La señora Xia entró como si aquel quirófano también perteneciera a su familia.
Sus dos asistentes avanzaron detrás de ella y bloquearon parcialmente la puerta.
—Shen Qingli, bájate inmediatamente —ordenó—. Esos tres niños llevan la sangre de la familia Xia. No tienes derecho a decidir sobre ellos por capricho.
La miré sin moverme.
Durante tres años de matrimonio había soportado aquella misma voz.
La voz que criticaba mi ropa.
Mi trabajo.
Mi educación.
Incluso la manera en que servía el té.
Antes bajaba la cabeza.
Ahora no.
—Señora Xia, creo que está confundida.
Sus cejas se arquearon.
—¿Qué has dicho?
—Que estoy divorciada de su hijo. Ya no soy su nuera.
Su rostro se endureció.
—Pero llevas a mis nietos.
Xia Wenzhou intervino:
—Mamá, sal. Yo resolveré esto.
—¿Resolverlo tú?
Ella señaló furiosamente el informe.
—¡Si fueras capaz de resolver algo, tu esposa no se habría divorciado estando embarazada!
Gu Mingyan palideció.
Wenzhou apretó la mandíbula.
Yo casi sonreí.
Qué curioso.
Durante nuestro matrimonio, la señora Xia jamás me había defendido.
Ahora que sabía que esperaba trillizos, de repente volvía a ser “su esposa”.
Me quité la manta de las piernas y bajé con cuidado de la mesa.
Wenzhou reaccionó inmediatamente.
—Despacio.
Extendió la mano para ayudarme.
Me aparté antes de que pudiera tocarme.
Su brazo quedó suspendido en el aire.
—No necesito tu ayuda.
Algo se quebró en su mirada.
La señora Xia se acercó.
—Muy bien. Regresaremos a casa y hablaremos tranquilamente. Puedes pedir lo que quieras. Una casa, acciones, dinero…
—No quiero nada.
—Entonces, ¿qué quieres?
La miré directamente.
—Que desaparezcan de mi vida.
El silencio cayó como hielo.
Gu Mingyan fue la primera en romperlo.
—Hermana Qingli, quizá deberías pensarlo mejor. Después de todo, son tres vidas…
Giré lentamente hacia ella.
—¿Y tú quién eres para opinar?
Su expresión se congeló.
—Yo solo…
—Hace dieciséis días firmé mi divorcio. Hoy apareces detrás de mi exmarido llevando los gemelos que le regalaste y hablando de mis decisiones como si formaras parte de mi familia.
Di un paso hacia ella.
—¿No estabas probándote vestidos de novia?
Gu Mingyan abrió la boca.
Pero Wenzhou habló primero.
—No era su vestido.
Lo miré.
—¿Qué?
—Mingyan acompañaba a su prima. Yo fui porque mi madre insistió en que debía llevar unos documentos a la familia Gu.
La señora Xia cambió ligeramente de expresión.
Wenzhou continuó:
—Y tampoco voy a casarme con ella.
Gu Mingyan quedó blanca.
—Wenzhou…
—Nunca dije que lo haría.
Ella lo miró incrédula.
—Pero tu madre dijo…
—¡Basta!
La voz de Wenzhou resonó en la sala.
Por primera vez desde que conocía a Gu Mingyan, la vi perder aquella máscara delicada.
—Entonces, ¿por qué te divorciaste? —preguntó ella.
Wenzhou quedó inmóvil.
Yo también quería escuchar la respuesta.
Porque durante tres años me había repetido que nuestro matrimonio había sido un error.
Que jamás podría darme lo que yo esperaba.
Que separarnos era lo mejor.
Finalmente habló.
—Porque pensé que Qingli quería irse.
Fruncí el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
Wenzhou me miró.
—Encontré tu solicitud para trasladarte a Suiza.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
—¿Mi qué?
—La solicitud estaba en tu escritorio. Habías aceptado un puesto en Ginebra. Había incluso una carta donde decías que llevabas meses preparando tu salida.
Lo observé fijamente.
—Nunca solicité ningún traslado.
Esta vez fue él quien palideció.
—Imposible.
—Trabajo para el Instituto Huachen. Nunca he solicitado ningún puesto en Suiza.
La expresión de Wenzhou cambió lentamente.
Confusión.
