Parte 2: EL PRECIO DE TRAICIONARME

Ha Du dejó de bromear.

—Vi Vi, ¿estás segura?

Miré nuevamente la publicación de Meng Qian.

La bata.

La habitación.

La figura de Giang Triet detrás de ella.

Y aquella frase escrita con la seguridad de quien llevaba demasiado tiempo creyendo que podía ocupar mi lugar.

—Completamente.

—Entonces necesito saber una cosa —dijo Ha Du—. ¿Quieres venganza emocional o quieres hacerlo legalmente impecable?

Sonreí.

—Me conoces.

—Por eso pregunto.

—Legalmente impecable.

Hubo un breve silencio.

Después escuché cómo abría una computadora.

—Entonces no hagas nada impulsivo. No publiques más comentarios. No amenaces. No discutas con él.

—¿Y qué hago?

Deja que siga creyendo que todavía tiene algo que salvar.

Aquella frase me gustó.

Durante la siguiente hora reunimos todo.

Mensajes.

Transferencias.

Contratos.

Documentos de la firma.

Y algo que Giang Triet había olvidado hacía años.

Antes de retirarme profesionalmente, yo había sido quien estructuró buena parte de sus primeros acuerdos.

Cuando él no tenía clientes, yo le conseguí contactos.

Cuando no podía pagar el alquiler del despacho, yo adelanté dinero.

Cuando Dai Thanh dudó en contratarlo, fui yo quien habló con Chu Hong.

Y cuando empezó a ganar cifras que jamás habíamos imaginado…

Giang Triet insistió en que yo administrara sus ingresos.

—Tú eres mejor con el dinero —decía.

Durante años, parte de su salario entraba en una cuenta conjunta destinada a inversiones y gastos futuros.

Nunca me interesó tocarlo.

Hasta aquella noche.

No para quedármelo.

Sino porque tres meses antes Giang Triet había firmado personalmente una autorización para realizar una donación anual desde aquella cuenta a un proyecto de ayuda jurídica que yo dirigía.

El límite autorizado era enorme.

Él lo había firmado sin leer demasiado.

Como siempre.

Ha Du revisó el documento.

—Esto es válido.

—Lo sé.

—¿Cuánto queda pendiente de ejecutar este año?

Le dije la cifra.

Silbó.

—Vi Vi…

—Hazlo.

—¿Todo?

—Hasta el último yuan permitido por la autorización.

Aquella noche, mientras Giang Triet seguía llamándome desde París, su salario, sus bonos acumulados y una gran parte de los beneficios que él mismo había autorizado destinar al fondo comenzaron a transferirse legalmente al programa de asistencia jurídica gratuita.

No fueron a mi cuenta.

No compré bolsos.

No compré coches.

No necesitaba su dinero.

Lo envié directamente a financiar abogados para mujeres abandonadas, trabajadores despedidos injustamente y familias incapaces de pagar representación legal.

La ironía era casi perfecta.

El hombre que me había humillado…

acababa de financiar cientos de casos para personas traicionadas por gente como él.

A las seis de la mañana recibí una llamada de Chu Hong.

—¿Estás despierta?

—Sí.

—Giang Triet me llamó.

—Me imagino.

—Dice que estás intentando destruir su carrera por celos.

Me reí.

—¿Eso dijo?

—También dijo que Meng Qian entró accidentalmente en su habitación porque había un problema con la reserva.

—¿Y accidentalmente se puso mi bata?

Silencio.

Chu Hong suspiró.

—Por eso te estoy llamando a ti.

Entonces añadió:

—Hay algo más.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Revisé el viaje.

Me incorporé.

—Meng Qian nunca estuvo autorizada para ir a París.

—Eso ya lo sabía.

—No. No entiendes.

La voz de Chu Hong se volvió seria.

Giang Triet modificó personalmente la documentación interna para incluirla después de que el presupuesto fuera aprobado.

Mis dedos se tensaron alrededor del teléfono.

