PARTE 2: EL HOMBRE QUE NO EXISTÍA.

Durante unos segundos no pude responder.

—Rachel… eso no tiene sentido.

—Ojalá no lo tuviera.

Su voz sonaba distinta. Ya no era mi amiga hablando conmigo durante el almuerzo.

Era detective.

—El Ethan Reed real murió en un accidente automovilístico hace cuatro años, cerca de Dayton. Tenía treinta y un años. Sin esposa. Sin hijos.

Sentí que las piernas me fallaban.

—Entonces… ¿quién es el hombre con el que llevo tres meses saliendo?

—Todavía no lo sé.

—¿Cómo consiguió sus documentos?

—Emma, escúchame. No vuelvas a tu apartamento.

Miré alrededor de mi oficina.

—Estoy en el trabajo.

—Sal por la entrada trasera. Mi compañero está yendo por ti.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—¿Todo bien?

El teléfono casi se me cayó.

Ethan estaba a cinco metros.

Llevaba dos cafés en las manos.

Sonreía.

Perfectamente.

—Pensé que hoy te gustaría un cappuccino —dijo.

Rachel seguía en la línea.

—Emma, ¿él está ahí?

No respondí.

Ethan inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Con quién hablas?

—Con Rachel.

Por primera vez, algo cambió en su rostro.

No fue miedo.

Fue cálculo.

Duró menos de un segundo.

—Ah, la detective.

Nunca le había dicho que Rachel era detective.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

—¿Cómo sabes eso?

Ethan sonrió.

—Me lo comentaste alguna vez.

—No.

Silencio.

Los dos lo sabíamos.

No se lo había dicho.

Dejó los cafés sobre mi escritorio.

—Emma, creo que deberíamos hablar.

Rachel gritó desde el teléfono:

—¡NO TE VAYAS CON ÉL!

Varios compañeros levantaron la vista.

Ethan miró alrededor.

Su sonrisa desapareció.

—Apaga el teléfono.

—No.

—Emma.

Su voz seguía siendo tranquila.

Pero ahora entendía por qué mi padre había desconfiado de él.

No necesitaba levantar la voz para dar una orden.

Me alejé lentamente.

—¿Quién eres?

Ethan me observó durante varios segundos.

Después suspiró.

—No aquí.

—¿Quién eres?

—Las cosas son más complicadas de lo que parecen.

—El verdadero Ethan Reed está muerto.

Esta vez no sonrió.

Solo me miró.

Y aquella ausencia absoluta de sorpresa fue la respuesta que necesitaba.

Corrí.

Escuché sus pasos detrás de mí.

Atravesé el pasillo y empujé la puerta de emergencia.

Las escaleras estaban vacías.

—¡Emma!

Seguí bajando.

Piso doce.

Once.

Diez.

Mis manos temblaban tanto que apenas podía sujetar el teléfono.

—Rachel…

—Sigue bajando. La policía está llegando.

Entonces escuché una puerta abrirse dos pisos encima de mí.

Ethan.

No corría desesperadamente.

Bajaba con calma.

Como si supiera exactamente dónde terminaría yo.

Llegué al octavo piso y salí al pasillo.

Vi a dos guardias de seguridad.

—¡Ayuda!

Los dos se acercaron.

Treinta segundos después, Ethan apareció por la puerta.

Se detuvo al verlos.

—Señor, no se acerque.

Ethan levantó lentamente las manos.

—Solo quiero hablar con mi novia.

—No soy tu novia.

Su mirada se clavó en mí.

Y por primera vez vi algo completamente diferente detrás de sus ojos.

Rabia.

No mucha.

Solo la suficiente.

Los guardias lo mantuvieron apartado hasta que llegaron dos policías.

Rachel apareció con ellos.

Cuando Ethan la vio, su expresión cambió otra vez.

—Detective Torres.

Rachel se quedó inmóvil.

—¿Nos conocemos?

—No personalmente.

Aquella respuesta hizo que ella sacara inmediatamente las esposas.

Horas después estábamos en una sala de interrogatorios.

Mi padre llegó sin decir una palabra.

Me abrazó.

Yo no podía dejar de temblar.

Rachel entró con una carpeta.

—Ya sabemos quién es.

Mi padre levantó la vista.

—¿Nombre?

—Marcus Hale.

Sentí que aquel nombre pertenecía a un desconocido.

Porque lo hacía.

—Treinta y seis años —continuó Rachel—. Trabajó durante años para una empresa privada de seguridad e inteligencia corporativa.

Miré a mi padre.

Él no parecía sorprendido.

—Entrenamiento para entrevistas hostiles —murmuró.

Rachel asintió.

—También vigilancia, creación de identidades de cobertura y obtención de información.

—¿Por qué yo?

Rachel guardó silencio.

Eso me asustó más que cualquier respuesta.

—Rachel.

Finalmente deslizó una fotografía sobre la mesa.

Era una imagen de mi padre tomada desde lejos.

Saliendo de un supermercado.

La fecha era de cinco meses antes.

