PARTE 2: EL HIJO QUE NUNCA FUE DE OTRO.

Ethan seguía esperando mi respuesta.

Nuestro hijo permanecía entre sus brazos, entretenido con uno de los botones de su camisa, completamente ajeno a la tormenta que acababa de desatar.

—¿Depende de si quiero divorciarme? —repitió Ethan lentamente.

Asentí.

—Exactamente.

Su mandíbula se tensó.

—Olivia, deja de jugar conmigo.

Esta vez no pude sonreír.

Durante un año había conseguido esconder la verdad detrás de excusas absurdas. Pero el niño tenía sus mismos ojos, la misma expresión seria y hasta aquella pequeña arruga entre las cejas cuando se enfadaba.

Ya no podía seguir huyendo.

—Sí —susurré finalmente—. Es tu hijo.

Ethan quedó inmóvil.

Miró al bebé.

Después a mí.

Luego otra vez al pequeño.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde antes de encontrarte frente al registro civil.

El silencio fue terrible.

—Entonces aquel día…

—Ya sabía que estaba embarazada de ti.

Ethan cerró los ojos.

Parecía estar reconstruyendo cada conversación que habíamos tenido desde entonces.

Mi supuesto exmarido.

El padre irresponsable.

La historia del divorcio.

Todas mis mentiras.

Cuando volvió a mirarme, había dolor detrás de su furia.

Te casaste conmigo sabiendo que llevabas a mi hijo y me dejaste creer durante más de un año que pertenecía a otro hombre.

—Tú me dijiste que eras estéril.

—¡Porque eso me dijeron los médicos!

El bebé se sobresaltó.

Ethan bajó inmediatamente la voz y lo abrazó contra su pecho.

Ese gesto me dolió más que cualquier grito.

Porque durante aquel año había sido un padre para nuestro hijo incluso creyendo que no compartían una sola gota de sangre.

—Intenté encontrarte —dije.

Ethan soltó una risa amarga.

—¿Cuándo?

—Cuando descubrí el embarazo. Llamé a tu antiguo número. Estaba desconectado. Después hablé con tu asistente.

Su expresión cambió.

—¿Qué asistente?

—Victoria.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué te dijo?

—Que estabas comprometido.

El silencio regresó.

Esta vez fue diferente.

—Olivia… yo nunca estuve comprometido.

Sentí un escalofrío.

—Pero ella dijo…

—Victoria fue despedida dos meses después de que viajé. Descubrimos que estaba interceptando llamadas personales.

Me quedé sin palabras.

Cinco años separados por sospechas.

Un embarazo escondido.

Un matrimonio construido sobre mentiras.

Y quizá todo había comenzado porque otras personas habían hablado en nuestro lugar.

Ethan dejó cuidadosamente al niño en su cuna.

Después caminó hacia la ventana.

—¿Sabes por qué dije que era estéril aquel día?

Negué.

—Porque quería que aceptaras casarte conmigo.

Lo miré sorprendida.

Ethan continuó de espaldas.

—Vi tu vientre y pensé que otro hombre había conseguido lo que yo siempre quise contigo.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—¿Qué querías conmigo?

Giró lentamente.

—Una familia.

No pude respirar durante un instante.

—Entonces ¿por qué desapareciste cinco años atrás?

Su expresión se endureció.

—Porque fui a buscarte y te vi subir al coche de Marcus Bell.

Recordé inmediatamente aquella tarde.

—Marcus era el abogado de mi madre.

Ethan parpadeó.

—¿Qué?

—Estábamos intentando renegociar las deudas de su tratamiento.

—Me dijeron que era un empresario millonario y que estabas saliendo con él.

Solté una risa sin humor.

—¿Y decidiste creerlo?

—Tú tampoco me preguntaste por Rebecca.

Ahí estaba.

La mujer que yo había visto besándolo durante una fiesta.

—La vi besarte.

—Estaba borracha. Me besó sin avisar y la aparté.

—Yo me marché antes.

—Exactamente.

