Los aplausos comenzaron lentamente.
Primero desde las mesas cercanas al escenario.
Después se extendieron por todo el salón.
Yo subí los escalones sin mirar atrás, aunque podía sentir los ojos de Julian clavados en mi espalda.
Malcolm me estrechó la mano frente a todos.
—Audrey, bienvenida oficialmente a Aurelia Systems.
Me entregó el micrófono.
Desde allí arriba pude verlo todo.
Camilla había retrocedido medio paso.
Julian seguía inmóvil.
Su rostro, normalmente tan seguro, había perdido el color.
Diez minutos antes me había llamado esposa decorativa.
Ahora acababa de descubrir que yo poseía el cincuenta y ocho por ciento de la compañía de la que esperaba convertirse en presidente.
—Gracias, Malcolm —dije—. Y gracias a todos ustedes.
Mi voz salió tranquila.
—Durante los últimos meses he conocido Aurelia mejor de lo que muchos imaginan. He estudiado sus contratos, sus deudas, sus proyectos… y especialmente sus cuentas.
Vi cómo Julian tensaba la mandíbula.
Malcolm apenas movió la cabeza.
La advertencia había sido suficiente.
No pensaba destruir a mi marido aquella noche.
Todavía no.
—Northstar no compró esta compañía para desmantelarla —continué—. La compró porque creemos que merece sobrevivir.
Los empleados volvieron a aplaudir.
Cuando terminé, Julian ya caminaba hacia mí.
Me interceptó detrás del escenario.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Trabajando.
—¡No juegues conmigo!
Su mano se levantó hacia mi brazo.
Esta vez Malcolm se colocó entre nosotros.
—Señor Vance, le recomiendo que recuerde dónde está.
Julian lo miró con incredulidad.
—Soy Julian Mercer.
—Lo sabemos perfectamente —respondió Malcolm.
Aquellas palabras tuvieron un peso extraño.
Julian también lo notó.
Me siguió hasta una sala privada.
Camilla entró detrás de nosotros.
—Explícame esto —exigió Julian.
Me senté tranquilamente.
—¿Qué parte?
—¡Northstar!
—Es mía.
—Eso ya lo escuché. Quiero saber cómo.
—Mi madre la fundó hace veintiséis años. Cuando murió, heredé el control.
Camilla frunció el ceño.
—Pero dijiste que habías heredado dinero.
—Lo hice.
La miré.
—Nunca dije cuánto.
Julian soltó una risa seca.
—¿Y compraste Aurelia sin decírmelo?
—Sí.
—¡Soy tu marido!
—Curioso.
Me incliné ligeramente hacia él.
—Hace quince minutos parecía que Camilla era quien debía estar a tu lado.
Camilla apartó la mirada.
Entonces observé sus pendientes.
—Por cierto, esos diamantes son míos.
Ella palideció.
—Julian me dijo que eran un regalo.
—Lo fueron.
Miré a mi esposo.
—Mi regalo de aniversario.
El silencio se volvió insoportable.
Camilla se quitó los pendientes.
—Yo no sabía…
—No me interesa lo que sabías.
Los dejó sobre la mesa.
Julian golpeó el respaldo de una silla.
—¡Basta! Mañana hablaremos en casa.
—No.
—¿Qué?
—Mañana hablaremos aquí.
Saqué una carpeta de mi bolso.
La coloqué frente a él.
En la portada aparecía su nombre.
JULIAN MERCER.
REVISIÓN INTERNA CONFIDENCIAL.
Por primera vez, vi miedo verdadero en sus ojos.
—¿Qué es eso?
—Algo que deberías conocer.
Intentó tomarla.
Puse la mano encima.
—Todavía no.
—Audrey.
—Durante seis semanas, Northstar realizó una auditoría antes de cerrar la adquisición.
Camilla miró a Julian.
—¿Auditoría?
Él no respondió.
—Encontramos irregularidades —continué—. Contratos inflados. Facturas duplicadas. Consultorías sin informes de trabajo.
Julian soltó una carcajada demasiado rápida.
—Eso ocurre en cualquier empresa de este tamaño.
—También encontramos proveedores creados pocos días antes de recibir contratos millonarios.
La sonrisa desapareció.
—Y varios fueron aprobados directamente por ti.

