PARTE 2: LA APUESTA NÚMERO 100 FUE SU RUINA.

Adrian dejó de reír.

—¿Qué acaba de decir?

El inversionista repitió lentamente:

—Sin el treinta y uno por ciento de Emma, usted no controla suficientes votos para mantenerse como presidente.

Adrian miró a Ruby.

Ella todavía llevaba mis rosas rojas entre los brazos.

—Eso es imposible.

—Revise los documentos.

La llamada terminó.

Durante unos segundos, Adrian permaneció inmóvil.

Después abrió frenéticamente los archivos corporativos desde su teléfono.

Y allí estaba.

Emma Fu: treinta y uno por ciento.

Una participación que nunca había pertenecido a Adrian.

Una participación que yo había mantenido delegada a su favor durante nuestro matrimonio.

Hasta ahora.

Ruby dejó las rosas sobre una mesa.

—Señor Fu…

—Cállate.

Fue la primera vez que le habló así.

Adrian me llamó.

No respondí.

Volvió a llamar.

Nada.

Después llegaron los mensajes.

“Emma, ¿qué estás haciendo?”

“Deja de comportarte como una niña.”

“Contesta.”

“Podemos hablar.”

Los leí mientras mi abogada colocaba frente a mí el expediente definitivo.

—Una vez que termine el período de reflexión, ¿estás segura?

Firmé.

—Completamente.

—Entonces prepararemos todo para el día treinta.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era Ruby.

Una fotografía.

Ella estaba sentada junto a Adrian en el automóvil.

“Parece que la señora necesita atención otra vez.”

No respondí.

Bloqueé su número.


Dos días después se celebró la reunión extraordinaria del consejo.

Adrian llegó convencido de que podría solucionarlo todo.

Entró acompañado por Ruby.

Cuando me vio sentada al otro extremo de la mesa, sonrió con incredulidad.

—¿De verdad viniste?

—Yo solicité la reunión.

Su sonrisa se debilitó.

—Emma, basta.

Se sentó frente a mí.

—Retira la solicitud de divorcio y devuelve mi autorización de voto. Después hablamos en casa.

Mi abogada deslizó un documento sobre la mesa.

—La señora Fu no tiene intención de hacerlo.

Adrian ni siquiera miró el documento.

Solo me observó.

—¿Cuánto tiempo vas a seguir con esta rabieta?

No sentí dolor.

Eso fue lo extraño.

Meses atrás, aquellas palabras me habrían hecho llorar.

Ahora solo me parecían cansadas.

—Hasta que termine.

—¿Qué cosa?

—Nuestro matrimonio.

Ruby soltó una pequeña risa.

—Señora, todavía quedan veintisiete días.

La miré.

—Lo sé.

—Entonces todavía podemos ganar la apuesta.

Varios directivos fruncieron el ceño.

Adrian giró hacia ella.

—Ruby.

Pero ya era tarde.

Mi abogada conectó una computadora a la pantalla principal.

Apareció la fotografía que había tomado de su teléfono.

REGISTRO DE LÁGRIMAS DE EMMA FU.

Noventa y nueve entradas.

Fechas.

Fotografías.

Comentarios.

Apuestas.

El silencio dentro de la sala se volvió insoportable.

Adrian palideció.

—¿De dónde sacaste eso?

—De Ruby.

Todas las miradas cayeron sobre ella.

Ruby retrocedió.

—Era una broma privada.

Mi abogada cambió de diapositiva.

Aparecieron mensajes corporativos.

En ellos, Ruby había compartido fotografías mías llorando.

Adrian había respondido con apuestas.

“Esta noche cae.”

“Cinco minutos.”

“Si pide divorcio otra vez, ganas tú.”

Después apareció el número noventa y nueve.

La cena.

La prenda húmeda.

La orden de Adrian.

“Llora.”

Uno de los directores cerró lentamente su carpeta.

—Presidente Fu, ¿utilizó recursos corporativos para acosar a su esposa junto con una subordinada?

Adrian se levantó.

—Esto no tiene relación con la empresa.

—Sí la tiene —respondió mi abogada—. Parte del material fue almacenado y distribuido mediante dispositivos corporativos.

Ruby comenzó a ponerse nerviosa.

—Yo nunca obligué a Emma a llorar.

La miré.

—No.

Hice una pausa.

—Solo convertiste mi dolor en entretenimiento.

Por primera vez, Ruby no tuvo respuesta.

Adrian rodeó la mesa y se acercó a mí.

