Parte 2: ESTA VEZ ME ELEGÍ A MÍ

Dos días después, estaba en el aeropuerto.

No hubo despedida.

No hubo última cena.

Ni siquiera les dije que me marchaba.

Mi padre había conseguido resolver en cuarenta y ocho horas lo que yo creía que necesitaría meses. Una universidad en el extranjero había aceptado mi traslado gracias a una solicitud que, para mi sorpresa, él llevaba preparando desde hacía tiempo.

Cuando le pregunté por qué, respondió:

Porque siempre supe que la Universidad A no era tu sueño.

Aquella frase me hizo llorar.

No porque estuviera triste.

Sino porque mi padre había visto algo que yo llevaba años intentando ocultarme.

Antes de embarcar, abrí por última vez “Trío invencible”.

Había treinta y siete mensajes sin leer.

Camila había enviado fotos del dormitorio.

Daniel se quejaba de la comida.

Los dos discutían sobre qué club universitario elegir.

En ningún momento preguntaron si había llegado bien.

Hasta esa mañana.

Daniel:

“¿Por qué no has venido a registrarte?”

Camila:

“Estrella, tu cama sigue vacía. ¿Dónde estás?”

Luego otra vez Daniel:

“Contesta.”

Miré la puerta de embarque.

Después escribí solamente:

“No voy a estudiar en la Universidad A. Cuídense.”

Envié el mensaje.

Apagué el teléfono.

Y subí al avión.

Durante las primeras semanas en el extranjero descubrí algo extraño.

La vida continuaba perfectamente sin Daniel y Camila.

Al principio me despertaba buscando el teléfono por costumbre.

Luego recordaba que no tenía que comprobar si habían hecho planes sin mí.

No tenía que preguntar dónde estaban.

No tenía que esperar una invitación.

Y, sobre todo, no tenía que competir por un lugar que nunca había sido mío.

Entré en la facultad de arte.

La misma carrera que había abandonado por ellos.

El primer día, mientras dibujaba frente a una ventana enorme del estudio, comprendí cuánto me había traicionado a mí misma.

Había renunciado a un sueño para no perder dos amigos.

Y casi pierdo ambas cosas.

Mi padre nunca me reprochó nada.

Solo me llamó una noche y preguntó:

—¿Eres feliz?

Miré mis manos manchadas de pintura.

—Creo que estoy aprendiendo.

—Eso basta.

Los mensajes de Daniel continuaron durante meses.

Al principio eran molestos.

“¿Qué clase de broma es esta?”

“¿Por qué no nos dijiste nada?”

“Camila está llorando.”

Después se volvieron confusos.

“¿De verdad te fuiste del país?”

“Tu número ya no funciona.”

“Estrella, contéstame.”

Finalmente llegaron las disculpas.

Pero eran disculpas extrañas.

“Perdón si te sentiste excluida.”

“Nunca pensamos que fueras tan sensible.”

“No queríamos que interpretaras mal nuestra amistad.”

Leí aquella última frase muchas veces.

No porque me doliera.

Porque finalmente me parecía absurda.

Yo no había interpretado mal nada.

Simplemente había tardado dieciocho años en aceptar lo evidente.

No respondí.

Pasó un año.

Luego dos.

Hice amigos.

Personas que, cuando decían “nos vemos a las seis”, aparecían a las seis.

Personas que me preguntaban qué quería comer en lugar de decidirlo todo y avisarme después.

Personas que guardaban un asiento para mí sin necesidad de que lo pidiera.

Entonces comprendí algo dolorosamente sencillo:

la amistad verdadera no debería hacerte sentir agradecida por recibir las migajas de atención de alguien.

Cuatro años después, regresé a casa para una exposición.

Una de mis pinturas había ganado un premio universitario y una galería de mi ciudad había pedido incluirla en una muestra de jóvenes artistas.

Mi padre estaba más emocionado que yo.

—He invitado a medio mundo.

—Papá.

—Solo a medio mundo.

La noche de la inauguración llevaba casi una hora saludando personas cuando escuché una voz detrás de mí.

—Estrella.

Mi cuerpo reconoció aquella voz antes que mi mente.