—¿Utilizó dinero de Dai Thanh?

—Billetes. Hotel. Dietas.

Cerré los ojos.

Una aventura privada era una cosa.

Usar recursos profesionales para financiarla era otra.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo que debo hacer como socio principal.

Colgó.

A las nueve, Meng Qian eliminó su publicación.

A las nueve y cinco publicó otra:

“Algunas personas interpretan cualquier amistad entre un hombre y una mujer como algo sucio. Qué triste vivir sin confianza.”

A las nueve y siete, Giang Triet compartió la publicación.

No dijo mi nombre.

No hacía falta.

A las nueve y diez, Ha Du me envió una captura.

—Está preparando el relato —dijo.

—¿Qué relato?

—Que eres una prometida celosa que está acosando a una joven empleada.

Me quedé mirando la pantalla.

Después sonreí.

—Déjalo.

—¿Segura?

—Sí.

Porque por primera vez comprendí lo que Giang Triet estaba haciendo.

No quería salvar nuestra relación.

Quería salvarse a sí mismo.

Y para conseguirlo estaba dispuesto a convertirme públicamente en la villana.

Perfecto.

Lo dejé continuar.

Durante las siguientes veinticuatro horas no publiqué nada.

No respondí.

No discutí.

Giang Triet regresó de París un día antes de lo previsto.

Llegó a nuestro apartamento a las once de la noche.

Yo ya había preparado una pequeña maleta suya junto a la puerta.

Cuando entró y la vio, su rostro se endureció.

—¿Qué significa esto?

—Tus cosas básicas.

—Vi Vi, deja de actuar como una niña.

Lo miré.

Aquella frase hizo desaparecer cualquier resto de tristeza.

—¿Una niña?

—Meng Qian cometió una estupidez. Eso es todo.

—¿Durmió contigo?

—No.

Respondió demasiado rápido.

—¿La besaste?

—No.

—¿Le diste mi bata?

—Ella la tomó por error.

Asentí.

—¿Y modificaste documentos de Dai Thanh para llevarla a París por error también?

Se quedó inmóvil.

Solo un segundo.

Pero lo vi.

—¿Quién te dijo eso?

—No importa.

—Chu Hong.

No contesté.

Giang Triet comenzó a caminar por la sala.

—Esto se está saliendo de control.

—Estoy de acuerdo.

—Entonces llama a Chu Hong y dile que fue un malentendido.

Me reí.

Él frunció el ceño.

—¿Qué tiene tanta gracia?

—Diez años.

—¿Qué?

—Diez años pensando que eras inteligente.

Su rostro se oscureció.

—Vi Vi.

—Utilizaste dinero de la firma para llevar a tu asistente a París y ahora quieres que yo llame a tu jefe para salvarte.

Me acerqué.

—¿Eso es lo que crees que soy?

Él bajó la voz.

—Somos una familia.

Aquello sí consiguió hacerme reír de verdad.

—Curioso momento para recordarlo.

Su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

La sangre abandonó su rostro.

—¿Qué pasó? —pregunté.

No respondió.

El teléfono volvió a vibrar.

Después otra vez.

Finalmente me mostró la pantalla.

Notificación bancaria.

Saldo insuficiente.

Otra.

Transferencia ejecutada.

Otra.

Transferencia ejecutada.

Giang Triet levantó lentamente la mirada.

—¿Qué hiciste?

—Ejecuté las donaciones.

—¿Qué donaciones?

—Las que autorizaste.

—¿Estás loca?

Su voz explotó.

—¡Ese dinero era mío!

—Correcto.

—¡Entonces devuélvelo!

—No puedo.

—¿Dónde está?

Lo miré tranquilamente.

—En el fondo de asistencia jurídica.

Su expresión fue casi cómica.

—¿Cuánto?

Le dije la cantidad.

Giang Triet tuvo que apoyarse en una silla.

—No puedes haber hecho eso.

—Tú firmaste la autorización.

