Parte 2: EL GIRO EN EL ALTAR

Sebastian inclinó ligeramente la cabeza hacia mí.

—Si quieres salir de aquí, mi auto está esperando. Si quieres quedarte, me quedaré contigo hasta que el último invitado se vaya. Pero elige por ti, Victoria. Por primera vez hoy, no pienses en lo que necesitan ellos.

Aquellas palabras me atravesaron.

Miré a Ryan.

Luego a Danielle, todavía vestida como una versión cuidadosamente preparada de mí.

Y comprendí algo.

Habían convertido mi boda en un escenario porque estaban seguros de conocer mi papel.

La novia abandonada.

La hermana humillada.

La mujer que lloraría mientras ellos explicaban que “el amor simplemente ocurrió”.

No.

Ese papel no sería mío.

—Sebastian —dije.

—¿Sí?

Una idea absurda cruzó mi mente.

Quizá fue el shock.

Quizá fueron cuatro años desperdiciados.

O quizá estaba cansada de vivir tomando siempre la decisión razonable para que otros pudieran comportarse de manera irresponsable.

—Tú viniste aquí para oficiar una boda.

Una sonrisa apenas visible apareció en sus labios.

—Eso decía mi agenda.

Algunas personas rieron nerviosamente.

Yo respiré hondo.

—Entonces sería una pena desperdiciar todo esto.

Ryan dio un paso.

—Victoria, ¿qué estás haciendo?

No lo miré.

Mis ojos permanecieron sobre Sebastian.

—Ya que los planes de hoy han cambiado… ¿qué tal si te casas conmigo?

El silencio fue extraordinario.

Laura dejó caer su bolso.

Mi madre se quedó con la boca abierta.

Ryan parecía haber olvidado cómo parpadear.

Y Danielle…

Danielle palideció.

Pero Sebastian no se rió.

Eso consiguió asustarme más que cualquier otra reacción.

Me estudió durante unos segundos.

—¿Estás preguntándome en serio?

Sentí cómo regresaba la realidad.

Había dicho aquello para recuperar mi día.

Para demostrar que nadie iba a verme destruida.

Pero el hombre frente a mí estaba tratándolo como una pregunta real.

—Sebastian…

Se acercó lo suficiente para hablar sin elevar la voz.

—No voy a aprovecharme del peor momento de tu vida. Pero tampoco voy a fingir que no recuerdo aquella noche en el museo.

Mi corazón dio un golpe extraño.

Ryan nos miró.

—¿Qué noche?

Sebastian ni siquiera volvió la cabeza.

—La noche en que conocí a Victoria.

Danielle soltó una pequeña carcajada incrédula.

—Esto es ridículo. ¿Ahora vas a casarte con un desconocido para castigarnos?

Finalmente la miré.

—No, Danielle. Lo sorprendente es que todavía creas que cualquier decisión que tome tiene que tratarse de ti.

Su rostro se endureció.

Entonces Ryan agarró mi brazo.

—Victoria, basta.

Sebastian cambió inmediatamente.

No levantó la voz.

—Suéltala.

Ryan miró su mano y después a Sebastian.

—Esto es entre mi prometida y yo.

Me liberé.

—Ex prometida.

Aquello pareció golpearlo por primera vez.

—Cuatro años no desaparecen en diez minutos.

—Tienes razón. Necesitaste ocho meses para destruirlos.

Ryan abrió la boca.

Danielle se adelantó.

—¡Estoy embarazada!

Todas las miradas regresaron hacia ella.

Se llevó ambas manos al vientre.

—¿Eso no significa nada para nadie?

Mi madre se acercó.

—Danielle…

Pero ella retrocedió.

—No. Durante toda mi vida todo ha sido Victoria. Victoria consiguió el mejor trabajo. Victoria compró apartamento. Victoria tuvo la boda perfecta…

La miré incrédula.

—¿Así justificas acostarte con mi prometido?

—¡No planeamos enamorarnos!

—Pero sí planeaste ese vestido.

Silencio.

Laura se levantó.

—Y los teléfonos.

Danielle la fulminó con la mirada.

—No te metas.

—Soy la dama de honor. Literalmente era mi trabajo meterme.

