PARTE 2: SU MEMORIA ME HABÍA OLVIDADO, PERO SU CORAZÓN NO.

Miré el teléfono de Adrian durante varios segundos.

Treinta y siete veces.

Mi nombre escrito treinta y siete veces.

—Noah, dime que esto es una broma.

—Ojalá.

Deslizó la pantalla.

Había fotografías de varias páginas de una libreta. La letra era inconfundible.

CLAIRE.

CLAIRE.

CLAIRE.

Algunas veces aparecía escrito con firmeza. Otras, casi ilegible.

Y al final de la última página había una frase.

“NO DEJARLA IR.”

Sentí un escalofrío.

—¿Cuándo escribió esto?

—Mientras dormía.

Le devolví el teléfono.

—Entonces necesita un neurólogo, no una exesposa.

Intenté entrar en el ascensor.

Noah bloqueó la puerta con una mano.

—Hay algo más.

Lo miré con resignación.

—Por supuesto que hay algo más.

—El médico cree que su pérdida de memoria podría no ser permanente.

Eso sí consiguió borrar mi buen humor.

—¿Cuánto tardaría en recuperarla?

—No lo sabe.

—¿Días?

—Tal vez.

—¿Semanas?

—También.

Respiré hondo.

Perfecto.

Mi libertad podía tener fecha de caducidad.

Noah bajó la voz.

—Pero el problema no es solo que pueda recordar.

—¿Entonces?

—Está empezando a repetir comportamientos que supuestamente olvidó.

Fruncí el ceño.

—¿Qué comportamientos?

Noah señaló discretamente hacia la calle.

Miré.

Tres automóviles negros estaban estacionados frente al edificio.

Cerré los ojos.

—No.

—Sí.

—¿Me está siguiendo?

—Dice que es por seguridad.

—¡Ni siquiera recuerda quién soy!

—Ese es exactamente el problema.

Noah parecía genuinamente preocupado.

—No entiende por qué siente que debe saber dónde está usted en todo momento.

Aquello era absurdo.

Nos habíamos divorciado precisamente porque su amnesia me había regalado una salida perfecta.

Y ahora su cerebro podía haberme olvidado mientras sus viejas costumbres seguían intactas.

Saqué mi teléfono.

Llamé a Adrian.

Contestó al segundo tono.

—¿Qué?

Su voz seguía siendo fría.

—Retira los coches.

Silencio.

—¿Qué coches?

—Adrian.

—No sé de qué hablas.

Miré directamente hacia uno de los vehículos.

El conductor apartó inmediatamente la mirada.

—Tienes diez segundos.

—No estoy siguiéndote.

—Nueve.

—Claire.

—Ocho.

—Solo pedí que comprobaran que llegaras segura.

—Eso se llama seguirme.

—No cuando lo hago yo.

Me quedé callada.

Él también.

Finalmente pregunté:

—¿Escuchaste lo que acabas de decir?

Otro silencio.

Más largo.

—Retiraré los coches.

Colgué.

Noah parecía a punto de reír.

—Ni una palabra.

—No dije nada.


Esa noche salí a cenar con mi mejor amiga.

Elegimos el restaurante más caro que encontramos.

Pedimos demasiado.

Brindamos por mi divorcio.

—Por Claire —dijo ella levantando la copa—. La única mujer del mundo que recibió diez mil millones y libertad el mismo día.

—Por la amnesia.

Chocamos las copas.

Entonces mi amiga dejó de sonreír.

Miraba detrás de mí.

—Claire.

—¿Qué?

—No gires demasiado rápido.

Naturalmente, giré inmediatamente.

Adrian estaba sentado tres mesas más allá.

Solo.

Con gafas oscuras.

Casi escupí la bebida.

Me levanté.

Caminé hasta su mesa.

—¿Qué haces aquí?

Adrian levantó la mirada con absoluta tranquilidad.

—Cenando.

—¿Solo?

—Sí.

—En el mismo restaurante que yo.

—Es un lugar público.

—A tres mesas de distancia.

—Coincidencia.

Le quité las gafas.

—¿Y esto?

—Las luces me molestan.

Lo miré fijamente.

Él sostuvo mi mirada.

Finalmente preguntó:

—¿Yo hacía esto antes?

—Constantemente.

Su expresión se endureció.

