Parte 2: LA FIRMA QUE NO ERA MÍA

Me quedé mirando aquella imagen de mi firma durante varios segundos.

No era una fotografía tomada por accidente.

Estaba perfectamente recortada, limpia, sobre fondo blanco. Lista para pegarse en otro documento.

Sentí un escalofrío.

Daniel dormía a menos de tres metros de mí.

Cerré la carpeta sin modificar nada y tomé fotografías de cada archivo con mi celular: las escrituras, mi identificación, la firma y varios documentos cuyos nombres no entendí al principio.

Entonces vi uno que me hizo detenerme.

“PODER_ADMINISTRACIÓN_BORRADOR”.

Lo abrí.

El documento afirmaba que yo autorizaba a Daniel a realizar trámites relacionados con mi departamento durante mi ausencia.

Mi ausencia.

Casi me reí.

Ellos se iban a Japón.

La que supuestamente estaría ausente era yo.

Seguí leyendo hasta encontrar una dirección de correo electrónico perteneciente a una notaría.

Fotografié todo y cerré la computadora exactamente como estaba.

A las seis de la mañana bloqueé las tarjetas adicionales.

A las siete, Daniel despertó.

—¿No vas a trabajar?

—Más tarde.

Me besó la frente.

Sentí ganas de apartarme.

—Mañana salimos temprano —dijo—. Mamá quiere que los llevemos al aeropuerto juntos.

—Claro.

Sonrió.

—Sabía que entenderías.

Aquella frase terminó de matar algo dentro de mí.

Cuando Daniel salió, metí mis documentos originales, algunas joyas y ropa en una maleta. Luego cargué a Benito en su transportadora y conduje hasta casa de mis padres.

Mi madre me esperaba junto a la puerta.

—¿Encontraste algo?

Le mostré las fotografías.

Su expresión cambió.

Mi padre, Ernesto, había sido abogado corporativo durante treinta años. Cuando vio el supuesto poder, dejó la taza de café sobre la mesa.

—Mariana, esto no es una broma familiar.

—¿Qué pueden hacer con eso?

Amplió una de las fotografías.

—Con una copia de tus escrituras, identificación y una firma falsificada pueden intentar iniciar distintos trámites. Pero aquí hay algo raro.

Señaló una referencia escrita al pie.

—Esta notaría cerró hace ocho meses.

Mi madre y yo nos miramos.

—Entonces ¿por qué aparece ahí?

Papá tomó su teléfono.

—Eso pienso averiguar.

Veinte minutos después regresó con el rostro endurecido.

—El antiguo titular murió. Pero uno de sus empleados siguió operando por fuera durante meses.

—¿Ilegalmente?

—Digamos que tiene antecedentes suficientes para preocuparnos.

Mi celular vibró.

FERNANDA.

“Mariana, ¿qué hiciste con la tarjeta?”

Después llegó otro mensaje.

“NO PASA.”

Sonreí por primera vez aquella mañana.

Tres segundos después llamó Teresa.

No contesté.

Daniel llamó inmediatamente.

Tampoco respondí.

Entonces llegó su mensaje.

“Amor, mamá está intentando pagar unas excursiones y parece que el banco bloqueó tu tarjeta. ¿Puedes arreglarlo?”

Ni siquiera fingió que desconocía que estaban usando mi dinero.

Escribí:

“Debe ser seguridad del banco. Lo revisaré.”

Daniel respondió con un corazón.

Mi madre soltó una carcajada seca.

—Qué descaro.

Pero mi padre seguía observando las fotografías.

—Esperen.

Amplió otro archivo.

Era una hoja de cálculo.

Había varias cantidades y fechas.

Una línea decía:

“ANTICIPO: 380,000 MXN.”

Otra:

“ENTREGA DE POSESIÓN: 72 HORAS DESPUÉS DE FIRMA.”

Se me secó la boca.

—¿Posesión de qué?

Papá me miró.

—De tu departamento, probablemente.

Sentí que algo se hundía en mi estómago.

Entonces comprendí.

El viaje no solo servía para gastar mi dinero.

También era una coartada.

Ellos estarían fuera del país cuando alguien intentara utilizar documentos falsificados relacionados con mi propiedad.

Pero había algo que todavía no encajaba.

—¿Por qué dejarme aquí?

Mi padre frunció el ceño.

—Exactamente.

Si querían actuar sobre el departamento, tenerme dentro era un problema.

Mi teléfono sonó.

Daniel.

Esta vez contesté.

—¿Sí?

—Mariana, ¿dónde estás?

—Con mi mamá.

Silencio.

—¿Por qué?

—Vine a desayunar.

Su voz se relajó.

—Ah. Bueno. Regresa pronto. Necesito que firmes una cosa antes de que salgamos mañana.

Mi madre levantó la mirada.

Mi padre hizo un gesto indicándome que continuara.

—¿Qué cosa?

—Nada importante. Un documento del seguro del departamento.

Mentía demasiado rápido.

—Perfecto —respondí—. Lo vemos esta noche.

—Te amo.

—Yo también.

Colgué.

Mi padre habló inmediatamente.

—No firmes absolutamente nada.

—No pensaba hacerlo.

—No. Quiero decir que esta noche debes comportarte como si no sospecharas nada.

Mi madre negó con la cabeza.

—No quiero que vuelva sola.

—No estará sola.

Papá abrió un cajón y sacó una pequeña cámara.

—Vamos a documentarlo.

Esa noche regresé al departamento.

Daniel estaba cerrando maletas.

Teresa y Fernanda también habían venido.

Sobre la mesa del comedor había una botella de vino.

Y una carpeta azul.

La misma clase de carpeta que había visto escaneada en la computadora.

—¡Llegó la guardiana de la casa! —bromeó Fernanda.

Sonreí.

—¿Listos para Tokio?

—Más que listos.

Teresa me abrazó.

—Gracias por entender, hija. Cuando volvamos te traigo algo bonito.

Pensé en los 380,000 pesos.

—Qué amable.

Daniel esperó hasta que sus padres fueron a revisar unas maletas.

Entonces puso la carpeta frente a mí.

—Firma aquí.

Leí el encabezado.

Seguro residencial.

Perfectamente normal.

Demasiado normal.

Pasé las páginas.

En la última había una hoja casi idéntica, pero el texto cambiaba.

PODER ESPECIAL IRREVOCABLE.

Levanté la vista.

Daniel estaba observándome.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Tomé la pluma.

Y justo cuando iba a apoyarla sobre el papel, sonó el timbre.

Daniel se puso rígido.

Teresa salió del dormitorio.

—¿Quién es?

Nadie respondió.

El timbre volvió a sonar.

Daniel caminó hacia la puerta y miró por la mirilla.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

No contestó.

Entonces escuchamos una voz desde el pasillo.

—Señor Daniel Ortega, necesitamos hablar con usted sobre una operación inmobiliaria.

Teresa dejó caer su bolso.

Fernanda palideció.

Pero lo que más me sorprendió fue Daniel.

No parecía asustado por aquella visita.

Parecía asustado porque habían llegado demasiado pronto.

Entonces Teresa me miró.

Y por primera vez desapareció completamente su sonrisa.

—Daniel —susurró—, ella ya sabe.

El departamento quedó en silencio.

Yo todavía sostenía la pluma.

Y detrás de la puerta, el desconocido añadió:

—Señora Mariana, no firme nada. El departamento que intentan vender no es el único inmueble que aparece a su nombre.

Miré lentamente a Daniel.

Él bajó los ojos.

Y entendí que acababa de descubrir solamente la primera mentira.

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