Camilla dio otro paso atrás.
Julian señaló la carpeta.
—No sabes cómo funciona Aurelia.
—Precisamente por eso contraté a personas que sí saben.
En ese instante llamaron a la puerta.
Entró Malcolm acompañado del abogado general.
—Audrey —dijo—, tenemos un problema.
Me levanté.
—¿Qué ocurrió?
El abogado miró a Julian antes de contestar.
—Alguien intentó acceder hace ocho minutos al servidor financiero y eliminar archivos relacionados con tres proveedores investigados.
Camilla se quedó rígida.
Julian habló inmediatamente.
—Entonces encuentren al responsable.
El abogado mantuvo la mirada sobre él.
—Ya estamos haciéndolo.
Sentí que algo cambiaba.
Hasta entonces había creído que Julian era arrogante.
Infiel.
Quizá corrupto.
Pero su reacción no fue la de un hombre sorprendido.
Fue la de alguien calculando cuánto sabíamos.
Su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Y durante una fracción de segundo vi un nombre.
Camilla.
Pero Camilla estaba delante de nosotros.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez ella también lo vio.
—¿Por qué tienes un contacto guardado con mi nombre?
Julian bloqueó la pantalla.
—No es asunto tuyo.
Camilla lo miró, confundida.
—Julian…
—He dicho que no es asunto tuyo.
Entonces comprendí algo.
Tal vez Camilla no era la persona que más debía preocuparme.
El abogado recibió una llamada y salió al pasillo.
Regresó menos de un minuto después.
Su expresión había cambiado por completo.
—Tenemos la dirección desde la que se intentaron borrar los archivos.
Malcolm preguntó:
—¿Desde dónde?
El abogado me miró.
—Desde la residencia Mercer.
Mi casa.
Sentí un frío lento recorrerme.
—Eso es imposible. No hay nadie allí.
Julian dejó de respirar por segunda vez aquella noche.
Y entonces lo vi.
Una pequeña gota de sudor descendiendo por su sien.
—¿Quién está en nuestra casa, Julian?
—Nadie.
—Mírame.
No lo hizo.
Tomé mi teléfono y abrí la aplicación de seguridad.
Las cámaras del vestíbulo estaban desconectadas.
La del jardín también.
Todas menos una.
La cámara del despacho de mi madre.
Abrí la transmisión.
Una figura vestida de negro estaba frente a la antigua caja fuerte.
—¿Qué…?
La imagen tembló.
La persona giró.
No pude verle el rostro.
Pero sí vi lo que llevaba en la mano.
Una carpeta azul que reconocí inmediatamente.
Mi madre me había prohibido abrirla antes de morir.
Según su testamento, solo debía hacerlo si Northstar adquiría Aurelia Systems.
Y aquella misma mañana la había sacado de la caja fuerte.
O eso creía.
Busqué dentro de mi bolso.
Nada.
Julian retrocedió hacia la puerta.
—Audrey, tenemos que irnos.
Lo miré.
—¿Por qué?
La alarma de mi teléfono comenzó a sonar.
MOVIMIENTO DETECTADO.
Volví a mirar la transmisión.
La figura había desaparecido.
Pero sobre el escritorio había dejado algo.
Un sobre blanco.
Y escrito encima, con tinta negra, había cuatro palabras:
“AUDREY, PREGÚNTALE A JULIAN.”
Levanté lentamente la mirada hacia mi esposo.
Su rostro estaba completamente pálido.
—¿Preguntarte qué?
Julian abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, Malcolm recibió un mensaje.
Lo leyó.
Y su expresión se endureció.
—Audrey…
—¿Qué?
Me mostró la pantalla.
Era una copia escaneada de un documento fechado siete años atrás.
Mucho antes de que Julian y yo nos conociéramos.
En la última página aparecían dos firmas.
Una pertenecía a mi madre.
La otra pertenecía a Julian Mercer.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Tú me dijiste que nunca habías conocido a mi madre.
Julian cerró los ojos.
Y cuando volvió a abrirlos, ya no había arrogancia en ellos.
Solo miedo.
—Audrey…
—¿Quién eres realmente?
Él dio un paso hacia mí.
—Tu madre no murió por accidente.
Y todo el salón pareció quedarse en silencio.