Mucho antes de que yo conociera a Ethan.

—No se acercó a ti por casualidad.

Mi padre tomó la fotografía.

Su rostro cambió.

—Era por mí.

Rachel asintió.

Marcus había trabajado para una compañía investigada años atrás por corrupción dentro del sistema penitenciario.

Mi padre había sido uno de los funcionarios que entregaron documentos internos a las autoridades.

Su testimonio había ayudado a enviar a varios hombres a prisión.

—Uno de ellos salió hace seis meses —explicó Rachel.

Mi padre cerró los ojos.

—Charles Vance.

—Exacto.

Entonces comprendí.

Ethan.

Marcus.

El novio perfecto.

No había aparecido porque le gustara.

Había entrado en mi vida para llegar hasta mi padre.

—¿Qué quería?

Rachel respiró hondo.

—Creemos que buscaba algo que tu padre guardó después del juicio.

Miré a papá.

Él palideció.

—No puede ser.

—¿Qué cosa?

Mi padre tardó demasiado en responder.

Finalmente dijo:

—Un cuaderno.

Cuando trabajaba en la prisión, había registrado nombres, pagos y fechas relacionados con funcionarios corruptos.

Nunca lo entregó completo.

Conservó una copia por seguridad.

—¿Dónde está?

Mi padre me miró.

—En mi casa.

Salimos inmediatamente.

La policía llegó antes que nosotros.

La puerta principal estaba cerrada.

Nada parecía extraño.

Hasta que entramos.

Los cajones estaban abiertos.

Los armarios vaciados.

El despacho completamente destrozado.

Mi padre corrió hacia una vieja estantería.

Apartó varios libros.

Detrás había una pequeña caja metálica.

Abierta.

Vacía.

—Se lo llevó —susurró.

Pero Rachel negó.

—Marcus estuvo detenido desde que salió de tu oficina.

Entonces todos nos quedamos quietos.

Si Marcus no había tomado el cuaderno…

alguien más trabajaba con él.

Escuché un ruido en la cocina.

Los policías reaccionaron inmediatamente.

Entraron.

No había nadie.

Solo una ventana abierta.

Sobre la mesa había un sobre.

Mi nombre estaba escrito encima.

Emma.

Dentro encontré una fotografía.

Era yo.

Durmiendo en mi cama.

Tomada desde dentro de mi apartamento.

Detrás había una frase.

“MARCUS ERA SOLO EL PRIMERO.”

Mi padre llamó inmediatamente a la policía para reforzar la investigación.

Durante las semanas siguientes descubrieron toda la red.

Charles Vance había contratado a Marcus para acercarse a mí, entrar en nuestras vidas y encontrar el cuaderno.

Pero Marcus había cometido un error.

Había creado una identidad demasiado perfecta.

Tan perfecta que mi padre la reconoció como falsa en diez minutos.

La segunda persona involucrada también fue localizada.

Era un antiguo empleado de mantenimiento del edificio de mi padre.

Había entrado en la casa mientras nosotros estábamos en la comisaría.

El cuaderno fue recuperado antes de que pudiera entregarlo.

Sus registros permitieron reabrir varios casos antiguos.

Charles Vance volvió a prisión.

Marcus aceptó colaborar con las autoridades y confesó cómo había estudiado mi rutina durante meses antes de conocerme.

Había memorizado mis cafeterías favoritas.

Mis horarios.

Mis películas.

Incluso las cuentas que seguía en redes sociales.

Todo aquello que yo había interpretado como compatibilidad…

había sido investigación.

Vendí mi apartamento.

Cambié mis contraseñas.

Cambié mi número.

Y tardé mucho tiempo en volver a confiar en alguien.

Pero aprendí algo que nunca olvidé.

Meses después, estaba cenando con mi padre cuando le pregunté:

—¿Cómo supiste tan rápido que algo estaba mal?

Él sonrió.

—No lo supe.

—¿Entonces?

—Solo vi pequeñas cosas que no encajaban.

Tomó una mandarina del plato.

—La gente cree que detectar el peligro consiste en descubrir algo enorme.

Negó lentamente.

—Casi nunca funciona así.

Peló la fruta con calma.

—Normalmente empieza con una sonrisa demasiado perfecta. Una historia demasiado limpia. Una respuesta demasiado preparada.

Lo miré.

—¿Y si no hubieras dicho nada?

Mi padre se quedó pensativo.

—Entonces probablemente habrías seguido enamorándote de alguien que nunca existió.

Aquella frase me acompañó durante años.

Porque Ethan Reed jamás había sido real.

Ni su universidad.

Ni su trabajo.

Ni su pasado.

Ni aquella sonrisa perfecta.

Pero había una cosa completamente real.

La sensación que tuvo mi padre diez minutos después de conocerlo.

Y desde entonces entendí que, cuando alguien que te ama reconoce un peligro que tú todavía no puedes ver, quizá no siempre tenga razón.

Pero vale la pena mirar dos veces antes de seguir abriendo la puerta.

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