PARTE 2: DEMASIADO TARDE

—Suéltame, Sebastian.

Sus dedos permanecieron alrededor de mi muñeca.

Isabella seguía al otro lado de la ventanilla.

—¿Por qué no me dijiste que estaba embarazada? —preguntó ella.

Sebastian finalmente abrió la puerta.

—Isabella, vuelve al hotel.

—¿Al hotel?

Ella soltó una risa incrédula.

—Regresé por ti. Te divorciaste por mí.

Yo salí del automóvil.

—Precisamente. Ya consiguió lo que quería.

Sebastian me siguió.

—Evelyn, espera.

—Tengo una cita médica.

—Voy contigo.

Isabella palideció.

—Sebastian.

Él ni siquiera la miró.

—Después hablamos.

Aquellas dos palabras parecieron golpearla.

Por primera vez comprendió lo mismo que yo:

Sebastian había elegido divorciarse por ella.

Pero ahora que era libre, no corría hacia sus brazos.

Corría detrás de su exesposa.


Entramos en la clínica.

Cuando la enfermera llamó mi nombre, Sebastian intentó acompañarme.

Me detuve.

—Tú no.

Su rostro se endureció.

—Es mi hija.

—Y mi consulta.

La puerta se cerró entre nosotros.

En realidad, nunca había programado una interrupción.

Había pedido una consulta para conocer mis opciones y comprobar que el embarazo continuaba bien.

La doctora realizó la revisión.

—Todo parece normal.

Miré la pantalla.

Mi hija.

Una vida diminuta que no tenía culpa de nada.

Entonces supe mi respuesta.

—Quiero continuar.

Cuando salí, Sebastian se levantó inmediatamente.

—¿Qué dijo?

—La conservaré.

El alivio atravesó su rostro.

Duró apenas un segundo.

—Pero hay una condición.

—La que quieras.

—No vuelvas a confundir conservar a nuestra hija con recuperarme a mí.

Su expresión se congeló.

—Evelyn…

—Estamos divorciados.

Pasé junto a él.

—Y así seguiremos.


Isabella no tardó en comprender que las cosas no estaban saliendo como había imaginado.

Durante los días siguientes comenzó a publicar fotografías antiguas.

Una mano masculina.

Un reloj que pertenecía a Sebastian.

Entradas de conciertos de hacía años.

Y frases cuidadosamente ambiguas sobre “amores que siempre regresan”.

No respondí.

No necesitaba hacerlo.

Yo estaba ocupada transfiriendo mis nuevas propiedades, reorganizando mis inversiones y preparando una habitación para mi hija.

Entonces recibí una llamada inesperada.

Era el abogado de Sebastian.

—Señorita Ye, necesitamos revisar una de las propiedades incluidas en el acuerdo de divorcio.

—¿Hay algún problema?

—No para usted.

Hizo una pausa.

—Para el señor Song, posiblemente sí.

La villa que Sebastian me había transferido no era simplemente una casa.

Era garantía indirecta de una participación empresarial perteneciente a una sociedad familiar.

Al entregármela sin condiciones, había provocado que determinados derechos asociados quedaran bajo revisión.

Sebastian lo sabía.

Y aun así había firmado.

—¿Por qué hizo eso?

El abogado guardó silencio.

—Pregúnteselo a él.


Lo hice aquella noche.

Sebastian llegó solo.

Parecía no haber dormido.

—¿Sabías lo de la villa?

—Sí.

—Entonces me entregaste más de lo que necesitabas.

—Sí.

—¿Por culpa?

Negó lentamente.

—Porque quería asegurarme de que tú y la niña estuvierais protegidas.

Me reí.

—Qué curioso. Cuando pediste el divorcio, ni siquiera le dijiste a Isabella que existía nuestra hija.

—Porque no quería que se acercara a ti.

Aquello me hizo mirarlo.

—Explícate.

Sebastian permaneció en silencio demasiado tiempo.

Finalmente sacó el teléfono.

Me mostró una conversación.

Isabella llevaba meses escribiéndole.

Al principio eran disculpas.

Después recuerdos.

Finalmente amenazas emocionales y mensajes sobre información que conocía de antiguos negocios de la familia Song.

—¿Te chantajeaba?

—Intentaba presionarme.

—¿Y tu solución fue divorciarte de tu esposa embarazada?

Su rostro se tensó.

—Pensé que podía mantenerte fuera del conflicto.

—No.

Lo interrumpí.

—No conviertas tu cobardía en sacrificio.

Sebastian quedó inmóvil.

—Podías contarme la verdad.

»Podías confiar en mí.

»Podías pedir protección legal.

»Podías hacer cien cosas antes de entregarme un acuerdo de divorcio.

Bajó los ojos.

—Tienes razón.

Era probablemente la primera vez que Sebastian Song pronunciaba aquellas palabras sin intentar justificarse después.

Pero ya no importaba.

—¿La amas?

Pregunté.

Tardó demasiado.

—Una vez pensé que sí.

—Eso tampoco responde.

Me sostuvo la mirada.

—No.

Asentí.

—Entonces destruiste nuestro matrimonio por una mujer a la que tampoco amas.

No pudo negarlo.


Dos semanas después Isabella apareció en una reunión del consejo de Song Group.

Pensó que Sebastian finalmente anunciaría públicamente su relación.

En cambio, encontró abogados.

Sebastian había reunido los mensajes, las amenazas y varios documentos que demostraban que ella había utilizado información confidencial para presionarlo.

Isabella perdió la sonrisa.

—¿Me estás haciendo esto por ella?

Sebastian respondió:

—Te lo estoy haciendo por lo que tú hiciste.

—¡Te divorciaste por mí!

—Ese fue mi error.

Isabella me vio entonces.

Yo había acudido únicamente porque todavía poseía acciones transferidas durante el divorcio.

—¿Y ahora volverás con ella?

Sebastian guardó silencio.

Yo respondí por él.

—No.

Todos me miraron.

Cerré la carpeta que tenía delante.

—Sebastian y yo tendremos una hija.

»Eso nos convertirá en padres.

»No nuevamente en marido y mujer.

Isabella sonrió con amargura.

—Entonces al final ninguno ganó.

La miré.

—Te equivocas.

Puse una mano sobre mi vientre.

—Yo dejé de competir.


Cinco meses después nació mi hija.

Sebastian estuvo en el hospital.

No porque yo hubiera olvidado lo sucedido.

Porque seguía siendo su padre.

Cuando la enfermera se la entregó, aquel hombre que jamás mostraba emociones permaneció inmóvil durante varios segundos.

Después lloró en silencio.

—Es perfecta —murmuró.

—Sí.

Me miró.

—Gracias por permitirme estar aquí.

No respondí inmediatamente.

Luego dije:

—Sé un buen padre, Sebastian.

Sus ojos encontraron los míos.

—¿Y contigo?

Comprendí la pregunta.

Negué suavemente.

—Conmigo llegaste demasiado tarde.

No discutió.

No pidió otra oportunidad.

Solo bajó la mirada hacia nuestra hija.

Y aquello fue lo más cercano a una disculpa verdadera que alguna vez recibí de él.

Sebastian había pensado que podía terminar nuestro matrimonio y conservar intacto todo lo demás.

Mi confianza.

Mi cariño.

Mi presencia.

Incluso la familia que habíamos empezado.

Descubrió que no funcionaba así.

Conservó el derecho de amar a su hija.

Pero perdió el privilegio de llamarme esposa.

Y esta vez no hubo acuerdo, dinero ni primer amor capaz de cambiar mi decisión.

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