—¡Porque confiaba en ti!

El silencio que siguió fue perfecto.

Lo miré durante varios segundos.

Y yo confiaba en ti cuando te fuiste a París.

No volvió a hablar.

Su teléfono sonó.

Chu Hong.

Giang Triet contestó.

—Socio Chu…

No pude escuchar todo.

Pero vi cómo su rostro se deterioraba palabra tras palabra.

Finalmente preguntó:

—¿Suspensión?

Silencio.

—Puedo explicarlo.

Otro silencio.

—No, espere…

La llamada terminó.

Giang Triet quedó inmóvil.

—¿Qué pasó?

Me miró con odio.

—Me suspendieron de todos mis casos.

—Qué pena.

—Esto es culpa tuya.

Negué lentamente.

—No.

Me acerqué a la puerta.

La abrí.

—Yo no publiqué ese video.

—Yo no llevé a Meng Qian a París.

—Yo no falsifiqué un presupuesto.

—Yo no convertí nuestro aniversario en un espectáculo.

Señalé su maleta.

—Tú construiste esto.

Giang Triet no se movió.

—¿De verdad vas a tirar diez años?

—No.

Lo miré directamente.

Los tiraste tú. Yo solo estoy dejando de recogerlos del suelo.

Dos semanas después, Dai Thanh abrió una investigación interna.

Meng Qian fue despedida tras comprobarse que había presentado gastos personales como gastos profesionales.

Giang Triet perdió su posición como socio.

Varios clientes retiraron sus asuntos.

No porque yo publicara nada.

Sino porque los documentos hablaban solos.

Y entonces llegó la sorpresa que ni siquiera Ha Du esperaba.

Una tarde, Chu Hong me llamó.

—Necesito verte.

Nos reunimos en Dai Thanh.

Sobre la mesa había una carpeta.

—Antes de ir a París, Giang Triet estaba negociando abandonar el bufete.

—¿Y?

Chu Hong abrió la carpeta.

—Quería llevarse varios clientes importantes.

Eso no me sorprendió.

Lo siguiente sí.

—Y utilizó documentos estratégicos preparados por alguien que trabajó con él hace años.

Giró una página hacia mí.

Reconocí inmediatamente el texto.

Mis palabras.

Mis análisis.

Mis estrategias.

Trabajo que yo había creado cuando todavía ejercía.

Trabajo que Giang Triet había presentado durante años como suyo.

Chu Hong me miró.

—Vi Vi, tú no sacrificaste tu carrera para construir la suya.

Hizo una pausa.

Él construyó la suya utilizando la tuya.

Tres meses después regresé oficialmente al mundo jurídico.

No como asistente de nadie.

No como “la prometida del abogado Giang”.

Como socia estratégica de una nueva firma junto a Ha Du.

Nuestro primer gran cliente fue una empresa que acababa de abandonar a Dai Thanh.

La misma que Giang Triet creía que lo seguiría.

El día de la firma, salí del edificio y lo encontré esperándome.

Estaba más delgado.

Sin el traje impecable.

Sin aquella arrogancia que yo había confundido durante años con seguridad.

—Vi Vi.

Me detuve.

—Escuché que volviste.

—Así es.

—Podríamos empezar de nuevo.

Lo miré durante mucho tiempo.

Después sonreí.

—Ya empecé de nuevo.

Sus ojos se iluminaron.

Hasta que terminé la frase.

Solo que sin ti.

Pasé a su lado.

Giang Triet pronunció mi nombre otra vez.

No me giré.

Porque después de diez años finalmente había entendido algo.

Yo nunca había sido la mujer detrás de su éxito.

Había sido la razón de su éxito.

Y mientras él jugaba con fuego pensando que yo jamás tendría valor para marcharme…

acabó quemando la única persona que siempre había estado dispuesta a construir un futuro con él.

La diferencia era que yo podía reconstruirme.

Él tendría que aprender a vivir entre las cenizas.

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