Nos quedamos mirándonos.

Cinco años de nuestras vidas habían desaparecido porque ninguno tuvo el valor de hacer una sola pregunta.

Me senté lentamente.

—Somos idiotas.

Ethan casi sonrió.

—En eso estamos de acuerdo.

Pero su expresión volvió a oscurecerse.

—Aunque todavía no entiendo algo.

—¿Qué?

—La prueba médica.

Se acercó a la cuna.

—Me hicieron dos estudios. Ambos indicaron que las posibilidades de que pudiera tener hijos eran prácticamente inexistentes.

—Prácticamente inexistentes no significa imposibles.

—No.

Miró al niño.

—Pero quiero confirmarlo.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Quieres una prueba de paternidad?

—Quiero saber toda la verdad.

No podía culparlo.

Tres días después fuimos juntos a una clínica.

La espera fue insoportable.

Cuando finalmente llegaron los resultados, Ethan abrió el sobre delante de mí.

Leyó la primera página.

Después volvió a leerla.

Sus ojos se humedecieron.

No necesitó decir nada.

La prueba confirmaba que Ethan era el padre.

Se sentó junto a mí.

Durante varios segundos ninguno habló.

Entonces tomó mi mano.

—Perdí su embarazo.

Bajé la mirada.

—Sí.

—Sus primeras patadas.

—Sí.

—La primera ecografía.

Asentí.

Su voz se quebró.

—No quiero perder nada más.

Lo miré.

—Ethan…

Sacó algo del bolsillo.

Mi corazón se detuvo.

Era nuestro certificado de matrimonio, doblado y desgastado en los bordes.

—Lo llevo conmigo desde aquel día.

—¿Por qué?

—Porque nunca pensé divorciarme de ti.

Las lágrimas me llenaron los ojos.

—Entonces ¿por qué me preguntaste si quería hacerlo?

—Porque estaba esperando que tú dijeras que no.

Solté una pequeña risa entre lágrimas.

Ethan acercó su frente a la mía.

—Empezamos este matrimonio mintiéndonos.

—Eso parece.

—Entonces quiero empezar otra vez.

Un mes después regresamos al mismo registro civil.

Mi mejor amiga estaba allí.

Cuando nos vio acercarnos juntos, levantó ambas manos.

—No. Me niego. La última vez que los dejé solos aquí terminaron casados accidentalmente.

Me reí.

Ethan tomó mi mano.

Esta vez no necesitábamos firmar ningún documento nuevo.

Seguíamos legalmente casados.

Pero queríamos volver al lugar donde había comenzado aquella locura.

Frente a la misma entrada donde él había mirado mi vientre y había creído que llevaba al hijo de otro, Ethan colocó una mano sobre la cabeza de nuestro pequeño.

—Tengo que confesarte algo más.

Lo miré con sospecha.

—¿Qué cosa?

Sonrió.

Mi futura novia nunca faltó aquel día.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—No había ninguna futura novia.

Abrí la boca.

Ethan sonrió todavía más.

—Te vi frente al registro civil, embarazada, y entré en pánico. Así que inventé una historia.

Lo golpeé suavemente en el brazo.

—¡Ethan Hale!

Él soltó una carcajada.

—Tú inventaste un marido.

—¡Porque tú inventaste una novia!

Mi amiga nos miró horrorizada.

—Definitivamente ustedes dos se merecen.

Ethan me rodeó con un brazo.

Nuestro hijo comenzó a reír sin entender nada.

Y yo también terminé riendo.

Porque después de cinco años perdidos, un embarazo secreto, un matrimonio improvisado y demasiadas mentiras absurdas, finalmente entendimos la verdad.

Nunca habíamos dejado de elegirnos.

Solo habíamos sido demasiado orgullosos para admitirlo.

Y aquella vez, cuando salimos juntos del registro civil, ya no éramos dos exnovios fingiendo que no sentían nada.

Éramos una familia que, después de perderse durante cinco años, finalmente había encontrado el camino de regreso.

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