Después incredulidad.
Finalmente, una frialdad aterradora.
Giró hacia Gu Mingyan.
Ella retrocedió.
—¿Por qué me miras?
—Mingyan.
Su voz era peligrosamente tranquila.
—Tú encontraste aquella carta.
—Yo…
—Tú me la entregaste.
La señora Xia intervino rápidamente:
—Eso ahora no importa.
Wenzhou giró hacia su madre.
—¿Tú también lo sabías?
—Lo importante son los niños.
—Te pregunté si lo sabías.
La señora Xia evitó su mirada.
Aquello fue suficiente.
Wenzhou soltó una risa seca.
—Increíble.
Yo sentí una amarga ironía.
Así que nuestro divorcio quizá había comenzado con una mentira.
Pero eso no borraba los tres años anteriores.
No borraba cada vez que me había dejado sola.
Ni las noches en que Gu Mingyan llamaba y él abandonaba nuestra casa sin explicaciones.
—Aunque alguien falsificara esa solicitud —dije—, tú elegiste creerla.
Wenzhou volvió la cabeza.
—Qingli…
—Nunca me preguntaste.
Se quedó callado.
—Ese fue siempre nuestro problema.
Tomé mi bolso.
—Creías cualquier cosa sobre mí excepto lo que salía de mi propia boca.
Pasé junto a él.

Entonces la señora Xia ordenó:
—Deténganla.
Los dos asistentes avanzaron.
Wenzhou se interpuso inmediatamente.
—Quien la toque queda despedido.
—¡Wenzhou!
—He dicho que nadie la toque.
Su madre tembló de furia.
—¿Vas a permitir que se lleve a tres descendientes Xia?
—Son sus hijos antes que sus herederos.
Lo miré sorprendida.
Pero no dije nada.
Salí del quirófano.
Wenzhou me siguió.
—Qingli.
Continué caminando.
—Dame una oportunidad para investigar lo de Suiza.
—Investiga lo que quieras.
—Si descubro quién lo hizo…
Me detuve.
—¿Qué cambiaría?
No respondió.
—Incluso si alguien provocó nuestro divorcio, Wenzhou, nadie te obligó a tratarme como una extraña durante tres años.
Sus ojos se enrojecieron.
—Entonces dime qué tengo que hacer.
—Nada.
—No aceptaré eso.
—Tendrás que hacerlo.
Entré en el ascensor.
Antes de que las puertas se cerraran, puso una mano entre ellas.
—No te pediré que vuelvas conmigo.
Lo miré.
—Pero tampoco permitiré que tomes una decisión mientras estás furiosa conmigo.
—No estoy furiosa.
Eso pareció dolerle todavía más.
—Simplemente dejé de esperarte.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Entonces escuchamos un grito detrás.
—¡Wenzhou!
Gu Mingyan corría hacia nosotros.
Tenía el teléfono en la mano.
Su rostro estaba desencajado.
—Tu abuelo se enteró del embarazo.
Wenzhou se tensó.
—¿Cómo?
Ella no respondió.
Solo levantó la pantalla.
Había un mensaje enviado al grupo familiar Xia.
Una fotografía de mi ecografía.
“Embarazo de trillizos.”
Debajo aparecía otro mensaje.
“Lleven a Shen Qingli inmediatamente a la residencia ancestral.”
Wenzhou miró a Gu Mingyan.
—¿Quién tomó esa fotografía?
Ella negó desesperadamente.
—Yo no fui.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Y el aire abandonó mis pulmones.
Era una fotografía tomada aquella misma mañana.
Yo entrando en el hospital.
Debajo había una frase:
“Señorita Shen, si quiere saber por qué su divorcio fue preparado desde hace seis meses, no regrese con Xia Wenzhou.”
Llegó otro mensaje.
Una imagen de varios documentos.
Reconocí inmediatamente la primera página.
Era mi falsa solicitud de traslado.
Pero debajo aparecía algo mucho peor.
Un informe médico fechado tres meses antes de nuestro divorcio.
Paciente: Shen Qingli.
Diagnóstico: embarazo.
Levanté lentamente la mirada hacia Wenzhou.
Yo había descubierto mi embarazo hacía apenas unas horas.
Entonces…
¿cómo podía existir un informe sobre mis hijos tres meses antes?