Parte 2: LA DEUDA QUE NICO ROBÓ

Leo Casaro no respondió inmediatamente.

Se levantó, rodeó el escritorio y cerró las puertas que yo había dejado abiertas.

El clic de la cerradura sonó demasiado fuerte.

—¿Cuánto escuchaste?

—Lo suficiente.

—Eso no responde mi pregunta.

Apreté los tacones entre los dedos.

Escuché que Nico convirtió la recuperación de mi padre en una mentira para hacerme sentir en deuda con él. Y escuché que empezó nuestra relación por una apuesta.

La mandíbula de Leo se endureció.

No parecía sorprendido.

Eso me dolió casi tanto como las palabras de Nico.

—Tú lo sabías.

Leo volvió lentamente hacia el escritorio.

—Sabía de la apuesta.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres meses.

Me reí sin humor.

—Fantástico. Toda la familia estaba enterada menos yo.

—No.

Su voz fue firme.

—Cuando me enteré, Nico aseguró que la había cancelado. Dijo que lo que sentía por ti había cambiado.

—Y le creíste.

—Quise creerle.

Aquella respuesta me sorprendió.

Leo Casaro no parecía un hombre que quisiera creer nada. Parecía alguien que verificaba hasta la hora antes de mirar un reloj.

—¿Por qué pagaste las operaciones de mi padre?

Leo bajó la mirada hacia su vaso.

—Ya te lo dijo Nico.

—Dijo que la bala estaba destinada a uno de tus hombres.

—Eso es cierto.

—¿Quién?

Leo guardó silencio.

Me acerqué.

—Mi padre casi murió. Creo que merezco saberlo.

Sus ojos encontraron los míos.

La bala iba dirigida a mí.

Me quedé inmóvil.

El mundo pareció encogerse alrededor de aquella frase.

—¿A ti?

—Tu padre salió del restaurante cuando comenzó el ataque. Yo estaba detrás de él. Me vio antes de que yo viera al tirador.

Leo hizo una pausa.

—Me empujó.

Mi garganta se cerró.

—Mi padre nunca me contó eso.

—Porque se lo pedí.

—¿Por qué?

Leo apartó la mirada.

—Porque mantenerlo fuera de mis asuntos era la mejor manera de mantenerlo vivo.

Una oleada de rabia me atravesó.

—Pues funcionó estupendamente.

Él aceptó el golpe sin defenderse.

Entonces escuchamos pasos en el pasillo.

Voces.

Nico.

—¿Myra?

Leo volvió a ponerse las gafas y regresó detrás del escritorio con una tranquilidad inquietante.

—Puedes quedarte aquí.

—No necesito esconderme.

—No he dicho que te escondas.

La puerta se abrió.

Nico apareció primero.

Chloe estaba detrás de él.

La sonrisa de Nico desapareció al verme.

—¿Qué haces aquí?

Miré a Chloe.

Ella evitó mis ojos.

Luego miré a Nico.

—Estaba dando las gracias a la persona correcta.

Su rostro perdió color.

—Myra…

—¿Cuánto ganabas?

Silencio.

—¿Qué?

—La apuesta. ¿Cuánto ganabas si conseguías humillarme antes de Navidad?

Chloe retrocedió.

Nico la miró furioso.

—¿Se lo dijiste?

Solté una carcajada.

—Gracias. Acabas de responder.

—No es como parece.

—Siempre me ha fascinado esa frase. Nadie la utiliza cuando las cosas son exactamente como parecen.

Nico entró y cerró la puerta detrás de Chloe.

—Fue una estupidez entre amigos. Antes de conocerte realmente.

—Pero después utilizaste las facturas médicas de mi padre.

—Yo iba a pagarlas.

Leo habló desde su escritorio.

—No.

Nico se giró.

—Papá, no te metas.

La temperatura de la habitación pareció bajar.

Leo se quitó las gafas.

Ten mucho cuidado con la próxima frase que pronuncies en mi oficina.

Nico apretó la mandíbula.

—Yo le devolví parte del dinero.

Leo lo observó.

—¿Qué dinero?

Algo cambió.

Fue mínimo.

Pero lo vi.

Nico acababa de decir demasiado.

Leo también lo entendió.

—Nico.

—No importa.

—¿Qué dinero?

—Papá…

Leo abrió un cajón y sacó su teléfono.

—Marco.

Nico palideció.

—No necesitas llamar a nadie.

—Entonces habla.

Por primera vez desde que lo conocía, vi miedo auténtico en el rostro de Nico.

Chloe se acercó a la puerta.

—Creo que debería irme.

—Quédate —dije.

Ella se detuvo.

—Tú estabas allí riéndote. Ahora puedes escuchar.

Leo hizo una llamada.

—Tráeme el expediente de Bennett. Todo.

Colgó.

Nico avanzó hacia el escritorio.

—Eso es innecesario.

Leo levantó los ojos.

—Cada vez que dices eso, aumenta mi curiosidad.

Cinco minutos después, un hombre dejó una carpeta negra sobre el escritorio.

Leo la abrió.

Pasó varias páginas.

Entonces dejó de moverse.

Su rostro se volvió completamente inexpresivo.

Eso fue peor que verlo enfadado.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Leo levantó una hoja.

—Yo cubrí todos los gastos médicos de tu padre. Cirugía, rehabilitación y seguridad durante seis meses.

—Lo sé.

—No. No lo sabes todo.

Miró a Nico.