Me giré.

Daniel Jiang estaba allí.

Habían pasado cuatro años.

Era más alto de lo que recordaba, llevaba traje y había perdido aquella expresión despreocupada de adolescente.

A su lado estaba Camila.

Pero algo era diferente.

No estaban juntos.

Ni siquiera parecían cómodos uno al lado del otro.

—Hola —dije.

Camila me observó durante varios segundos.

—Cambiaste mucho.

Sonreí.

—Supongo.

Daniel miró las pinturas.

—No sabía que eras tan buena.

Aquello habría significado todo para mí cuando tenía dieciocho años.

Ahora solo asentí.

—Gracias.

El silencio se volvió incómodo.

Finalmente Camila preguntó:

—¿Por qué desapareciste así?

La miré.

—No desaparecí. Les dije que me iba.

—Dos días antes.

—Ustedes se fueron sin mí el mismo día.

Camila bajó la mirada.

Daniel respiró profundamente.

—Fuimos unos idiotas.

Esperé.

—Especialmente yo —continuó—. Pensaba que siempre estarías ahí.

Esa frase, curiosamente, fue la primera disculpa sincera que escuché de él.

—Yo también lo pensaba.

Daniel sonrió con tristeza.

—Después de que te marchaste, todo cambió.

Miró a Camila.

Ella se cruzó de brazos.

—No hace falta contarle eso.

—Creo que sí.

Camila lo fulminó con la mirada.

Daniel volvió hacia mí.

—Nos peleamos mucho durante el primer semestre.

—¿Por mí?

—Al principio.

Después soltó una pequeña risa.

—Luego comprendimos que tú eras quien mantenía unido al “trío invencible”.

Recordé aquella fotografía infantil.

Daniel en el centro.

Camila a su lado.

Yo medio fuera del encuadre.

Qué curioso.

La persona que parecía sobrar era quien sostenía los bordes.

—Lo siento —dijo Camila finalmente.

Sus ojos estaban húmedos.

—De verdad.

No sentí satisfacción.

Tampoco resentimiento.

Solo una tranquilidad inmensa.

—Los perdono.

Los dos levantaron la mirada.

—Pero eso no significa que podamos volver a ser como antes.

Daniel tragó saliva.

—¿Ni siquiera podemos intentarlo?

Negué suavemente.

—No quiero volver a ser como antes.

Miré alrededor.

Mi padre conversaba orgullosamente con unos invitados.

Mis compañeros de universidad se reían cerca de una de mis obras.

Sobre la pared principal estaba el cuadro premiado.

Se titulaba “El asiento vacío”.

Mostraba una estación enorme.

Una maleta.

Una banca.

Y una joven caminando sola hacia un tren mientras, detrás de ella, quedaba un asiento vacío.

Daniel lo observó durante mucho tiempo.

—Es aquel día.

—Sí.

—¿Nos pintaste?

—No.

Sonreí.

—Me pinté a mí.

Antes de marcharse, Daniel se volvió una última vez.

—Estrella.

—¿Sí?

—Espero que hayas encontrado lo que buscabas.

Miré el cuadro.

Recordé a la chica de dieciocho años esperando frente al control de boletos, convencida de que ser abandonada significaba no ser importante.

Si pudiera volver a aquella estación, la abrazaría.

Le diría que comprara el boleto antes.

Que algunos finales no son pérdidas.

Son salidas.

—Lo encontré —respondí.

Daniel asintió y se marchó junto a Camila.

Esta vez no sentí necesidad de seguirlos con la mirada.

Mi padre apareció a mi lado.

—¿Todo bien?

Tomé su brazo.

—Todo bien.

—¿Quieres que vayamos a cenar después?

Sonreí.

—Sí.

—¿Esperamos a alguien?

Miré una última vez hacia la puerta por la que Daniel y Camila acababan de desaparecer.

Durante dieciocho años había esperado a que dos personas se volvieran para comprobar si yo seguía detrás.

Aquella noche entendí que nunca había necesitado alcanzarlas.

Negué con la cabeza.

—No, papá.

Tomé mi abrigo y caminé hacia la salida.

Esta vez no esperamos a nadie.

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