PARTE 2: EL MATRIMONIO ERA UNA TRAMPA

Adrian evitó mi mirada.

Ese pequeño gesto respondió antes que cualquier palabra.

—¿Desde cuándo lo sabías? —pregunté.

—Elena, no empieces.

—¿Desde cuándo?

Victoria golpeó la mesa.

—¡No tienes derecho a interrogar a mi hijo!

El abogado Harris se levantó.

—Señora Grant, dadas las circunstancias, no continuaré representándola en este asunto.

Victoria quedó boquiabierta.

—¿Qué?

—No fui informado de hechos esenciales antes de preparar ese documento.

Cerró su maletín.

—Y no participaré en ninguna estrategia destinada a obtener derechos sobre un patrimonio ajeno mediante información incompleta.

Luego se volvió hacia mí.

—Señora Shaw, le recomiendo que no firme absolutamente nada sin su propio abogado.

—Gracias.

Harris salió.

La puerta se cerró.

Y entonces quedamos los tres.

Victoria.

Adrian.

Y yo.

—Habla —dije.

Adrian se levantó lentamente.

—Puedo explicarlo.

—Curioso. Hace cinco minutos me dijiste que no dramatizara.

—Porque no sabía que mi madre había incluido esas cláusulas.

—Pero sabías de mi herencia.

Silencio.

Ahí estaba la verdad.

Victoria perdió la paciencia.

—¡Claro que lo sabía!

Adrian giró bruscamente.

—Mamá.

—¿Para qué seguir fingiendo?

Sentí un frío profundo.

Victoria me miró con un desprecio completamente distinto al de los últimos doce días.

Ya no era el desprecio hacia una mujer pobre.

Era rabia porque su plan había fallado.

—Tu abuelo buscó compradores para uno de sus locales meses antes de morir —dijo—. La información circuló entre varias firmas.

Miré a Adrian.

Él trabajaba en inversiones.

Todo encajó.

La fiesta donde nos conocimos.

La conversación casual.

Las coincidencias.

La velocidad del noviazgo.

El matrimonio apenas tres meses después de recibir la herencia.

—¿Me investigaste?

Adrian dio un paso hacia mí.

—Al principio.

Sentí que aquellas dos palabras destruían cada recuerdo.

Los libros.

Los cafés.

Las cenas.

Las horas esperándome frente a la oficina.

—¿Al principio?

—Escúchame. Cuando supe que Henry Carter tenía una nieta como heredera, quise conocerte.

—¿Por qué?

Victoria respondió por él.

—Porque necesitábamos tus propiedades.

Adrian palideció.

—¡Cállate!

Pero ya era tarde.

—¿Necesitaban?

Victoria apretó los labios.

Comprendió que había hablado demasiado.

Saqué el teléfono.

—Continúe, señora Grant.

—Guarda eso.

—No.

Adrian se acercó.

—Elena, dame el teléfono.

Retrocedí.

—Ni se te ocurra tocarme.

Se detuvo.

Victoria respiró profundamente.

—La familia Grant está desarrollando un complejo comercial en la avenida central.

Mi corazón dio un golpe.

Mis tres locales estaban allí.

—Las propiedades de tu abuelo están justo en medio del proyecto —continuó—. Henry se negó durante años a vender.

Entonces comprendí.

Nunca habían querido mi dinero.

Querían algo mucho más específico.

Mi propiedad.

—Después murió —dije.

Victoria no respondió.

—Y ustedes descubrieron que yo era la heredera.

Adrian habló rápidamente.

—Elena, yo solo debía acercarme a ti y convencerte de vender.

—¿Debías?

—Sí.

—Entonces nuestro primer encuentro fue preparado.

Bajó los ojos.

—Sí.

La palabra me dolió más de lo que esperaba.

—¿Y la propuesta?

Adrian tardó demasiado.

Eso también fue una respuesta.

Me quité el anillo.

Lo dejé sobre la mesa.

—Elena.

—No.

Su rostro cambió.

—No puedes decidir terminar nuestro matrimonio en cinco minutos.

—Tú decidiste empezarlo antes de conocerme.

Victoria soltó una risa seca.

—¿Divorciarte?

Se acercó.

—Hazlo. Pero antes deberías averiguar cuánto cuesta enfrentarse a los Grant.

La miré.

—¿Es una amenaza?

—Es experiencia.

Tomé mi bolso.

—Perfecto.

—¿Adónde vas?

—A buscar la mía.

Salí del apartamento.

Solo cuando entré al ascensor permití que mis manos temblaran.

No lloré.

Llamé a Robert Mason.

Respondió al segundo tono.

—Elena.

—Necesito verte.

Debió escuchar algo en mi voz.

—Ven al despacho.

Cuarenta minutos después puse todo sobre su escritorio.

El documento de Victoria.

Mi acta notarial.

El anillo.

Y la historia completa.

Robert escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, permaneció en silencio.

—Hay algo que no entiendo —dijo finalmente.

—¿Qué?

Abrió un archivo digital.

—Los Grant intentaron comprar esos tres locales directamente a tu abuelo cuatro veces.

Giró la pantalla.

Había ofertas.

Todas rechazadas.

—La última fue seis semanas antes de su muerte.

Seguí leyendo.

Entonces vi una nota escrita por mi abuelo:

“No negociar con Grant Capital bajo ninguna circunstancia.”

—¿Por qué?

Robert abrió otro documento.

—Tu abuelo descubrió irregularidades relacionadas con el proyecto.

—¿Qué clase de irregularidades?

—Todavía no lo sé. Parte de sus archivos desapareció después de su muerte.

Lo miré.

—¿Desapareció?

—Su caja fuerte estaba abierta cuando ejecutamos el testamento.

Sentí que el estómago se cerraba.

—¿Por qué nunca me dijiste esto?

—Porque pensamos que Henry había retirado los documentos personalmente.

Robert se quedó quieto.

—Hasta ahora.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Adrian.

Lo silencié.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

“Tenemos que hablar.”

Otro.

“Mi madre no te contó todo.”

Y finalmente:

“Tu abuelo sabía quién era yo antes de que nos conociéramos.”

Se lo enseñé a Robert.

Su expresión cambió.

—Eso no tiene sentido.

—¿Por qué?

Robert abrió lentamente un cajón.

Sacó un sobre amarillento.

Mi nombre estaba escrito a mano.

ELENA.

—Tu abuelo dejó esto con instrucciones muy específicas.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué instrucciones?

—Que te lo entregara únicamente si alguien de la familia Grant intentaba obtener tus propiedades.

Me quedé inmóvil.

Robert deslizó el sobre hacia mí.

Rompí el sello.

Dentro había una fotografía.

Mi abuelo aparecía frente a uno de los locales.

A su lado estaba un hombre mucho más joven.

Reconocí inmediatamente aquellos ojos.

Era Adrian.

La fotografía tenía fecha de cinco años atrás.

Cinco años antes de nuestro supuesto primer encuentro.

En el reverso, mi abuelo había escrito una sola frase:

“Elena: si estás leyendo esto, significa que Adrian Grant consiguió acercarse a ti. No confíes en él. Y, sobre todo, no permitas que descubra lo que hay debajo del tercer local.”

Levanté la mirada hacia Robert.

—¿Qué hay debajo?

Antes de que pudiera responder, su secretaria abrió la puerta.

Estaba pálida.

—Señor Mason…

Robert se levantó.

—¿Qué ocurre?

Ella miró directamente hacia mí.

—Acaban de informar de un incendio en la avenida central.

Sentí que dejaba de respirar.

—¿Dónde?

La mujer tragó saliva.

—En el tercer local de la señorita Shaw.

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