Varias personas rieron.

Danielle comenzó a llorar.

Y entonces Ryan hizo algo inesperado.

No fue hacia ella.

Vino hacia mí.

—Victoria, escucha. Podemos arreglar esto.

Danielle dejó de llorar.

—¿Qué?

Ryan ignoró a mi hermana.

—Cometí errores. Muchos. Pero no tienes que convertir esto en una locura.

Observé su rostro.

Por primera vez comprendí que Ryan no esperaba perderme.

Esperaba confesar su aventura, presentar el embarazo como un hecho irreversible y después verme competir por él.

Aquello me produjo una tranquilidad casi cruel.

—¿La amas?

Miró a Danielle.

Dudó.

Solo un segundo.

Fue suficiente.

—Ryan —susurró ella.

Él se pasó una mano por el cabello.

—Las cosas son complicadas.

Cerré los ojos.

Qué frase tan pequeña para ocho meses de traición.

Cuando volví a abrirlos, Sebastian seguía allí.

Sin presionarme.

Sin intentar rescatarme.

Simplemente esperando.

Entonces me quité el velo.

Se lo entregué a Laura.

—La recepción sigue adelante.

—Victoria —dijo mi madre—, quizá deberíamos cancelar.

—No.

Miré a los invitados.

—Hoy iba a celebrar el comienzo de mi matrimonio. Eso ya no sucederá.

Hice una pausa.

—Así que celebraré haber descubierto la verdad antes de firmar el certificado equivocado.

Esta vez los aplausos fueron más fuertes.

Ryan bajó la cabeza.

Danielle parecía furiosa.

Sebastian sonrió.

—Me parece una razón excelente para brindar.

Me volví hacia él.

—¿Y mi propuesta?

Sus cejas se elevaron.

—Pensé que había sido retórica.

—Quizá lo fue.

—Qué decepción.

Me reí.

Fue la primera risa auténtica de aquella mañana.

Pero entonces Sebastian metió una mano dentro de su chaqueta.

Sacó un sobre.

—Aunque hay algo que deberías saber antes de volver a bromear con casarte conmigo.

Su expresión había cambiado.

—¿Qué?

Me entregó el sobre.

En la esquina aparecía el nombre de la firma donde trabajaba Ryan.

Miré a Sebastian.

—¿Qué es esto?

—Algo que recibí el viernes.

Ryan vio el sobre.

Y perdió completamente el color.

—¿De dónde sacaste eso?

Sebastian lo miró por primera vez.

—Ahora sí quieres hablar conmigo.

Ryan avanzó.

—Victoria, no lo abras.

Sentí un escalofrío.

Danielle parecía confundida.

—Ryan, ¿qué contiene?

Nadie respondió.

Abrí el sobre.

Había documentos financieros.

En la primera página aparecía mi nombre.

Debajo, una cantidad:

2.800.000 dólares.

—No entiendo.

Sebastian habló lentamente.

—Hace seis semanas alguien intentó utilizar activos vinculados a tu nombre como garantía para una operación privada.

Miré a Ryan.

—¿Tú hiciste esto?

—Puedo explicarlo.

Pero Sebastian todavía no había terminado.

—Hay más.

Pasó hasta la última página.

Entonces señaló una firma.

La mía.

Solo que yo jamás había firmado aquel documento.

Sentí que todo el ruido de la iglesia desaparecía.

—Esto es falso.

—Lo sé —respondió Sebastian.

Ryan retrocedió.

Y Danielle lo miró como si acabara de descubrir que el hombre por quien había destruido a su hermana era un completo desconocido.

Pero entonces Sebastian dijo algo todavía peor.

—Victoria, Ryan no estaba intentando dejarte para casarse con Danielle.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Entonces qué estaba intentando hacer?

Sebastian observó a Ryan.

—Eso es exactamente lo que llevo tres semanas intentando averiguar.

Ryan se dirigió hacia la salida.

Dos hombres que estaban sentados en la última fila se levantaron simultáneamente.

Ryan se detuvo.

Y Sebastian añadió:

—Porque la persona que falsificó tu firma sabía que esta boda tenía que celebrarse hoy.

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