—Parece ridículo.

—Lo era.

—Entonces ¿por qué te casaste conmigo?

Aquella pregunta me sorprendió.

Me senté frente a él.

—Porque antes de casarnos pensé que eras intenso.

—¿Y después?

—Descubrí que eras agotador.

Por primera vez pareció herido.

—¿Tan malo fui?

No respondí enseguida.

—Me querías, Adrian. Pero querías tenerme siempre cerca. No es lo mismo.

Bajó la mirada.

—No recuerdo nada.

—Lo sé.

—Pero cuando te veo marcharte…

Apretó los dedos alrededor del vaso.

—Siento que estoy perdiendo algo que no puedo permitirme perder.

Mi corazón dio un golpe absurdo.

Me levanté.

—Entonces acostúmbrate a esa sensación.

Y regresé con mi amiga.


A las dos de la madrugada me despertó una llamada de Noah.

—Claire, venga al hospital.

Me incorporé.

—¿Qué ocurrió?

—El señor Reed se desmayó.

Veinte minutos después estaba allí.

Adrian permanecía inconsciente mientras los médicos revisaban nuevas imágenes de su cerebro.

Uno de ellos me llevó aparte.

—Está experimentando recuerdos fragmentarios.

—¿Eso significa que recuperará la memoria?

—Probablemente.

Miré hacia la habitación.

—¿Cuándo?

—Puede ocurrir gradualmente.

Hizo una pausa.

—O de golpe.

Como si aquellas palabras hubieran sido una señal, escuchamos un ruido dentro.

Entré.

Adrian estaba despierto.

Respiraba con dificultad.

Sus ojos encontraron los míos.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después murmuró:

—La lluvia.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

—Llevabas un vestido blanco.

Sentí que el pecho se me cerraba.

Era nuestra primera cita.

—Adrian…

Se llevó una mano a la cabeza.

—Te perseguí tres meses.

Otro recuerdo.

—Basta.

—Mil rosas.

—Adrian.

—Cambiaste de número para que dejara de llamarte.

Noah abrió los ojos.

Los recuerdos estaban regresando.

Entonces Adrian me miró.

Y algo cambió en su expresión.

La frialdad desapareció.

Apareció aquella intensidad que conocía demasiado bien.

—Nos divorciamos.

No era una pregunta.

—Sí.

—Yo lo pedí.

—Sí.

Pareció horrorizado.

—¿Y tú aceptaste?

—Con entusiasmo.

Intentó levantarse.

Los médicos lo obligaron a permanecer acostado.

—Quiero anularlo.

Solté una carcajada.

—Ni lo sueñes.

—Claire.

—Legalmente estamos divorciados.

—Entonces nos casamos otra vez.

—No.

—Mañana.

—No.

—Esta tarde.

—¡Adrian!

El monitor comenzó a acelerar.

El médico le ordenó tranquilizarse.

Yo salí antes de estrangularlo con la almohada.

Pensé que aquello era lo peor que podía ocurrir.

Me equivocaba.

A la mañana siguiente, Noah apareció en mi apartamento con el rostro completamente pálido.

Traía una carpeta.

—Encontramos el informe original del accidente.

—¿Y?

—El coche del señor Reed no perdió el control accidentalmente.

Sentí que mi sonrisa desaparecía.

—¿Qué estás diciendo?

—Los frenos fueron manipulados.

Me quedé inmóvil.

Noah abrió la carpeta.

—Además, encontramos una grabación realizada desde el vehículo minutos antes del choque.

Pulsó reproducir.

Primero escuché la voz de Adrian.

Después mi propio nombre.

“Si algo me ocurre, no permitan que Claire se acerque.”

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

Noah tragó saliva.

—Siga escuchando.

La voz de Adrian continuó:

“Porque si descubren que ella es la verdadera propietaria de Reed Holdings, irán por ella después de mí.”

El mundo pareció detenerse.

Miré a Noah.

—¿Qué acaba de decir?

Pero antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.

Era Adrian.

Contesté.

Su respiración sonaba agitada.

—Claire, ya recuerdo el accidente.

—Adrian…

—Y recuerdo quién manipuló mi coche.

Su voz se volvió repentinamente baja.

—No vuelvas a tu apartamento. La persona que intentó matarme tiene una llave de tu casa.

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