—También establecí un fondo para compensar los ingresos que tu padre perdió mientras se recuperaba.

Fruncí el ceño.

—¿Qué fondo?

—Doscientos cincuenta mil dólares.

El silencio cayó sobre nosotros.

—Mi padre nunca recibió ese dinero.

—Lo sé.

Nico retrocedió.

Leo continuó pasando documentos.

—La transferencia fue autorizada.

—¿A quién?

Leo no contestó.

No hacía falta.

Miré a Nico.

—No.

Él levantó las manos.

—Myra, escúchame.

—Dime que no lo hiciste.

—No entiendes la situación.

¿Te quedaste con el dinero destinado a mi padre?

—Solo temporalmente.

Sentí náuseas.

Chloe murmuró:

—Nico, dijiste que ese dinero era tuyo.

Giré hacia ella.

—¿Tú sabías?

—No sabía de dónde venía.

Nico golpeó el escritorio.

—¡Iba a devolverlo!

Leo se puso de pie.

—¿Cuánto queda?

Nico calló.

—Te he hecho una pregunta.

—Nada.

Incluso Leo pareció necesitar un segundo para procesarlo.

—¿Gastaste un cuarto de millón de dólares?

—Invertí una parte.

—¿En qué?

Nico miró hacia Chloe.

Ella comenzó a llorar.

Y entonces comprendí que aquella noche todavía podía empeorar.

Chloe sacó el teléfono.

—Yo no pienso cargar con esto.

Buscó algo y colocó la pantalla frente a Leo.

Nico se abalanzó hacia ella.

—¡No!

Leo fue más rápido.

Tomó el teléfono.

Leyó.

Su expresión cambió.

—¿Qué es? —pregunté.

Nadie contestó.

—Leo.

Finalmente levantó la mirada.

—Hay transferencias de Nico a una empresa registrada hace siete meses.

—¿Qué empresa?

Chloe habló entre lágrimas.

—Una que él creó conmigo.

Me quedé mirándola.

—¿Contigo?

Nico cerró los ojos.

Pero Leo seguía leyendo.

De repente frunció el ceño.

—Esto no tiene sentido.

—¿Qué?

Amplió algo en la pantalla.

—El primer ingreso en esa empresa ocurrió dos semanas antes de que dispararan a tu padre.

La habitación quedó muda.

Mi corazón empezó a golpearme las costillas.

—¿Qué estás diciendo?

Leo levantó lentamente los ojos hacia su hijo.

Por primera vez vi algo parecido al horror en ellos.

—Estoy diciendo que ese dinero no pudo provenir del fondo.

Nico caminó hacia la puerta.

Leo habló.

—No salgas.

Nico se detuvo.

—Papá…

Leo tomó la carpeta de mi padre y extrajo una fotografía que yo nunca había visto.

La dejó frente a nosotros.

Era una imagen de seguridad del restaurante.

La fecha correspondía a la noche del disparo.

Se veía a mi padre entrando.

A Leo unos metros detrás.

Y junto a un automóvil estacionado al otro lado de la calle…

estaba Nico.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

—Me dijiste que aquella noche estabas en Boston.

Nico no respondió.

Leo observó la fotografía.

Luego a su hijo.

—Yo tampoco sabía que estabas allí.

Nico giró el pomo.

Esta vez dos hombres aparecieron al otro lado y bloquearon la salida.

Leo se acercó lentamente.

—Vas a explicarnos por qué mentiste.

Nico respiraba demasiado rápido.

—No puedo.

—Puedes.

—No entiendes.

—Entonces haz que entienda.

Nico miró primero a su padre.

Después a mí.

Y vi cómo toda resistencia desaparecía de su rostro.

Porque el disparo contra su padre nunca fue un accidente.

Se me heló la sangre.

Leo dio un paso hacia él.

—¿Qué acabas de decir?

Nico tragó saliva.

Y entonces susurró:

La bala tampoco iba dirigida a ti, papá.

Related Posts

PARTE 2: LA CASA QUE NUNCA DEJÉ DE SER MÍA

A las 8:59 de la noche, Julian bajó del porche con el vaso de whisky todavía en la mano. —¿Qué significa esto? —preguntó. No respondí. El hombre…

Parte 2: EL DÍA EN QUE LUCÍA DEJÓ DE ESPERAR

Lucía se quedó inmóvil frente a la puerta de cristal. —¿Considerarás? —repitió lentamente. Adrián levantó una ceja. —Sí. Cuando vuelva de Miami. No hagas una tragedia de…

PARTE 2: EL NOMBRE QUE NADIE PODÍA PRONUNCIAR

—Ese es Reaper Dos. Las palabras del general cayeron sobre el campo de desfile como una granada sin explotar. Nadie respiró. Harold Wade dejó de sonreír. El…

Parte 2: LOS CUATRO HEREDEROS QUE ADRIAN PERDIÓ

A las 7:14 de la mañana, el grito de la niñera atravesó todo el ala privada del hospital. —¡Los bebés! ¡¿Dónde están los bebés?! En menos de…

Parte 2: LA VERDAD QUE ETHAN NUNCA IMAGINÓ

A la mañana siguiente, desperté antes que Lily. No había dormido más de dos horas. Pero por primera vez en años, no sentía miedo de lo que…

Parte 2: LA MANTA QUE DESCUBRIÓ LA VERDAD

A las 9:01 de aquella noche, Daniel Hale seguía fingiendo dormir. Estaba recostado en el sofá de la sala de estar, con los brazos cruzados sobre el…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *