Parte 2: NUNCA FUI LILY

Me fui convencida de que Adrian nunca descubriría la verdad.

Me equivoqué.

Tres días después, mi teléfono empezó a recibir llamadas de un número desconocido.

No contesté.

Al cuarto día llegó un mensaje.

“¿Eres tú?”

Lo borré.

Después otro.

“Por favor. Solo dime tu nombre.”

Mis dedos se quedaron inmóviles sobre la pantalla.

Finalmente bloqueé el número.

No sabía que, a cientos de kilómetros, Adrian acababa de descubrir la primera grieta en la mentira.

El propietario había ido al apartamento para comprobar una fuga de agua.

—La muchacha dejó pagado todo el año antes de marcharse —comentó casualmente.

Adrian frunció el ceño.

—¿Lily?

—¿Quién?

—La chica que vivía conmigo.

El hombre soltó una risa.

—No sé ninguna Lily. En la transferencia figura otro nombre.

Adrian sintió que el corazón se detenía.

—¿Cuál?

El propietario revisó su teléfono.

—Emma Carter.

Mi nombre.

Por primera vez, Adrian comprendió que quizá llevaba meses abrazando a una mujer cuya identidad nunca se había molestado en preguntar.


Yo alquilé una habitación en otra ciudad.

Conseguí trabajo en una pequeña empresa de diseño.

No era una vida espectacular.

Pero era mía.

Por primera vez, mi salario entraba en una cuenta que mi madre no conocía.

Nadie me comparaba con Lily.

Nadie me pedía dinero.

Nadie me llamaba “la hermana menor”.

Yo era simplemente Emma.

Tres meses después, mi madre llamó desde otro número.

Contesté por error.

—¿Dónde demonios estás?

Reconocí inmediatamente aquel tono.

—Trabajando.

—Tu hermana necesita dinero.

Casi me reí.

—Entonces que trabaje.

Silencio.

Mi madre pareció no comprender.

—¿Qué has dicho?

—Que no voy a enviar más dinero.

—Después de todo lo que hice por ti…

—¿Qué hiciste por mí?

—¡Te crié!

—Y llevo años pagándotelo.

Colgué.

Mis manos temblaban.

Pero por primera vez no sentí culpa.

Sentí libertad.


Pasaron ocho meses.

Una tarde recibí un mensaje de una antigua compañera de universidad.

“¿Has visto las noticias?”

Adjuntó un enlace.

ADRIAN COLE RECUPERA PARCIALMENTE LA VISIÓN TRAS UNA SEGUNDA CIRUGÍA.

Me quedé mirando su fotografía.

Adrian salía del hospital con gafas oscuras y un bastón.

El artículo explicaba que su familia había logrado reorganizar parte de sus deudas y pagar un tratamiento experimental.

Debería haberme alegrado.

En cambio, sentí miedo.

Porque ahora podía verla.

A Lily.

La mujer que él había amado incluso cuando me tenía entre sus brazos.

Dos semanas después, mi hermana apareció en mi trabajo.

Llevaba un vestido caro y una sonrisa que conocía demasiado bien.

—Emma.

Me puse de pie.

—¿Qué haces aquí?

—Necesitamos hablar de Adrian.

Mi pecho se tensó.

—No tenemos nada que hablar.

Lily dejó su bolso sobre mi escritorio.

—Fue a buscarme.

Aquello dolió más de lo que quería admitir.

—Felicidades.

—No me felicites.

Su sonrisa desapareció.

—Está obsesionado contigo.

La miré.

—¿Qué?

—Llegó preguntándome cuándo había empezado a cuidarlo.

Sentí un escalofrío.

Lily continuó:

—Le dije que nunca lo hice.

—¿Y?

—Me preguntó por qué sabía mi apodo.

Cerré los ojos.

Ahí estaba.

El origen de todo.

—¿Qué le dijiste?

—La verdad.

—¿Qué verdad?

Lily pareció incómoda.

—Que mamá hablaba constantemente de mí cuando trabajaba en su casa.

Todo encajó.

Durante años mi madre había hablado de Lily delante de Adrian.

Lily esto.

Lily aquello.

Mi hija mayor.

Mi orgullo.

La maravillosa Lily.

Cuando aparecí después del accidente diciendo únicamente que era “la hija de su antigua empleada”…

Adrian había supuesto que yo era ella.

Y yo nunca lo corregí.

—¿Dónde está ahora? —pregunté.

Lily sonrió.

—Probablemente buscándote.

El ascensor sonó detrás de ella.

Mi corazón se detuvo.

Las puertas se abrieron.

Adrian salió.

Llevaba gafas oscuras.

Caminaba despacio.

Pero caminaba solo.

Se detuvo al verme.

Durante varios segundos nadie habló.

Después se quitó las gafas.

Sus ojos todavía tenían una ligera opacidad.

Pero podían verme.

Realmente verme.

—Emma.

Mi nombre sonó extraño en sus labios.

Me puse de pie.

—No deberías estar aquí.

—Llevo ocho meses buscándote.

—Pues ya me encontraste.

—Sí.

Me observó como si intentara memorizar mi rostro.

Yo odié que aquello hiciera latir mi corazón.

—¿Por qué no me dijiste quién eras?

Solté una risa amarga.

—¿Y tú por qué nunca preguntaste?

Adrian bajó la mirada.

—No tengo una buena respuesta.

—Yo tampoco.

Lily retrocedió discretamente.

—Creo que debería…

—Quédate —dije.

Ella se detuvo.

Miré a Adrian.

—Ahora puedes verla.

Señalé a mi hermana.

—Lily está ahí.

Adrian ni siquiera giró.

—Ya la vi.

—Entonces perfecto.

—No.

Dio un paso hacia mí.

—No es perfecto.

—¿Por qué?

—Porque no la amo.

Mi garganta se cerró.

—Pronunciaste su nombre.

—Porque creía que ese era el tuyo.

—Eso no mejora nada.

—Lo sé.

Su respuesta me sorprendió.

Adrian no intentó tocarme.

—No vine a pedirte que olvides lo que pasó.

Respiró profundamente.

—Vine a decirte que fui un imbécil.

Lily soltó una pequeña tos.

Adrian continuó:

—Me aferré a una suposición porque estaba hundido en mi propia desgracia. Nunca pregunté tu nombre. Nunca pregunté por tu vida. Permití que me cuidaras mientras yo solo pensaba en sobrevivir.

Sus ojos se humedecieron.

—Y cuando finalmente comprendí cuánto significabas para mí, te llamé por el nombre de otra persona.

Aparté la mirada.

—Te amé durante cuatro años antes de que supieras que existía.

—Lo sé ahora.

—No. No sabes lo humillante que era.

Mi voz se quebró.

—Mi madre elegía a Lily. Todo el mundo elegía a Lily. Y aquella noche pensé que tú también la habías elegido sin siquiera verla.

Adrian permaneció en silencio.

Entonces Lily habló.

—Emma.

La miré.

Por primera vez no parecía la hermana perfecta.

—Yo nunca supe que mamá utilizaba tu dinero para ayudarme.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Me decía que era suyo.

Mi rabia vaciló.

Lily tragó saliva.

—Cuando descubrí la verdad, discutimos. Dejé de aceptar su dinero.

Se acercó.

—No puedo cambiar cómo te trató mamá. Pero no quiero seguir siendo la persona contra la que mides todo lo que te ocurre.

Aquellas palabras dolieron porque eran ciertas.

Yo había huido de mi madre.

Pero seguía llevando sus comparaciones dentro de mí.

Lily tomó su bolso.

—Y para que quede claro…

Miró a Adrian.

—Nunca me gustaste.

Adrian parpadeó.

—Gracias, supongo.

Lily sonrió por primera vez.

Después se marchó.

Quedamos solos.

—Emma —dijo Adrian—, no voy a pedirte que vuelvas.

—Bien.

—Pero quiero preguntarte algo que debería haber preguntado el primer día.

Lo miré.

—¿Qué?

—¿Quién eres?

Sentí que algo dentro de mí cedía.

No porque fuera una frase romántica.

Sino porque por primera vez alguien quería escuchar una respuesta que no empezara con “la hermana de Lily”.

—Emma Carter.

Él sonrió.

—Hola, Emma Carter.

Y, contra mi voluntad, yo también sonreí.


No volvimos juntos aquel día.

Ni aquella semana.

Adrian tuvo que aprender a vivir otra vez.

Y yo tuve que aprender que amar a alguien no significaba desaparecer dentro de sus necesidades.

Empezamos desde cero.

Café.

Conversaciones.

Paseos.

Esta vez preguntaba.

Mi comida favorita.

Mis proyectos.

Mis miedos.

Mis sueños.

Y cuando hablaba, escuchaba.

Un año después caminábamos por el campus donde nos habíamos conocido.

Adrian se detuvo frente al edificio principal.

—Recuerdo este lugar.

—Aquí cargaste mi maleta.

Sonrió.

—No recordaba que fueras tú.

—Lo sé.

—Pero ahora sí.

Me tomó la mano.

—Emma.

—¿Sí?

Pronunció mi nombre lentamente.

Sin confundirse.

Sin imaginar a nadie más.

Solo a mí.

—Te amo.

Esta vez no sentí dolor.

No escuché el nombre de mi hermana escondido detrás de sus palabras.

Porque finalmente entendí algo que había tardado años en aprender:

Yo nunca necesité convertirme en Lily para que alguien pudiera amarme.

Y Adrian tampoco necesitó perder la vista para verme.

Necesitó aprender a mirar.

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