
Los contratos seguían allí.
Los certificados también.
Pero faltaba un sobre.
El único documento que contenía las claves de acceso al patrimonio que mi abuela me había dejado.
Detrás de mí, Rachel susurró:
—Nathan…
Me giré.
Ella miraba su teléfono con el rostro completamente blanco.
—Dime que no hiciste esto.
Nathan no respondió.
Rachel levantó la pantalla.
Acababa de recibir una fotografía.
Mostraba el documento desaparecido.
Debajo había un mensaje enviado desde un número desconocido.
“YA TENEMOS EL ORIGINAL. AHORA SOLO FALTA LA FIRMA DE CLAIRE.”