—Emma, salgamos.

—No.

—Tenemos que hablar en privado.

—Durante tres años todo ocurrió en privado.

Levanté la mirada.

—Ahora puedes escucharme delante de todos.

Su mandíbula se tensó.

—¿Qué quieres?

Aquella pregunta resumía nuestro matrimonio.

Nunca había entendido que yo no quería dinero.

Ni regalos.

Ni flores.

Quería respeto.

—Quiero que aceptes que se terminó.

—No.

Su respuesta fue inmediata.

Algunos directivos lo miraron sorprendidos.

—No voy a divorciarme.

Mi abogada intervino.

—Usted ya firmó la solicitud.

Adrian me señaló.

—La retirará.

Ruby intentó sonreír.

—Se lo dije. Número cien.

Entonces comprendí que todavía creían que aquello era un juego.

Abrí mi bolso.

Saqué una pequeña caja transparente.

Dentro estaban las noventa y nueve prendas que había encontrado durante seis meses, cuidadosamente empaquetadas como evidencia.

La dejé frente a Adrian.

—Aquí tienes tus noventa y nueve victorias.

Su rostro se endureció.

—Emma…

—Disfrútalas.

Me levanté.

—Porque no habrá número cien.


Los días siguientes fueron diferentes.

Adrian comenzó enviando flores.

Las devolví.

Después joyas.

También las devolví.

A la semana apareció frente a mi apartamento.

No lo dejé entrar.

—Emma, abre.

Permanecí detrás de la puerta.

—Vete.

—Despedí a Ruby.

No respondí.

—¿Me escuchaste?

—Sí.

—Entonces abre.

Casi me reí.

Seguía creyendo que despedirla solucionaría todo.

—La primera vez también la despediste.

Silencio.

—Esta vez es diferente.

—También dijiste eso.

—Puedo cambiar.

Cerré los ojos.

—Adrian, no me voy porque Ruby exista.

Al otro lado de la puerta dejó de hablar.

—Me voy porque tú convertiste a la persona que decía amar en un juguete.

No respondió.

Sus pasos desaparecieron varios minutos después.


Llegó el día treinta.

Regresé al registro civil acompañada por mi abogada.

Adrian ya estaba allí.

Solo.

Tenía los ojos rojos y parecía no haber dormido.

Cuando me vio, se levantó.

—Emma.

No contesté.

—Ruby ya no trabaja conmigo.

Continué caminando.

—Eliminé las fotografías.

Seguí adelante.

Entonces sujetó suavemente mi muñeca.

Me aparté.

Adrian se quedó paralizado.

—¿De verdad vas a hacerlo?

—Sí.

—Nos conocemos desde niños.

—Lo sé.

—Fui tu primer amor.

—También lo sé.

Su voz se quebró.

—Entonces, ¿cómo puedes dejarme?

Lo miré durante unos segundos.

—Porque el hombre del que me enamoré jamás habría apostado sobre cuántas veces podía hacerme llorar.

Adrian bajó la cabeza.

Esta vez no tuvo respuesta.

Firmamos.

Cuando recibí el certificado, sentí una tranquilidad que había olvidado que existía.

Emma Fu dejó de ser su esposa.

Y exactamente treinta minutos después, comenzó la reunión definitiva del consejo.

Adrian llegó tarde.

Entró todavía sujetando los documentos del divorcio.

Entonces me vio sentada en la cabecera.

—¿Qué haces ahí?

El vicepresidente se levantó.

—Comenzaremos la votación para destituir al presidente.

Adrian se quedó inmóvil.

—Emma…

—Mi treinta y uno por ciento vota a favor.

Uno tras otro, otros accionistas levantaron la mano.

Adrian contó los votos.

Su rostro fue perdiendo color.

Había perdido.

No solo el matrimonio.

También la presidencia.

Ruby había apostado que yo regresaría antes de diez días.

Adrian había apostado que lo haría antes de treinta.

Ninguno entendió que la apuesta número cien nunca había sido hacerme llorar.

Era comprobar si finalmente tendría el valor de marcharme.

Me levanté y caminé hacia la salida.

Adrian pronunció mi nombre.

No me detuve.

Durante años había corrido detrás de él cada vez que amenazaba con alejarse.

Aquella vez fue diferente.

La número noventa y nueve había sido la última lágrima que Adrian Fu consiguió de mí.

Y cuando finalmente comprendió que no existiría una número cien, ya había perdido a su esposa, su presidencia y la única persona que siempre había estado de su lado.

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